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—Porque estamos en una ciudad independiente. Los servicios administrativos de Estados Unidos no trabajan con nosotros.
—¿Porque el lugar de destino es rico o porque es pobre? —terció Rachel sentada en el suelo.
Los Estados Unidos no se habían curado todavía de las heridas de la guerra civil que los dividió.
Los servicios administrativos habían vuelto a reunificarse, pero quedaban muchos Gobiernos locales que no habían reconstruido apartados que se escindieron durante el periodo de guerra, como el correo, la educación o la atención médica.
Si una carta por correo no llegaba a su destinatario, era porque o bien aquel territorio no tenía dinero, o bien porque no le faltaba de nada y no necesitaba de dicho servicio.
Ignacio sonrió a Raquel.
—Superrico. Es la Aguja.
El nombre pronunciado por Ignacio era el apodo de inmenso rascacielos de más de mil metros de altura. Una urbanización cerrada, con puntos de acceso controlados por guardias de seguridad y refugio de la clase más adinerada del centro y sur del país.
Sakoda recogió la carta. Era un sobre blanquiazul y al parecer solo contenía una hojita de papel. Ni siquiera estaba cerrado.
—¿Puedo ver el contenido?
—Claro, no importa.
—¿Puedo hablar de ello en el artículo?
—Por supuesto.
—¿Esto también es una condición para que me explique los motivos de la masacre?
—Digamos que sí.
Sakoda escrutó el rostro de Ignacio, que parecía tener pegada la sonrisa de Guevara. No cabía duda de que deseaba que él investigase algo, pero Sakoda tuvo la impresión de que no tenía especial interés por conocer los resultados.
Probablemente lo que deseaba era que él hiciese público aquello que descubriera. Seguro que ese era también el motivo por el que había intentado que publicase una noticia de última hora informando de la masacre del destacamento de Jones que se había rendido.
—De acuerdo.
Sakoda se guardó la carta en el bolsillo. Por más que le preguntase directamente, Ignacio no iba a contestar. Así que tenía que investigar por sí mismo, obtener pruebas de lo averiguado y hacer un artículo con ello.
—En primer lugar, entregaré la carta. Después iré visitando a los deudos para darles la indemnización. Puedo facturarle mis gastos, ¿verdad?
—Dedúcelos con toda libertad de esos bitcoins. Y disfruta cruzando de parte a parte los Estados Unidos con tu viaje.
Ignacio dio una palmada en el hombro de Sakoda y después abandonó el lugar. Al otro lado de la puerta ventana de la terraza donde la bala había abierto el orificio, se oyó cómo se iban alejando los pasos de Ignacio y Camilo. Cuando se extinguió el sonido, Sakoda se dirigió a Rachel.
—Ese hombre ha dicho algo raro, ¿no? ¿Es verdad que todos los miembros son estadounidenses?
Entre los miembros de las organizaciones civiles de servicios militares había muchos jóvenes de países económicamente débiles con servicio militar obligatorio, que ya venían con experiencia como soldados.
Por mucho que la fuerza del país ya no fuera la de antaño, en Estados Unidos había muchos trabajos bien pagados y tampoco la población entera contaba con experiencia militar.
Además, debido también a que desde mediados de la década de 2020 se había endurecido la regulación sobre las armas, los estadounidenses habían perdido la ventaja que suponía saber manejar armamento.
Ignacio había dicho que todos los miembros de Goodfellows eran estadounidenses, pero resultaba bastante raro que la compañía siguiera tal política de contratación.
Por lo visto, Rachel pensaba de la misma manera.
—Pues no estoy segura, pero yo diría que no. ¿Te importaría encargarte tú solo en caso de viajar al extranjero?
Sakoda asintió. Había muchos países, como Rusia, Irán o Pakistán, en los que no se podía entrar con pasaporte de Estados Unidos.
—De acuerdo. Voy a hacer una comprobación.
Sakoda extrajo de la documentación que le proporcionó Ignacio aquella que correspondía a la entrada en el país y comenzó a examinar los pasaportes de los miembros del destacamento. Y no daba crédito a lo que veía.
—Todos son nacidos en los Estados Unidos…
—Eso es absurdo. Haoran era mongol y Yulia pakistaní. Yo vi que venían aquí con pasaportes diferentes.
—Parece que tenían doble nacionalidad. Haoran nació en Albuquerque y Yulia en Jackson, estado de Mississippi. Seguramente alguno de sus padres emigró desde Mongolia en un caso y de Pakistán en el otro.
Sakoda hizo un cuadro con los lugares de nacimiento de los miembros del destacamento. Jones era de Trenton, estado de Tennessee; Said de Tampa, estado de Florida; Jones Jacobson, de Dallas; y, por último, Paul Manima, del asentamiento Tohono O’odham, en Arizona.
—Perdona que te pida esto en mitad de la entrevista, pero, por si acaso, ¿podrías contactar la oficina de Goodfellows y preguntar la dirección de los familiares? Yo me encargaré de organizar el transporte.
—De acuerdo.
Mientras asentía, Sakoda se dio cuenta de otra cosa. Los lugares donde habían nacido los miembros del destacamento pertenecían todos a los Territorios Libres.