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An Ho arrojó el artículo a una mesa dibujada en el espacio de trabajo.
Pero, al contrario de su actitud, su rostro expresaba una gran seriedad.
El departamento de apoyo de COVFE comprobaba la veracidad de unos doscientos millones de artículos al día, y a diario llegaban millones de quejas en el sentido de «¿por qué me dan tan baja puntuación?
». La mayoría de ellas se debían a textos de redes sociales escritos para conseguir beneficios por número de visitas, con anuncios engañosos o comentarios demagógicos acerca de vacunas o tratamientos genéticos, teorías conspiratorias, leyendas urbanas, etcétera, y por tanto Marsha, en su calidad de directora general, no les prestaba atención.
Sin embargo, esta vez se trataba de una situación anormal.
Ante la atenta mirada de Toma y An Ho, Marsha colocó en el espacio de trabajo un archivo de imágenes enmascarado mediante pixelado.
—El agente del periodista que ha presentado la queja se llama Terry Marukawa. Dice que es una puntuación absurda para un artículo que ha sido generado automáticamente a partir de las imágenes tomadas.
—Voy a hacer una comprobación —dijo Toma atrayendo hacia sí el archivo de imágenes y desbloqueando el aviso que decía «Imágenes de contenido atroz».
Cuando los usuarios piden verificar alguna documentación, en el caso de que se trate de noticias relativas a asesinatos o masacres, no es infrecuente que incluyan cosas susceptibles de dejar secuelas psicológicas.
Para tratar con esa clase de información cruel, es necesario crear un equipo que tome fármacos antiexcitantes.
Claro que la mayoría de las empresas dejaban esa labor de comprobación a la mano de obra barata que residía en el extranjero.
Sin embargo, en el caso de COVFE, eran Toma y sus compañeros quienes lo hacían directamente.
El motivo radicaba en que, aunque Marsha no exigía que fuera así, curiosamente COVFE contaba con muchos empleados de fuerte capacidad de aguante.
Toma era uno de ellos. En el instante en que los ojos captaban una imagen que podía resultar difícil de soportar, era como si el corazón se recubriese de una película protectora que reducía los altibajos emocionales.
Toma comprobó las imágenes y la metainformación adjunta y después las comparó con el archivo.
—Parece que la hora y el lugar, así como los nombres de los implicados y los grupos a los que pertenecen o sus rangos, son correctos.
—¿Y en cuanto al contenido?
Toma generó el texto de transcripción de imágenes y, quitando el sonido, las reprodujo.
Por mucho que no le fuese a suponer un trauma, no quería sentirse mal viendo con el correspondiente sonido unas escenas con personas muriendo.
En las imágenes que desfilaron ante él a doble velocidad, se veía que, bajo las órdenes de un jefe tocado con una boina, los soldados que se habían rendido eran masacrados a balazos.
—Es tal y como dice ese artículo de última hora. El mando con boina dio orden de que matasen a los soldados que se habían rendido. ¿Quién es el periodista?
—Johei Sakoda —aclaró An Ho mientras fruncía el ceño—. El artículo ese está generado por R2T (texto a partir de documentación).
—¿Y un artículo generado de forma automática solo obtiene un 0,445? —preguntó incrédulo Toma.
Los textos que quedaban por debajo del 0,5 eran aquellos obtenidos a partir de la publicidad que incluían una buena parte de exageración o los comunicados de prensa escritos con objeto de apartar la vista de cuestiones inconvenientes, así como otros que prácticamente podían considerarse mera propaganda, por lo que algo como un artículo generado automáticamente a partir de imágenes concretas nunca obtenía una puntuación tan baja.
Si se escribía un artículo que no se ajustaba a la fuente que constituían las imágenes, podía entenderse, pero hasta donde había visto Toma, aparentemente el contenido de la filmación y el del reportaje de última hora coincidían.
An Ho intervino malhumorado.
—¿Será que en el sistema de puntuación hay un defecto informático?
Marsha asintió. La gravedad iba cerniéndose sobre el ambiente.
Se trataba de un problema que afectaba al tronco mismo de la actividad empresarial de COVFE, la verificación de hechos.
COVFE era una empresa puntera dentro de su ramo, que en un solo día efectuaba más de ciento cincuenta millones de verificaciones de hechos, pero el beneficio ordinario que generaba era prácticamente cero.
Llevaba catorce años cotizando en bolsa, pero hasta la fecha no había arrojado dividendos que repartir, por lo que, si mantenía a sus accionistas, era únicamente por dos motivos: el carácter genial de Marsha y el ser el número uno en el ramo de la verificación de hechos.
Si acaso existiera un error informático en el proceso de verificación de hechos, el valor de las acciones se desplomaría y se enfrentaría al peligro de ser comprada por otra compañía.
Atoll, una empresa de la competencia que recibía el apoyo de los grandes capitales, ya superaba a COVFE en número de artículos juzgados.
Había que frenar como fuese el que se extendiera la historia de que el artículo de un reportero de guerra de Sun , que tenía contrato con ellos, se había visto bloqueado.
Toma no tendría dificultades para buscarse otro empleo, pero las opciones sobre acciones que había ido acumulando como parte de su salario se convertirían en papel mojado. Con todo, más que eso, le dolería perder un lugar de trabajo tan distendido y unos compañeros tan capaces.
An Ho cruzó una mirada con Toma y, tras suspirar, colocó en el espacio de trabajo una nueva ventana con el artículo.
—El algoritmo usado es el v5.2.2 del método de polimerización de Pearson.
—¿Un modelo de rutas?
Toma abrió en el espacio de trabajo la documentación sobre el v5.
La serie v5 del método de polimerización de Pearson había sido creada por Marsha para el modelo cuántico de siete capas y era un método de verificación de hechos que usaban desde que se fundó la compañía.
A partir de este modelo cuántico, los empleados habían elaborado como mínimo doscientas cincuenta y tres clases de variaciones.
Toma comunicó el tiempo que requeriría repetir la operación con el método de polimerización de Pearson con los diferentes modelos.
—Para la capacidad de aprendizaje del v5, con un valor de tres cifras significativas, tardaría 2,84E10 días QUEP 1 (veintiocho mil millones) por cada uno.
En COVFE, acostumbrados a trabajar con cifras inmensas que superaban los cien millones o con probabilidades de microporcentajes, usaban con toda naturalidad las cifras exponenciales o los logaritmos.
Toma prosiguió.
—Puesto que tenemos doscientos cincuenta y tres modelos, eso hace 7,19E12 días QUEP (siete billones). Con el procesador que tenemos ahora…
Toma se dispuso a leer el recurso del centro de datos, pero An Ho se le adelantó.
—2,59E9 unidades (mil quinientos millones). Esto significa que tardaría 4,79E3 días.
Marsha asintió.
—Entendido. Podéis usar un máximo de 2E15 (doscientos billones) unidades hasta que terminéis. ¿Qué porcentaje hay de quejas del v5?
Toma recogió unas cifras de la hoja de gestión del v5.
—En catorce años, tres casos. Se trataba de casos evidentes de errores. La probabilidad es de 6,33 entre cien billones.
—Entendido —contestó Marsha mirando alternativamente a Toma y An Ho como si los comparara—. ¿Puedo dejar la investigación del caso en manos de vosotros dos?
Toma asintió y, levantando la vista hacia An Ho, dijo:
—Yo voy a trabajar desde el campus de la Universidad de San Francisco. ¿Tú te quedas en la oficina?
An Ho bajó la vista hacia los pies.
—Ya que me he puesto los zapatos… No me apetece moverme. Si llega documentación que afecte a la valoración del periodista, te la reenviaré. Al parecer, había drones de otros periodistas sobrevolando también la ciudad independiente de Terra Amazonas.
—De acuerdo. Y si descubres algo sobre el proceso desarrollado para valorar el artículo, cuéntamelo también enseguida.
An Ho contestó «prometido» y acto seguido ambos hombres entrechocaron suavemente sus puños. Después, Toma comunicó a Marsha que se marchaba y salió de la oficina. Justo en ese momento pasaba una hilera de coches por delante, que miró alejarse.
La niebla matinal ya se había despejado y el suelo estaba seco. Era un día perfecto para pedalear. Toma bajó la bicicleta del soporte situado bajo el letrero de los donuts y se dispuso a ir cuesta abajo.
—¡Eh, Toma! —le gritó An Ho desde la oficina—. ¿Eso no es la dirección contraria? Vas a la universidad, ¿no?
—Claro, después de que desayune.
Toma se dirigió hacia los muelles. Lo primero era tomar alguna de esas tortas africanas que había dejado pendientes.