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La fachada del edificio del Ayuntamiento de Terra Amazonas daba a la avenida que cruzaba de norte a sur la ciudad de Leticia.
Originalmente funcionaba como Cámara de Comercio y era un palacete blanco de estilo colonial con un jardín de césped en su parte frontal, en el que ahora se alineaban una serie de camiones de comida contratados por el alcalde, Goh Martínez, que repartían cerveza a la población alborozada por la victoria.
De alguna parte habían traído triángulos y zambombas, además de un acordeón, improvisando una banda de música, que comenzó a interpretar un popular forró de los que abundan en el nordeste de Brasil.
Sakoda contemplaba todo aquel barullo desde el balcón del segundo piso del edificio, con las manos en la barandilla.
Dirigiéndose a Rachel, sentada en un mullido sofá tapizado con un tejido repelente al agua, preguntó:
—¿Pedimos que nos cambien el lugar de la entrevista?
Sakoda solicitó un lugar sin riesgo de escuchas, por lo que le habían ofrecido la terraza del ayuntamiento, pero no podía ni imaginar que precisamente en el jardín que quedaba justo delante se fuera a desarrollar una fiesta por la victoria.
Si no recordaba mal, el forró siempre iba acompañado de baile.
Con aquella alegre música y el consiguiente griterío, el lugar no resultaba nada adecuado para escuchar nada de labios de una joven soldado prisionera, menos aun cuando aquellos compañeros con los que comía y dormía acababan de ser masacrados.
Sin embargo, Rachel echó un vistazo al jolgorio de abajo y, sonriendo, se encogió de hombros.
—No hace falta cambiar de lugar.
—Pero es que…
—Yo no siento rencor hacia esta gente —dijo Rachel para, acto seguido, reanudar la presentación que había empezado—.
Puedes hacer pública mi edad. Este año he cumplido veinticuatro.
Nací en una zona céntrica de la ciudad de Houston.
Hasta el bachillerato, viví siempre en la misma ciudad. Carezco de estudios universitarios.
Aparentemente, Rachel se había recuperado por completo de la masacre del día anterior. Sakoda intentaba intuir si le habría quedado alguna secuela cuando ella se le adelantó con una pregunta.
—¿No hace falta que diga cómo se escribe mi nombre?
—¿Que cómo se escribe?
Sakoda, cogido por sorpresa, hizo aparecer con su visualizador una pantallita para escribir con el dedo.
Rachel, utilizando el dedo corazón, escribió tres ideogramas chinos acompañados de su pronunciación: La-jie Chen.
Después, leyó el nombre en voz alta con los altibajos de tono característicos de la fonética china. O, al menos, eso le pareció a Sakoda.
—¿Así que eres de ascendencia china?
—¿Te parece raro?
Sakoda se fijó con atención en el rostro de Rachel, que le devolvía la mirada con sus ojos azul claro.
Su frente era lisa y el puente de la nariz, alto, hasta el punto de que proyectaba una pequeña sombra sobre las mejillas.
El pelo que le caía ondulado sobre los hombros era de color castaño hasta la raíz.
La tonalidad del cabello se podía cambiar fácilmente, pero resultaba difícil de creer que un mercenario que va de campo de batalla en campo de batalla pudiera mantener una diferente coloración hasta la raíz.
Intentó no mirar con demasiado detenimiento, pero tanto los redondos y firmes senos cubiertos solo por una camiseta de tirantes como el grosor de su tórax o la redondeada musculatura que lucía en hombros y antebrazos en ningún detalle podían hacer pensar que se hallase ante una mujer oriental.
La chica debió de advertir la confusión que invadía a Sakoda, porque forzó una sonrisa y, tras hacer un guiño, se tiró de un labio y luego lo soltó levantando un pequeño chasquido.
—El rostro es un tanto agobiante, pero, aunque no lo parezca, mis raíces son chinas. Mis antepasados llegaron a los Estados Unidos cuando la I Guerra Civil. Por lo visto, yo pertenezco ya a la séptima generación, pero, hasta donde he oído, parece que mis padres son de pura ascendencia china.
—Ya veo… —asintió Sakoda.
Después señaló el nombre de ella escrito en la pantalla con ideogramas. Si quería dotar al personaje de algo más de empaque, bien estaría añadir esa clase de trasfondo cultural. Incluir el nombre en chino contribuiría también a aportar una mayor diversidad.
—Es decir, que tu verdadero nombre es Ra-jie. ¿No es eso?
—No, La-jie —contestó ella corrigiendo la pronunciación de Sakoda—. Es la manera en que los chinos pronuncian Rachel. El nombre de la esposa de Jacob que aparece en la Biblia.
Mientras escuchaba, Sakoda hizo unas instantáneas de la grabación.
Era algo un tanto primitivo, pero si se registraba una imagen fija de un momento determinado con su indicación de fecha y hora, así como la información del lugar, en el caso de las entrevistas largas, luego resultaba más práctico a la hora de consultarlas.
Puesto que ella hablaba de un Jacob casado, solo podía ser el mismo Jacob que aparecía en el Antiguo Testamento. Sakoda probó a hacer una búsqueda en el espacio de trabajo de su visualizador, donde escribió: «Raquel, Antiguo Testamento».
—Ajá, ya veo. La segunda esposa de Jacob, ¿verdad? Se dice que no pudo concebir durante muchos años, pero que finalmente dio a luz a José.
—¿Que no podía concebir hijos? Uy, eso suena de mal agüero. Seguro que mi padre no sabía nada de eso cuando me puso el nombre. Lógico, puesto que los dueños de lavanderías no van a la universidad…
A continuación, Rachel comenzó a hablar acerca de su familia.
Vivían en el centro de Chinatown. Los padres llevaban una lavandería que había comenzado su actividad en 1952, y ese fue el hogar en que ella nació.
Su padre se llamaba Lo-Mei Wang y su madre, Yu Chen.
Según dijo, sus padres tardaron mucho en conocer descendencia y, tras repetir numerosos tratamientos para la infertilidad, cuando ya pasaban de los cuarenta, por fin nació ella.
Al llegar a ese punto de su narración, Rachel forzó una sonrisa.
—Así que después de haber gastado todo un dineral para poder dar a luz, a la hija que nació le pusieron el mismo nombre que la diosa de la infertilidad… Mejor que no les diga nada de esto, ¿verdad?
Sakoda asintió sonriendo y la animó a proseguir con la entrevista.
—Por tanto, cuando finalizaste el bachillerato, te hiciste militar, ¿no? ¿Entraste en los Marines?
Rachel ladeó la cabeza en gesto inquisitivo.
—¿Cómo? Yo nunca he estado en un ejército regular. Mi intención era dedicarme a conductora de camiones o algo así, pero como me llegó una carta de Goodfellows, probé a postularme para el trabajo que anunciaban. Allí fue donde aprendí todo «esto».
Rachel movió los dedos en el aire como cuando estaba manejando la maquinaria de los destacamentos ORGAN.
Cada uno de los movimientos de sus dedos reproducía aquellos con los que segaba la vida de los guerrilleros que se enfrentaban a los ORGAN en las guerras legítimas y apartaba las balas que pudieran alcanzar a los civiles.
—Los entrenamientos fueron muy duros, pero supongo que poseía aptitudes para el trabajo. Y mi constitución también era ideal para los destacamentos ORGAN…
—Un momento, por favor —se apresuró a cortar Sakoda.
Lo que convertía en algo especial a un destacamento ORGAN, formado por seis o siete personas, capaz de dominar un campo de batalla, era la presencia de un encañonador como Rachel.
El encañonador, sentado a horcajadas sobre el transportador tetrápodo Maschief que se llevaba a los campos de batalla, identificaba las señales de los cientos de contendientes, amigos y enemigos, que aparecían en el visualizador y, tras discriminarlas, clasificaba el total en dos grupos, «objetivo» y «no combatiente», decidiendo cuáles eran las vidas que había que arrebatar.
Por cierto, se dice que debido a que los movimientos del encañonador, que agita brazos y piernas como si bailara en el vacío, recuerdan a los de un intérprete de órgano de tubos, es por lo que se decidió dar al sistema el nombre de ORGAN .
Para el encañonador, que constituía el corazón de los ORGAN, resultaba necesario contar con una agudeza visual dinámica, capacidad de juicio y un alto nivel de coordinación corporal.
El manejo del ORGAN requería una conciencia ética, ya que la vida o la muerte de un tercero podía depender del movimiento de un dedo.
Y también lo contrario, hacía falta una cierta insensibilidad.
Pero eso pertenecía al terreno del talento y la cualidad.
—No es solo cuestión de la constitución corporal, ¿verdad? —dijo Sakoda.
Rachel sonrió y se señaló una muñeca con el dedo índice.
—Algo más sí que hay.
Junto al extremo de su muy recortada uña se vio un bultito moviéndose bajo la piel.
El implante de una terminal de BAN (red de área corporal).
Como transmisor, no tenía ni comparación con el cobre o la fibra óptica, pero dado que usaba como elemento conductor el agua o los minerales que contiene el cuerpo humano, podía establecer una comunicación con los aparatos que estuvieran en contacto con cualquier parte del cuerpo.
También el hecho de que las lentes de contacto podían proyectar en la retina las imágenes del visualizador por capas se debía a que debajo de una axila había un implante para comunicaciones que se encargaba de enviar las imágenes y a que en la ingle había un conversor de energía térmica que aportaba la electricidad necesaria.
—Un implante para los gestos, ¿no? Eso también lo llevo yo.
—¿Cuántos llevas? Incluyendo el de los gestos.
—En total, tres. En la muñeca derecha, el sensor de gestos y, debajo de la axila, la cápsula para comunicaciones. Aparte, en la cadera, un dispositivo de red de energía eléctrica.
—Sí, bueno, más o menos lo normal.