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Cuando salió de las oficinas de COVFE, Toma fue por la empedrada calle Jones, en dirección sur.
Comparadas con la avenida Ness, por la que había venido, aquellas cuestas eran mucho más empinadas, pero resultaban más indicadas para comprobar el funcionamiento de las ruedas omnidireccionales, lo que no había podido hacer bien por la mañana.
Si continuaba bajando así hasta el bulevar Marina, podría comprar una de esas tortas africanas que se había perdido antes y, con unos pepinillos de acompañamiento, sería un estupendo desayuno de media mañana.
Después de comer, desplegaría a placer en la Universidad de San Francisco su espacio de trabajo y comenzaría las averiguaciones acerca del artículo del periodista Sakoda.
Mientras experimentaba una gran satisfacción al ver cómo, gracias al rendimiento de sus ruedas omnidireccionales, las irregularidades del pavimento no causaban mayor problema que la separación entre dos azulejos, Toma pedaleó con más brío.
La bicicleta de carretera incrementó su velocidad tal y como pretendía Toma, sin que las ruedas fueran frenadas por el pavimento.
Al parecer, el hecho de poder controlar la posición o la velocidad solo con las ruedas era el fruto de un aprendizaje automático que se valía de la computación cuántica.
El vehículo estaba en buenas condiciones.
Toma aceleró todavía más. Como era la ciudad donde había nacido y crecido, tenía todos sus desniveles grabados en la cabeza.
Al finalizar la suave pendiente, cruzó la calle Washington e inició la bajada por una de esas empinadas cuestas tan típicas de San Francisco.
Era una pendiente de dirección única y sin semáforos, pero Toma estaba acostumbrado desde sus tiempos de la escuela primaria a hacérsela toda de un tirón.
En el último bloque, cuando ya la pendiente se hacía más suave para volver a remontar, Toma tuvo que reducir de golpe la velocidad que le había dado el impulso porque oyó la campanilla del tranvía.
Al mirar hacia abajo por el declive de la calle Washington, que cruzaba en perpendicular con la suya, vio cómo se acercaba uno de aquellos ejemplares de carrocería naranja que habían resucitado haría unos tres años.
En aquel tranvía que reproducía los vagones de la década de 1930, con asientos orientados hacia fuera, había una familia de turistas con aspecto de venir del centro del país.
Al lado de un anciano con sombrero de ala ancha, se sentaba una señora también mayor, con vestido de flores y muy pegada a él.
A espaldas de aquellos dos se veía a un hombre joven que parecía correr con el papel de guía, que hablaba sin parar mientras miraba en torno suyo con un visualizador de capas formato gafas.
Lo que hizo pensar a Toma que venían del centro del país era ese hombre de unos cuarenta años, que debía de ser el hijo del matrimonio, ya que hoy en día apenas se veían ese tipo de visualizadores en forma de gafas.
Habían transcurrido doce años desde que los Territorios Libres de América se habían disuelto, poniendo punto final a la guerra civil, pero todavía resultaban raros los casos de turistas que acudían a San Francisco desde los antiguos Territorios Libres.
Cuando pasaron frente a él, Toma saludó a la familia agitando la mano mientras sentía que las heridas de la guerra todavía no habían sanado.
Existen varias teorías acerca de en qué año empezó todo aquello, pero, en cualquier caso, el periodo de la segunda mitad de la década de 2020, en que los Estados Unidos se dividieron, a grandes rasgos, en tres, era conocido como la II Guerra Civil.
Por un lado, el norte de la costa este, que era donde se concentraban las administraciones y la economía, junto con los estados del oeste, caracterizados por la industria de Hollywood y las corporaciones del mundo de la informática; por el otro lado, los llamados «estados rojos», que ocupaban el centro del país.
La rivalidad entre ambas partes se fue agravando al llegar la década de 2020, pero hacia su final se produjo la restricción de los fusiles de asalto, y eso fue el detonante de la escisión.
Dieciocho estados del centro, que defendían el derecho a poseer AR-15, proclamaron una nueva América dirigida por el hombre que perdió en la carrera por la presidencia, los Territorios Libres de América.
Constituyeron el Congreso y el Senado en Pittsburgh y crearon un ejército nacional basado sobre todo en milicianos, consiguiendo que algunos ministerios y agencias se independizaran de los Estados Unidos.
La mayoría de los estados establecieron controles en sus fronteras, vigilando las entradas y salidas, y dispusieron un régimen fiscal para aspirar a su pequeño Gobierno.
Los Estados Unidos, divididos geográficamente, encontraron dificultades también para conformar una opinión común acerca de regulaciones de la inteligencia artificial, políticas energéticas o investigación espacial y, en la práctica, San Francisco se convirtió en la capital occidental del país.
La resurrección del antiguo tranvía era un producto derivado de la II Guerra Civil.
A diferencia de los estados del este y el centro, que se beneficiaron de la llamada «revolución del gas de lutita», los estados del oeste, que vieron cómo se cortaban sus suministros de gas y petróleo por vía terrestre, tuvieron que recurrir a la electricidad.
El estado de California acometió una atrevida política energética. Proclamó que para el año 2035 tendría cero emisiones de dióxido de carbono.
Atrajo consorcios del ramo de la fusión nuclear y de la fabricación de vehículos eléctricos, además de emprender políticas menos vistosas, como monetizar en el mercado de emisiones el índice de desempeño ambiental.
Todo ello dio resultados, pero lo que hizo que la población experimentara de primera mano la transformación fue la instalación de una red de trolebuses con tendido de cables eléctricos, el regreso de los tranvías.
La resurrección de una red de tranvías que corría por todo San Francisco se convirtió en el símbolo de esta transformación.
Las veintitrés líneas que habían desaparecido para ceder su puesto a los automóviles volvieron a dejarse ver en las calles de San Francisco con un gran incremento de vagones.
Por supuesto que su funcionamiento no seguía el mismo sistema de otros tiempos.
Si antiguamente se usaba una central eléctrica del tamaño de un edificio, ahora se utilizaba un motor superconductor que podía ser cargado por una sola persona, mientras que los cables bajo los raíles que tiraban de los vagones habían cambiado de los antiguos de hierro a unos nanotubos de carbono de apenas dos milímetros de diámetro.
Toma había escuchado la historia de labios de un profesor narizotas de la escuela primaria, que ejercía la tutoría de la clase.
Era un hombre al que le valía cualquier excusa para convertir en motivo de chanza los Territorios Libres de América.
Decía, por ejemplo, que «esa gente» tan amante de las armas, tras agotar su petróleo y carbón, habían talado todos sus árboles para hacer carbón vegetal, pero, como aun así no habían tenido suficiente, habían convertido la gran pradera en un desierto para hacer carbón también con la hierba.
Y que en cambio nosotros, los ciudadanos de San Francisco, qué gran consideración mostrábamos hacia el planeta.
Y así podía seguir el tiempo que hiciera falta.
A Toma no podía gustarle un profesor semejante, que a la vez que decía cuánto deseaba la reunificación de los Estados Unidos, no dejaba de reírse del contrario, pero gracias a él aprendió muchas cosas acerca del mecanismo de los tranvías.
Mientras que el tranvía cruzaba por delante de su bicicleta, Toma advirtió que el hombre que usaba un visualizador con forma de gafas era más joven de lo que le había parecido en un principio.
Quizá incluso tuviera una edad similar a la suya.
Sin embargo, la educación recibida tenía que haber sido por completo diferente.
En la escuela primaria donde estudiara aquel hombre, seguro que había varios profesores que daban clase llevando una funda con una pistola.
La mayoría de las ciudades de los Territorios Libres eran pobres y habían decaído.
Los antiguos días de bonanza que añoraban y por los que lucharon nunca volvieron.
En las gafas que sostenía aquel individuo tenía que estar reflejándose también esa clase de información que ofrecían los alrededores.
¿De qué manera estaría transmitiendo a sus padres la resurrección de los antiguos días de bonanza de San Francisco gracias a una tecnología y unos grandes capitales que ellos habían alejado de su propia ciudad?
Tras marcharse el tranvía, Toma volvió al sillín y se dispuso a reanudar el pedaleo por la cuesta cuando en el ángulo inferior izquierdo de su campo de visión comenzó a parpadear un punto verde indicando que alguien deseaba comunicación. Era Marsha, que le llamaba desde la oficina.
Toma subió la bicicleta a la acera y, tocando el puntito, respondió la llamada.
El hecho de poder tocar directamente aquel puntito se debía a los implantes para gestos que llevaba, uno en la muñeca y otro en la parte superior del brazo.
El controlador que coordinaba ambos implantes era un programa DIY creado mediante aprendizaje automático en el servidor cuántico de COVFE.
Si Toma llevaba dos implantes en un solo brazo era porque, en su caso, el ancho de banda de la BAN era bastante grande.
—¿Qué sucede?
El punto verde luminoso le dejó en la punta del dedo cierta sensación de una espuma que se deshace y, al extinguirse, la cara de Marsha apareció flotando ante él.