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La población de dieciocho estados que buscaban independizarse de los Estados Unidos se dio cuenta de que aquella «voz» que les había hecho decidirse por la independencia era una ilusión creada por una serie de noticias falsas difundidas por países y organizaciones que deseaban el desmembramiento de la nación.
Entonces, una vez perdidos sus fundamentos teóricos, los dieciochos estados fueron reincorporándose uno tras otro a la Unión.
Marsha, que había dado un vuelco a la seguridad de internet y había conseguido reunificar los Estados Unidos, era una ingeniera informática que continuaba en activo.
COVFE, sin dejar de ser una compañía dedicada al desarrollo tecnológico puro, conservaba en su oficina el mismo aspecto que cuando comenzó su andadura.
Ni siquiera había cambiado el letrero anterior de la tienda de donuts, pintarrajeado por pandilleros.
Toma, que tras salir de la avenida Van Ness había entrado en la calle Ellis, se bajó de la bicicleta de carretera debajo del grafiti color negro con el que los pandilleros habían dejado su firma usando las palabras crow blood .
Aparcó el vehículo en el soporte para bicicletas que antes utilizaban los repartidores que venían a recoger los donuts con destino a la distribución y echó la llave.
A su lado pendía también la bicicleta de montaña de doble suspensión encargada de soportar el corpachón de uno de sus compañeros, An Ho.
—Buenos días —saludó Toma abriendo la pesada puerta de madera.
Su visión quedó cubierta por una franja como un arco iris. Cuando se dio cuenta de que lo que representaba su visualizador era una bandera, ya era tarde. Intentando esquivar la bandera que ondeaba frente a sí, Toma se golpeó fuertemente con el marco de la puerta.
—¡Aaah!
Aguantándose el dolor, Toma introdujo los dedos en su rizada cabellera para tocarse el punto donde se había golpeado. Entonces oyó la voz de una preocupada Marsha.
—¿Estás bien?
—Parece que herido no estoy —contestó Toma comprobando que sus dedos no salían manchados de sangre—. Oye, Marsha, haz el favor de no dejar colgando una sábana tan cerca de la puerta. Gracias a que yo tengo pelo, no me he herido. Si llega a ser An Ho, se hubiera abierto una brecha.
—¿Me estás llamando calvo? —saltó al instante una penetrante voz—. Lo que pasa es que me afeito la cabeza.
—Perdón. Pero no he dicho la palabra calvo .
Toma se agachó y, tras pasar por debajo de la bandera, se acercó a An Ho, el voluminoso compañero rapado al cero que trabajaba junto al mostrador del fondo.
—Buenos días —le saludó.
—Ya lo sé —contestó An Ho sin volverse hacia él.
Después, juntando el índice y el dedo corazón, agitó una mano hacia Toma. Si Toma saludase de la misma manera, ofrecería un aspecto penoso, pero en el caso de An Ho, vestido con camisa blanca, pantalones negros bien planchados y zapatos igualmente negros, el gesto quedaba muy bien.
An Ho había creado en la pared con el visualizador una serie de esferas y se había asegurado delante un espacio de trabajo, de manera que frente a él tuviera varias pantallas.
—¿A ti también te ha llamado Marsha? —preguntó Toma.
—Pues sí.
An Ho dirigió sus pálidos ojos azules, fríos como el hielo, hacia Marsha, que había convertido la habitación entera en su espacio de trabajo, desparramando documentos desordenadamente por todas partes.
—Perdonad que os haya llamado tan temprano por la mañana.
Su tono delataba que, en realidad, no lo sentía en absoluto.
Toma y An Ho cruzaron una mirada, pero Marsha no dio muestras de preocuparse por lo que pensaran sus subordinados y, colocando una banqueta frente a lo que un día había sido el mostrador de la tienda de donuts, que seguía usando como estaba en su día, se sentó.
—¿Os importa que, por si acaso, lo hagamos así? —preguntó Marsha haciendo un gesto como si se cerrara los labios con una cremallera.
Al ver que les anunciaba una reunión en modalidad privada, An Ho exhaló un suspiro de disgusto. Si iban a tener reunión privada mediante el visualizador en vez de hablar con su propia voz, no hacía falta haberse desplazado hasta la oficina.
—Perdonad, ¿eh? —dijo Marsha despreocupadamente.
Acto seguido, apagó también el espacio de trabajo que An Ho había creado en la pared con el visualizador y en su lugar quedó una superficie blanca sin textura.
Era un espacio de trabajo destinado a una reunión en privado.
Cuando Toma y An Ho tocaron con su mano aquella blanca superficie, el fonotransmisor óseo anunció «entrada en la sala» y los sonidos de la ciudad que se filtraban en la oficina se extinguieron.
Al mismo tiempo, el paisaje del interior de la oficina se transformó.
Los tres participantes, sentados en sendas banquetas, estaban ahora en un vasto huerto que se extendía bajo el cielo azul.
En aquella granja de terreno ondulado crecía por doquier una planta cuyas hojas dentadas se dividían en siete foliolos.
En el centro del sembrado se alzaba una bandera con el arco iris igual que la que colgaba antes junto a la puerta y en el centro de dicha bandera se destacaba un dibujo que reproducía una de aquellas hojas.
Nada más echar un vistazo, An Ho se encogió de hombros.
—¿Plantas de cannabis?
Toma señaló la bandera con los ojos.
—Ese es el sello de calidad de heroína segura, ¿no?
—Sí, eso es —contestó Marsha acercando la bandera—. Esta imagen recoge unas plantaciones de Terra Amazonas donde se cultiva cannabis modificado genéticamente. Dicen que se han declarado ciudad internacional independiente.
Marsha hizo un gesto apuntando al suelo con el índice y el pulgar, como si atrapase algo entre ellos, y entonces la imagen de los sembrados se contrajo y apareció un mapa del río Amazonas y sus alrededores.
La imagen se centró en el punto donde limitaban tres países: Brasil, Perú y Colombia.
Cerca de donde confluían tres ramales del río, estaba la ciudad de Leticia.
—Este es el territorio de Terra Amazonas. Según las noticias…
—Ah, te refieres a esto, ¿verdad? —interrumpió An Ho desplegando varias ventanas con artículos de periódico—. La empresa que compró unas plantaciones de cannabis a la mafia local y comenzó a producir heroína segura. Y, como empezaron a entorpecer sus exportaciones, proclamaron su independencia.
—A menudo se oye hablar de casos similares —añadió Toma.
Desde que dieciocho estados de la unión se independizaran de Estados Unidos, las declaraciones de independencia de las ciudades habían dejado de ser un fenómeno raro.
El abanico era muy amplio, de manera que había desde independencias «suaves», que tenían por único fin el reconocimiento de gobiernos autónomos o la formación de regiones con regulación especial, hasta otras que pretendían tener su propia constitución, su propia acción exterior y su propia política de defensa, en suma, ser iguales que un Estado.
El de Terra Amazonas era uno de estos últimos casos de independencia hasta el fondo, con su propia política exterior y vigilancia de sus fronteras, que rodeaban todas las plantaciones de cannabis otrora repartidas entre tres países.
Una vez que asimiló la situación general del asunto, An Ho deslizó delante de los presentes unos artículos con noticias al estilo de «última hora».
A las 06:32 de la mañana del 25 de julio de 2045, hora local de Amazonas, ha comenzado la operación de desarme de Terra Amazonas…
A las 06:43 minutos, hora local de Amazonas, el Destacamento ORGAN n.º 1 de Goodfellows, al mando del capitán Jasper Jones, disparó primero contra el comandante Cherry Ignacio, jefe del Cuerpo de Defensa de Terra Amazonas, pero fracasó.
El cuerpo de defensa que los rodeaba les disparó y en el tiroteo perdieron a la alférez Rosalind Said, segunda en el mando, tras lo cual se rindieron .
—Vaya… El destacamento ORGAN ha sido derrotado —comentó An Ho abriendo mucho los ojos por la sorpresa—. Eso es muy raro.
Toma hizo una búsqueda sobre el nombre del comandante que figuraba.
—Parece que ese tal Ignacio es un famoso asesor de guerras legítimas. Pero Goodfellows también es una compañía que hasta ahora había tenido muy buenos resultados.
Tras releer el artículo, An Ho frunció sus finas cejas y preguntó a Marsha:
—¿Te refieres a este caso?
Marsha asintió e hizo deslizar la ventana hasta el siguiente artículo.
¡Última hora!
06:51 minutos, hora local de Amazonas. El comandante Cherry Ignacio, que dirigía el Cuerpo de Defensa de Terra Amazonas en calidad de asesor militar para una batalla limpia, ha matado a cinco de los seis soldados de Goodfellows que se habían rendido.
La masacre cometida por el comandante Ignacio, ignorando los derechos de los prisioneros, viola el Tratado de La Haya sobre la Guerra Terrestre y es previsible que sea denunciado como crimen de guerra .
—¿Masacre? —preguntó Toma alzando mucho la voz inconscientemente—. ¿Ha matado a soldados que se habían rendido?
—Es un asunto execrable, pero parece que el problema no está ahí —contestó An Ho cogiendo el artículo entre los dedos—. Este artículo no ha sido distribuido, ¿verdad?
Marsha asintió.
—El criterio base de Sun para distribuir las noticias es un mínimo de 0,8. Pero esta nota de última hora solo ha obtenido un 0,445. Y, debido a eso, el agente del periodista en cuestión se está quejando.
—Hace falta cara dura. ¿Así que escribe una noticia falsa y encima se queja?