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Cuando se apagó el zumbido de los oídos y captó los jadeos de Ignacio, su atención se vio atraída por Rachel, que agitaba la cabeza en sentido horizontal con energía.
Al fijarse en ella, descubrió que tenía el índice de la mano derecha doblado hacia dentro, apuntando a la palma. Ahora, con un gemido, devolvía con la mano derecha el dedo a su posición natural. Después, la mujer le hizo una seña con los ojos hacia un amasijo de metal tirado en el suelo.
—Me ha disparado un francotirador.
Sakoda se agazapó a toda prisa e hizo ademán de atisbar por el borde de la terraza, pero enseguida sonó la voz de Rachel.
—No es por ahí.
Al volverse, vio que ella le indicaba con un gesto de la mandíbula un punto por detrás de ellos.
En uno de los cristales blindados de color blanco grumoso había una pequeña protuberancia.
Era la huella dejada por una bala de alta velocidad.
El aspecto brumoso que la circundaba seguramente se debía a que, con la vibración producida en la ventana, había variado bruscamente la presión.
Sakoda se fijó en que los bordes de aquel orificio estaban recubiertos de una especie de resina naranja.
—¿Una bala guiada?
Rachel asintió y acto seguido su mirada corrió hacia la cámara de vigilancia de forma semiesférica instalada en el techo.
Al parecer, el francotirador había usado un encañonador externo para acertar en el arma de Rachel y arrancársela de la mano de un disparo.
Y además, desde una posición que no quedaba justo detrás de ella, sino en uno de los laterales traseros.
Sakoda sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal.
Una bala que podría desviar su trayectoria por una hoja de árbol había atravesado en diagonal un cristal blindado y arrancado una pistola de las manos.
A la vista del ángulo de la protuberancia formada en el cristal, el objetivo de la bala no había sido determinado mediante observación visual directa.
Era la misma forma de disparar que usaban los encañonadores de los destacamentos ORGAN.
La puerta ventana del fondo de la terraza se abrió lentamente y por ella salió un soldado. Rachel, apretándose el dedo descoyuntado, gimió en voz baja. Era el soldado que acribilló al capitán Jones, el soldado al que llamaron con el nombre de Camilo, y llevaba el mismo QBZ-100 del día anterior.
—Tú… —comenzó Rachel abriendo mucho los ojos—. ¿Cómo es que tienes la serie 100?
Camilo, sin contestar a la pregunta, señaló el suelo con el cañón del arma.
—Túmbate boca abajo. El periodista puede quedarse como está.
Rachel, sin dejar de agarrarse la mano derecha, se alejó de Ignacio andando de rodillas y se tumbó en el lugar que le habían indicado. Camilo, apuntando a Rachel en todo momento, se arrodilló junto a Ignacio.
—¿Se encuentra bien, comandante?
—Sí, estoy bien. Puedes volver.
—Pero…
La frase de Camilo se vio interrumpida por un sonido sibilante de la garganta de Ignacio.
Camilo, usando la mano izquierda, innecesaria para sostener el arma, rebuscó a toda prisa en un bolsillo de Ignacio y, sacando el inhalador de esteroides, lo colocó entre los labios del hombre.
Por lo visto, los jadeos no eran fingidos.
—Aspire.
Ignacio hinchó el pecho tal y como le decía Camilo. Este dejó que aspirase una vez más y después, pasándole el brazo izquierdo por detrás del cuello, incorporó despacio a Ignacio para llevarlo agarrado hasta el sofá, donde lo sentó.
También durante ese tiempo estuvo apuntando a Rachel con el QBZ-100 en la mano derecha.
A primera vista, no parecía tener más de veinticinco años, pero no cabía duda de que era un soldado que había recibido un entrenamiento de alto nivel. Probablemente no era uno de los voluntarios organizados por Terra Amazonas ni un miliciano, sino un soldado profesional contratado por Ignacio.
Ignacio, ya recuperada su respiración normal, agitó una mano hacia Camilo.
—Che, tú espera fuera.
—Pero, comandante, si le da un nuevo acceso…
—Haz caso de lo que te diga un médico.
Camilo asintió y luego miró a Rachel.
—¿Qué hacemos con ella?
Ignacio contestó que no había por qué preocuparse y repitió a Camilo que se marchara.
Mientras escuchaba su conversación, Sakoda colocó una llamada de atención en la grabación.
Ignacio se había calificado como médico, y la manera en que se acababa de comportar indicaba que efectivamente así era.
De ser cierto, significaba un punto más en común con el Che Guevara.
Sin embargo, esos dos aspectos podían quedarse para más adelante.
Antes de que Camilo se marchara, tenía que preguntar una cosa acerca de aquel disparo a través de la ventana.
—Oiga, Camilo, ha disparado usted a través de la ventana, ¿no?
Bajo la mirada de Sakoda, Camilo esperó a que Ignacio asintiera para contestar.
—Sí, así es. Utilicé una bala guiada.
—¿Dónde está el encañonador con el sistema ORGAN?
Sakoda lanzó la pregunta que tenía preparada.
—No hay ningún encañonador.
—Y una mierda —masculló Rachel tumbada en el suelo—.
Cuando se dispara una bala guiada con el QBZ-100, alguien tiene que determinar previamente el blanco.
¿Y el material acrílico antibalas? ¿Y la desviación de la trayectoria?
¿Y la corrección de la altura? Si con una distancia de unos veinte metros la bala disparada no se apartó ni unos centímetros del objetivo, es porque todos esos factores habían sido introducidos previamente.
Si no, de ninguna manera hubiera podido arrancarme la pistola de las manos.
—Pues lo hice.
—¿Sosteniendo el QBZ-100 con una mano? ¿Y con la otra mano apuntabas? Imposible.
Rachel insistía, pero Ignacio alzó la comisura derecha de los labios y pergeñó una sonrisa como la de los retratos de Guevara.
—Claro que se puede. Porque es un hombre joven.
—Déjate de bromas.
Ignacio, haciendo caso omiso de su despectivo tono, paseó la mirada por el cuerpo de Rachel, tumbada en el suelo. Los cabellos, los ojos, los labios, el cuerpo… Una vez que terminó su detenido examen, Ignacio se dirigió a ella.
—Quizá tú también puedas. ¿Cuántos años tienes?
Rachel hizo un sonido despectivo con la nariz y apartó la vista. Ignacio guiñó un ojo a Sakoda. Este, mientras se decía «No me guardes rencor, ¿eh?», hizo aparecer en su visualizador unas notas que había tomado para sus artículos.
—Esta es la información pública de Goodfellows. Sargento Rachel Chen. Encuadrada en el segundo destacamento del departamento de guerras legítimas. Nacida en…
—Basta —dijo Ignacio cortando a Sakoda—. Los miembros de los destacamentos ORGAN de Goodfellows son todos nacidos en Estados Unidos. Lo que yo quiero saber es la edad.
—Nacida en mayo de 2021. Veinticuatro años.
—Ya veo —asintió Ignacio antes de volver a dirigirse a Rachel, que le daba la espalda—. Che, tú podrías hacer lo mismo que Camilo.
Rachel volvió a emitir un sonido despectivo con la nariz, pero Ignacio lo ignoró y continuó hablando.
—¿No lo crees? Sin embargo, piénsalo bien.
¿Por qué piensas que, a pesar de que han disparado al arma que agarrabas, lo único que ha pasado es que te has descoyuntado un dedo?
En el instante del impacto, con unos reflejos maravillosos, soltaste el arma.
En el caso de una persona normal, probablemente se le hubieran ido un par de dedos junto con la pistola.
Para empezar, ese dedo afectado ya no te duele.
Rachel bajó la mirada hacia su mano derecha y dijo:
— Adrenalina.
—Dedícale un tiempo a admitir cómo eres —concluyó Ignacio mientras se ponía en pie.
Tras dar por terminada la conversación, Ignacio dirigió una mirada a los restos del arma caídos en el suelo y murmuró «Oh…».
El bloque de la culata yacía arrancado y retorcido, y el cañón había quedado igualmente torcido y desnudo.
También el bastidor presentaba grietas. Era por completo inservible.
Ciertamente, solo se podía calificar de gran suerte el que Rachel, que empuñaba el arma en cuestión, apenas se hubiera visto afectada en un dedo.
Ignacio recogió los restos del arma y se los mostró a Sakoda.
—Mira esto. Una Stechkin que me costó cinco mil dólares en eBay hecha pedazos. Camilo, te voy a poner una multa.
El aludido pareció comprender que se trataba de una broma y forzó una sonrisa.
—No me haga eso, que ya cobro bastante poco…
Ignacio alargó los trozos de metal hacia Sakoda.
—¿Quiere llevárselos?
Sakoda negó con la cabeza y entonces Ignacio arrojó los restos hacia Camilo. Después, dirigiéndose a Sakoda y Rachel, anunció:
—Dentro de cinco días tendrá lugar el intercambio de prisioneros. Un equipo diferente de Goodfellows tiene presos a algunos compañeros nuestros. Nosotros les devolveremos a la sargento. ¿Es la primera vez que entras en un canje de prisioneros?
Rachel hizo un leve asentimiento.
—Ese día entregaré también los cuerpos de tus compañeros muertos —dijo Ignacio antes de girarse hacia Sakoda—.
Los cadáveres están siendo embalsamados en el hospital de ahí enfrente.
Hazme el favor de informar de que tratamos los cuerpos de forma adecuada.
Y te pido que te encargues del pago de las compensaciones.
Ignacio señaló el bolsillo donde Sakoda se había guardado el puro. Allí estaba el código QR de unos bitcoins que equivalían en ese momento a algo más de setenta millones de dólares.
—Cuando termine de repartir las indemnizaciones, me dirá por qué mató a esas cinco personas, ¿verdad?
Ignacio asintió, pero, enseguida, exagerando a propósito, abrió mucho los ojos y alzó el dedo índice.
—Ah, sí, todavía queda un favor más que quiero pedir.
Sakoda respondió con la misma teatralidad, exhalando un fuerte suspiro.
—Añadiendo poquito a poquito, ¿eh? A ver, dígame.
Ignacio sacó un sobre del bolsillo de la camisa.
—¿Te importaría entregar una carta? Viene escrita la dirección.
—¿Y por qué no la envía por correo?
Ignacio señaló la dirección con un dedo.