Man-kind 2 #3
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—Del pago de una compensación.

—¿Una compensación?

—Eso es. Porque, aunque a mi pesar, hice que mataran al capitán Jasper Jones y sus subordinados.

Quiero entregar ese dinero a los deudos de los seis fallecidos.

¿No me harías el favor de ir a los Estados Unidos con la superviviente, la sargento Rachel, que podría tomarse unas vacaciones, y llevar eso?

—Señor Ignacio…

—Puedes llamarme Cherry.

—¿Sabe usted lo que está diciendo?

—Pues lo normal, ¿no? Como soy responsable de una mala acción, quiero hacer una reparación.

—¿Podría decirme el motivo?

Ignacio se acarició la barba de las mejillas con un gesto teatral.

—Che, ¿no tienes una actitud un poco perezosa?

Eres periodista, ¿no? ¿Qué tal si primero investigas por tu cuenta?

Vete a ver a los deudos uno por uno, escarba cosas sobre la vida de los fallecidos y de paso haz también averiguaciones sobre la empresa paramilitar que los contrató.

Y también sobre por qué no te publicaron el artículo.

—No hace falta que me lo diga, ya pensaba hacerlo. Pero el motivo por el que masacró al destacamento de Jones quiero escucharlo de sus propios labios.

Ignacio permaneció unos segundos mirando fijamente el rostro de Sakoda y después contestó.

—Para proteger la dignidad de la especie humana.

—Se lo estoy preguntando en serio.

—Pues entonces vete y averígualo. Que cuando termines de repartir las indemnizaciones, ya te lo explicaré con más detalle.

Tras decir esto, Ignacio sacó del bolsillo de la camisa del lado contrario al del puro unas gafas de visualización por capas y pidió el servicio de utilización de voz.

—Eh, Jarvis 2 . Quiero compartir un archivo de operaciones militares. El contenido del «Archivo Sakoda». Sin comprimir. Utiliza la BAN como vía de transmisión.

Ignacio, manteniéndose con la vista fija en las gafas, empujó hacia Sakoda el archivo que apareció en el visualizador.

—Te entrego este archivo. ¿Pasa algo raro?

—Veo que no usa usted lentes de contacto…

—Hace falta un implante para usarlas y no va bien con mi constitución. En cualquier caso, aquí tienes el archivo de las operaciones militares de este asunto. Incluye también un archivo original que aporté para la verificación de hechos.

Sakoda miró el listado de archivos que formaban la carpeta.

Incluía correos electrónicos, mensajes, filmaciones y registros de órdenes de combate.

Casi todos los archivos contaban con una firma cuántica que certificaba que no habían sido alterados.

Era una valiosa información de primera mano.

Mientras Sakoda se encontraba mirando la documentación, sonó la voz de Ignacio.

—Averigua por qué ha sucedido esta masacre y publícalo en un periódico de primera clase, hermano.

Ignacio alargó una mano hacia Sakoda ofreciendo un apretón. Si Sakoda agarraba esa mano, los archivos le serían transferidos.

Allí se encontraba la verdad de aquel combate.

—Acepto.

—Claro, como debe ser.

Conteniendo el aliento, Sakoda estrechó la mano que le tendía Ignacio.

La huesuda extremidad resbaló sin fuerza dentro de la suya.

La piel carecía de tirantez. Los dedos de Sakoda no pudieron sentir ni la grasa ni los músculos que deberían existir debajo.

No encontraron más que unos huesos que parecían a punto de quebrarse.

La camisa verde oliva, con unas hombreras añadidas, le quedaba muy suelta y por la abertura del cuello se veía un tórax donde asomaban las costillas.

Estaba enfermo, y además seriamente…

—Señor Ignacio…

Sakoda se interrumpió al sentir que el aire se movía detrás de él.

Al girarse, cruzó a su lado una masa de carne caliente. Cuando se dio cuenta de que era Rachel y alargó los brazos en un acto reflejo para detenerla, sus manos solo encontraron el vacío. Rachel se abalanzó sobre el cuerpo de Ignacio, lo tumbó en el suelo y se sentó a horcajadas sobre él.

Sakoda agarró las botas de combate de Rachel, que apuntaban hacia él.

—¡Suéltalo!

La mano de Sakoda, que aferraba con todas sus fuerzas una de las botas, se vio apartada con facilidad por un movimiento de Rachel, que hizo un giro con el tobillo en una dirección inesperada.

Mientras Sakoda intentaba volver a agarrarle las piernas con las dos manos, ante sus ojos Rachel sacudía a Ignacio por la pechera.

—¿Por qué los mataste?

Una de las lágrimas que corría por las mejillas de Rachel fue a caer sobre el rostro de Ignacio.

Sakoda abrazó a Rachel por la espalda y tiró de ella intentando apartarla del hombre. No podía terminar bien que un prisionero de guerra descargara su violencia sobre el jefe enemigo. De entrada, nada garantizaba que Ignacio fuese a respetar la Convención de Ginebra.

Un extraño gemido brotó de la garganta de Ignacio, medio aplastado por el peso de los dos que tenía encima.

—Lo siento…

—Cierra la boca —bramó Rachel.

Sakoda advirtió que su mano derecha empuñaba una pistola automática que le resultaba conocida.

Al parecer, acababa de quitársela a Ignacio en un instante de la funda donde la guardaba.

Sakoda apartó los brazos de Rachel. Si por el forcejeo apretaba el gatillo en un descuido, la cosa no iba a terminar así como así.

—Rachel —llamó Sakoda trazando lentamente un semicírculo para colocarse frente a ella—. Ahora eres una prisionera de guerra. Si causas algún daño a Cherry, será un delito.

—Ya lo sé, hombre. Quiero que hable. Ya sabrás por la conversación de antes que por las buenas este tipo no está dispuesto a contestar como es debido, ¿no?

La voz de Rachel mostraba serenidad, a pesar de que antes se le habían saltado las lágrimas al pronunciar el nombre de una de sus compañeras y de que ahora mismo había llorado una vez más al lanzarse hecha una furia sobre Ignacio.

De todas formas, tenía que conseguir que bajara la pistola.

Sakoda fue desplazando su posición poco a poco, de manera que pudiera colocarse entre Rachel e Ignacio.

—Deja la pistola y vamos a hacer que Cherry se siente. Así podremos hablar.

—No quiero.

Palpando con la mano, Rachel encontró el seguro de la pistola automática y lo desbloqueó.

Después, tiró de la corredera y metió una bala en la recámara.

Sonó un fuerte tintineo metálico y por la ventana de expulsión saltó el casquillo de la bala que había entrado en la recámara, cayó al suelo y rodó hasta los pies de Sakoda.

No era uno de los casquillos negros de plástico biodegradable que usaban los destacamentos ORGAN, ni tampoco uno de esos relucientes de latón o paladio que expulsan las 9 mm Parabellum.

En aquel cartucho de brillo apagado se veían también unas leves manchas rojas de óxido.

Era de hierro, un producto de anticuario.

Rachel echó un vistazo a aquel cartucho y después, con la mano izquierda, comprobó el mecanismo del arma. En el visualizador de Sakoda, que miraba el movimiento de esa mano, apareció una explicación acerca de dicha pistola.

Pistola automática APS Stechkin: arma automática escogida oficialmente en 1951 por diversos organismos de la Unión Soviética. Fabricada por la planta de armas del arsenal de Tula. Puede disparar en modo por completo automático mediante un selector relacionado con la palanca del seguro…

Sakoda cerró la explicación. Seguramente era la misma clase de arma que tanto le gustaba al Che Guevara. Rachel, que parecía haber llegado a la misma conclusión, encañonó a Ignacio.

—Ah, ya entiendo. Es parte del disfraz de Guevara, ¿no? Te lo pregunto otra vez. ¿Por qué los mataste?

Cuando Ignacio suspiró, Rachel cambió la forma en que empuñaba la pistola.

—El destacamento se había rendido, ¿no? De una forma clara, sin dejar lugar a dudas y tirando las armas.

No he visto las grabaciones, pero estoy segura de que el capitán Jasper Jones envió a tu terminal la voluntad de rendirse, que aceptaba convertirse en prisionero de guerra.

Y tú mataste a esos soldados que se rindieron siguiendo el procedimiento establecido.

No creo que desconozcas lo que significa eso, ¿verdad, comandante ?

Ignacio sonrió alzando la comisura de uno de los labios y después hizo una seña con los ojos hacia Sakoda.

—Con el material que le he entregado a él, podéis investigarlo juntos. Mientras que vais visitando a las familias…

Se oyó un golpe sordo procedente de la parte trasera de la cabeza de Ignacio y saltaron unas gotas de roja sangre.

A una velocidad casi imposible de seguir con la vista, Rachel lo había golpeado. Cuando Sakoda se dio cuenta de eso fue porque vio que Rachel empuñaba ahora el arma con la mano izquierda. Y sin dejar en ningún momento de encañonarlo.

—No te las des de profesor.

Rachel hizo una mueca con sus gruesos labios y mostró la blanca dentadura. Si no fuera por el profundo surco que cruzaba su entrecejo y el rastro de las lágrimas anteriores, podría pensarse que sonreía.

—¡Contesta! ¿Por qué los mataste?

El dedo que tenía sobre el guardamontes se levantó.

—¡Rachel! ¡No lo hagas!

No podía quedarse a la espera. Sakoda intentó interponer su cuerpo entre Ignacio y el cañón.

La coraza corporal para periodistas que llevaba, capaz de resistir el impacto de una 9 mm Parabellum, debería aguantar también el disparo de esta pieza de anticuario.

Pero si el tiro se desviaba… Sakoda dudó un momento, mirando la reluciente arma.

En el instante en que reverberó un estampido y pensó que Rachel había disparado, algo le golpeó el rostro. Sakoda rodó por el suelo mientras sonaba un prolongado tintineo en sus oídos.

Una neblina blanca flotaba en la terraza.

Sakoda sintió un calor que se extendía por su frente y un reguero de tibia y pegajosa sangre que caía por su mejilla.

Debía de haberle alcanzado una esquirla de algo.

Se puso una mano en el pecho y, una vez comprobado que no le habían disparado, recorrió con la mirada aquella habitación a donde, de pronto, había vuelto la claridad.