Man-kind 2 #2
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Rachel deslizó a lo largo del brazo el dedo que apoyaba en la muñeca hasta llegar al hombro.

Cuando apretó con el dedo cerca del codo y cerca de la axila, se vio cómo los respectivos implantes subcutáneos se movían.

A continuación, el dedo se desplazó hasta el pecho y movió un implante más grande situado en uno de aquellos senos cubiertos por la camiseta de tirantes.

—En mi caso, solo en la mitad superior del cuerpo ya tengo ocho. Si contamos los del cuerpo entero, hacen dieciséis.

—¿Qué? —exclamó Sakoda ladeando dubitativo la cabeza—. ¿Tienes banda suficiente para tanto?

La banda del cuerpo humano solo dispone de cuatrocientos megabits por segundo. Ese era el motivo por el que Sakoda solo se había hecho tres implantes. Si se hacía un cuarto, se supone que sobrepasaría el límite de capacidad de la banda. Pero Rachel movió la cabeza en gesto negativo.

—Por eso te he dicho lo de mi constitución. La red de mi cuerpo es más rápida. Y no necesito tomar fármacos.

—Con eso de los fármacos te refieres a Soldam, ¿no? Yo lo tomo sin falta antes de emprender algún trabajo.

Rachel asintió. El Soldam regulaba los minerales y con ello daba estabilidad a la banda de la BAN, por lo que suponía un suplemento imprescindible para aquellos que querían manejar en tiempo real el visualizador por capas.

—¿No lo has tomado nunca? —continuó preguntando Sakoda.

—Nunca. Ya te he dicho antes que los minerales de nuestra sangre, por lo visto, son los más indicados para la BAN.

—¿Nuestra?

—Eso es. Los compañeros que pertenecemos a Goodfellows.

—¿Ninguno toma el Soldam?

—Nadie lo toma. No necesitamos fármacos. Tampoco eso que llaman… ¿Cómo era? Ah, tranquilizantes.

Sakoda abrió un poco más los ojos por la sorpresa y volvió a tomar una instantánea de la grabación.

El Soldam era un suplemento necesario no solo para los encañonadores del ORGAN, sino también para aquellos que disparaban las balas teledirigidas participando directamente en los combates.

La incorporación de la trayectoria en los proyectiles que se dirigían al objetivo marcado por el encañonador usando el brevísimo tiempo que transcurría desde que se apretaba el gatillo hasta que el percutor golpeaba el detonador, el envío de los datos que permitían controlar cada fragmento de una granada inteligente o el código de regulación de postura que activaba el exoesqueleto para formar un escudo al detectar las balas que volaban hacia uno eran todos procesos que pasaban por la BAN.

Para mantener la estabilidad de estas transmisiones, el suplemento Soldam, que regulaba la concentración de los minerales en el cuerpo, resultaba indispensable.

En cuanto a los tranquilizantes, debía de referirse a los antiexcitantes.

Cuando se presencia la muerte o la tortura de alguien, el equilibrio psicológico de las personas se derrumba y pueden sufrir después secuelas muy graves.

El consumo previo de dichos fármacos evitaba el impacto de semejantes situaciones.

Sakoda también tomaba uno llamado Stonaicina antes de ir a lugares peligrosos, y eran muchos los usuarios.

Los antiexcitantes también los utilizaban personas como los encargados de asuntos legales de las empresas informáticas que tenían que censurar pornografía infantil, activistas de derechos humanos, abogados o militares, con objeto de evitar posibles traumas psicológicos.

Y Rachel decía que no le hacía falta algo tan necesario. Y no solo a ella, también al resto.

—¿Tan extraño te parece?

—Pues sí. En los destacamentos ORGAN con los que había tratado hasta ahora se consumía Soldam hasta un punto que preocupaba al médico militar. Y también Stonaicina.

—¿No será que esa gente no valía para el trabajo de ORGAN?

Rachel hablaba medio en broma, pero los militares de los que hablaba Sakoda eran marines estadounidenses. No era creíble que un cuerpo que tenía fama de ser el más fuerte del mundo no pudiera juzgar correctamente la adecuación de su personal a los ORGAN.

Debido a que habían matado al capitán Jones, que era el jefe del destacamento, no podía preguntar por qué motivo un equipo tan bien pertrechado como acostumbraba Goodfellows había sido derrotado en unos instantes, pero había podido obtener un resultado de su entrevista con Rachel.

Una empresa militar gestionada por civiles conseguía unos frutos que no desmerecían de los marines reclutando a una chica de dieciocho años sin experiencia bélica, asignándole el puesto de encañonadora y haciendo que usara el sistema ORGAN sin necesidad de tomar ni Soldam ni Stonaicina.

Con independencia del caso que estaba tratando ahora, esto en sí mismo encerraba un valor periodístico.

Sakoda decidió preguntar cuál era el secreto de la fortaleza de Goodfellows.

—Sobre eso de la constitución física, ya te preguntaré después con detalle. Entonces, terminaste el bachillerato y enseguida ingresaste en un destacamento ORGAN, ¿no? ¿Y los otros miembros? ¿Tenían experiencia militar?

—En nuestro equipo, solo uno, Rose…

Al llegar ahí, Rachel se atascó y no pudo seguir hablando.

La frase que dejó sin terminar se refería a la alférez Rosalind Said, apodada Rose.

Rose tenía veintiocho años, la misma edad que el capitán Jones, pero como los demás del destacamento eran todos más jóvenes, psicológicamente suponía un gran apoyo.

Quizá la serenidad que transmitía al ambiente fuera una herencia de su pasado en un ejército regular.

—Ya entiendo.

Sakoda se levantó simulando que quería ir a por un vaso de agua. A pesar de su apariencia de calma tras lo sucedido, al fin y al cabo no tenía más que veinticuatro años recién cumplidos.

Ahora que lo pensaba, Sakoda advirtió que en los destacamentos ORGAN de Goodfellows no había gente mayor.

Después de Jones y Rose, los siguientes eran la sargento Rachel y la cabo Yulia Allouch, ambas de veinticuatro.

Los dos más jóvenes, ante los que Rachel se las daba de veterana, Lee Haoran y el soldado de primera Paul Manima, para el que esta había sido su primera y última misión, tenían diecinueve.

En cuerpos como los Marines estadounidenses o las Fuerzas de Autodefensa japonesas, a la hora de seleccionar a los militares para sus destacamentos ORGAN, elegían a sus soldados más capacitados, por lo que eran infrecuentes aquellos con menos de treinta años y, en los destacamentos ORGAN de otras empresas del ramo, era habitual servirse de militares que ya hubiesen desempeñado dicha labor en algún ejército, lo cual elevaba todavía más el promedio de edad.

La juventud de los miembros de Goodfellows destacaba en extremo.

Mientras Sakoda armaba en su cerebro una pregunta acerca de esta juventud, el olor de un puro alcanzó sus fosas nasales. Al levantar la mirada, vio que Cherry Ignacio acababa de salir a la terraza. Ignacio sonreía alzando uno de los labios, así que Sakoda le habló con tono indignado:

—Me prometió que me dejaría hacer la entrevista sin que me vigilaran. ¿Desde cuándo ha estado mirando?

—Desde que la hiciste llorar.

Sakoda contuvo la furia que brotaba de su interior y señaló las lentes de contacto de sus ojos.

—Esta conversación de ahora se está grabando también.

—Ah, vaya. Lo siento. Era una broma.

—Me sabe mal hablarle así a alguien de quien voy a hacer un reportaje, pero esto no es algo que pueda finalizarse con un «era una broma».

Ignacio miró fijamente a Sakoda, dejó en el banco el puro que estaba fumando y, tras ponerse en pie, hizo una reverencia.

—Lo siento mucho.

Sakoda, que pensaba que iba a ser ignorado o que se reirían de él, quedó desconcertado y sin saber cómo reaccionar. Entonces Ignacio, volviendo a alzar el rostro, le sonrió.

—Sakoda, eres un hombre muy amable…

—¿Qué?

—Y a ese Sakoda tan amable me gustaría pedirle una cosa.

Ignacio sacó un tubito con un puro del bolsillo de su camisa verde oliva. Ambos extremos estaban sellados con cera roja y en el envoltorio constaba la bandera nacional del arco iris con el nombre de Terra Amazonas impreso. El cannabis libre de THC no era el único cultivo de estos lugares.

Ignacio alargó el tubito hacia Sakoda.

—No me gusta el tabaco.

—Es igual, acéptalo —le insistió poniéndoselo en la mano.

Acto seguido, sacó del bolsillo de la camisa un papel doblado en cuatro y lo desplegó. En el papel había impreso un código de barras bidimensional.

—Dentro de ese tubo hay un papel con un código de barras impreso igual que este.

Sakoda miró el papel fijamente y cuando la cámara de sus lentes de contacto leyó el código de barras, el visualizador por capas superpuso las letras.

Remitente del pago: Cherry Ignacio. Importe: 40 BTC .

—BTC… no querrá decir bitcoins, ¿verdad?

Una de las primeras criptomonedas extraídas, basada en la predicción de un valor hash .

Dado que usando un computador cuántico se puede descifrar el problema criptográfico, la competencia por la predicción de este valor carece de sentido y, debido a ello, a partir del año 2031 ya no se habían extraído nuevas monedas.

—Veo que estás al tanto. Todavía hay lugares que practican el cambio de esta moneda y, si no me equivoco, la cantidad de ahí equivale a unos doce millones de dólares para cada uno.

Sakoda sintió que de pronto el tubo del puro se le hacía muy pesado y lo alargó hacia Ignacio en ademán de devolvérselo.

—No tengo intención de contribuir a un lavado de dinero.

—¡Che, hermano! —exclamó Ignacio con voz que fingía un gran dolor mientras se estrechaba las manos y miraba hacia el cielo.

—¿No me estarás tomando por un criminal o algo parecido? Si te encontraran con algo así, no te iba a salir gratis.

Sakoda estuvo a punto de decir «Pues masacrar prisioneros es un crimen de guerra», pero se contuvo.

Por culpa de que la puntuación que le dieron de veracidad de los hechos fue baja, había terminado por perder la confianza.

Pero como también le parecía ridículo hacer el juego a la comedia del otro, siguió preguntando con el mismo tono.

—Bueno, y si no es lavado de dinero, entonces ¿de qué se trata?