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Cargando con su bicicleta de carretera, Toma Knut terminaba de bajar por la estrecha escalera de su residencia, otrora un albergue para uso de la Marina, cuando su pie resbaló en el empedrado, humedecido por la brisa matinal de la bahía de San Francisco, y dejó caer el vehículo.
Al momento cruzó por su cabeza el importe de la bicicleta caída, cinco mil dólares. Si se hubiera producido aunque fuera una grieta en el cuadro de fibra de carbono, la reparación debía de suponer unos dos mil dólares.
Ante la mirada de Toma, que rezaba por que el vehículo no se hubiera dañado en el golpe, la bicicleta, que había caído sobre las ruedas, hizo sonar su pequeño motor demostrando que podía reaccionar por sí misma.
Había que dar las gracias a los incontables anillos que giraban sobre su eje alojados en las ruedas, convirtiéndolas en omnidireccionales, capaces de adoptar no solo la posición de avance y de frenado, sino también izquierda y derecha, cualquier dirección.
Como parte de sus medidas para paliar el calentamiento de la ciudad, en las calles de San Francisco se estaba sustituyendo el asfalto por un empedrado.
Pero aunque se hable de empedrado, no se trataba de adoquines de verdadera piedra, sino que estaban formados a base de una variedad de coral terrestre creada por manipulación genética.
No obstante, en días como este en que estaba el suelo mojado, las delgadas ruedas de la bicicleta de carretera resbalaban en las junturas de los adoquines y el cambio de dirección deseado podía encontrarse con dificultades.
Atraído por esa imagen de poder circular por tan malos caminos igual que en los tiempos del asfaltado, Toma había hecho algunas adaptaciones para mejorar su bicicleta. Sin embargo, no esperaba que aquellas ruedas omnidireccionales tuvieran la capacidad de actuar por sí mismas.
—Tremendo… —murmuró Toma poniendo una mano en el sillín para inclinar un poco el vehículo.
Entonces, la bicicleta reaccionó al empuje deslizando las ruedas omnidireccionales en perpendicular para evitar la caída. Toma repitió la prueba una segunda y una tercera vez, aplicando un poco más de fuerza, pero la bicicleta de carretera no dio muestras de ir a volcarse.
Toma se puso el casco, corrigió la posición de la mochila que llevaba a la espalda y, tras dar media vuelta por el camino arbolado en torno a la residencia, pedaleó hacia la avenida Mason.
Mientras saludaba con la mano a los turistas que se dirigían a pie hacia el puente Golden Gate, Toma comprobó el tráfico en la avenida Richardson.
Eran las siete y veinticuatro minutos de la mañana; la hora en la que se dirigían al trabajo los empresarios de San Francisco, que unos cifraban en diez mil y otros en cincuenta mil, saliendo de la llamada West Needle, una zona residencial de rascacielos de hasta doscientas plantas para los más adinerados sita en Mill Valley.
Miles de vehículos de conducción automática que habían cargado sus baterías durante la noche entraban a la ciudad atravesando el Golden Gate.
Los coches de piloto automático de Tesla, BMW, Lexus o Mercedes se comunicaban entre ellos de manera que podían acortar la distancia entre vehículos a los cinco centímetros, formando una larga fila que circulaba por la ciudad a la máxima velocidad permitida por la ley, mientras calculaban cómo ajustarse a los tiempos de los semáforos en verde.
En el visualizador de Toma aparecían varias líneas de color rojo representando las filas de coches que transitaban por el Golden Gate.
La cabeza de las filas ya estaba casi encima.
Toma nunca había oído hablar de un vehículo de conducción automática que hubiera causado un accidente, pero el ruido que levantaban una treintena de automóviles corriendo a la vez no resultaba agradable de escuchar.
Cuando Toma se encontraba dudando si ir al trabajo por una ruta diferente, aparecieron una veintena de coches de conducción automática encabezados por un BMW que pasaron cerca de él a la máxima velocidad permitida en esa zona, 65 kilómetros por hora, salpicando los alrededores con el agua de la lluvia.
Según la información de tráfico que ofrecía su visualizador, dicha escena se iba a repetir una decena de veces.
Asqueado, Toma decidió escoger la ruta que pasaba junto a los muelles, yendo desde el bulevar Marina hasta llegar a la calle Bay para luego adentrarse en la calle Hyde, donde ya solo tenía que subir la cuesta para llegar a la oficina.
Tratándose de esta ruta, el límite de velocidad para los vehículos era de 30 kilómetros.
Además, si daba un pequeño rodeo para llegar a Marina, podría comprar para el desayuno un burrito al estilo africano o tortas con otras especialidades africanas en los camiones de venta de comida de los refugiados de Níger.
Al recordar el olor de aquellas especias secas, la saliva empezó a correr por su boca.
Acababa de decirse «Muy bien, decidido» cuando llegó un aviso de comunicación a su visualizador.
«Toma, ¿tienes un momento?».
El mensaje venía de la persona para quien trabajaba, Marsha Yoshino, directora general y fundadora de COVFE, una plataforma de verificación de hechos.
Bajo el bocadillo donde figuraba el mensaje a modo de diálogo aparecía el sonriente avatar tridimensional de su jefa, con una piel de color chocolate nada habitual en alguien de ascendencia japonesa.
Según decía, su abultada melena rizada, también muy rara en las personas de Extremo Oriente, era su pelo natural.
Marsha llevaba aquella densa cabellera que le daba la forma de una cáscara de huevo.
Tras el desordenado flequillo, destacaban unas gafas de montura negra.
Y al otro lado de las lentes, unos grandes ojos que miraban fijamente a Toma.
—Sí, no hay problema. ¿Qué sucede?
Toma contestó activando la señal de sonido y el avatar comenzó a moverse. Marsha señaló con el pulgar en dirección a la espalda de ella.
—Justo ahora acabo de adelantarte. Ya que hoy has salido pronto, ¿te importaría venir cuanto antes a la oficina?
Toma miró hacia la fila de coches que acababan de adelantarle. Aquella serpiente de metal formada por una veintena de vehículos de conducción automática comenzaba a tomar una curva para adentrarse en el centro de San Francisco, que relucía bajo la luz matinal.
—¿Es el coche que acaba de torcer ahora para la calle Lombard? El Honda de costumbre, ¿no?
—Sí, eso es. El quinto por delante. Date prisa, ¿eh?
Nada más decir eso, Marsha cortó la comunicación. No quedaba sino renunciar a las tortas africanas y la relajada ruta hacia el trabajo. Cuando terminó de pasar la segunda fila de coches que llegó después, Toma emprendió la marcha con su bicicleta por la calzada.
El camino era la pura sencillez. Avanzó en línea recta por la calle Lombard tras las filas de coches y, al llegar al banco Chase que había al principio de la cuesta, dobló a la derecha para subir la pendiente de la avenida Van Ness.
Su objetivo era Tenderloin, el barrio de oficinas que se extendía por la zona previa al ayuntamiento de la ciudad.
Antiguamente, Tenderloin era la zona más insegura de San Francisco, pero en la segunda mitad de la década de 2030 esa mala fama fue ya un recuerdo del pasado.
El motivo era que en el subsuelo del barrio de Tenderloin se creó un centro de datos para computación cuántica y varios cientos de empresas emergentes ocuparon todas las oficinas vacías de la zona.
Una de ellas era COVFE, donde trabajaba Toma. Es más, fue la empresaria Marsha Yoshino quien transformó aquel Tenderloin donde pululaban los drogadictos y los indigentes en un lugar que pasó a recibir el apodo de Quantum Hill.
En el 2031, a los trece años de edad, Marsha consiguió descifrar con un computador cuántico el sistema criptográfico RSA que garantizaba la seguridad de internet.
Utilizando su método, que bautizó como Yoshino surf , con un ordenador cuántico de mesa de 128 bits cuánticos se podía descifrar en dos minutos una encriptación RSA de 4096 bits.
Marsha, cuyo descubrimiento o invención destrozaba la seguridad de las comunicaciones por completo, se aseguró de preparar una estrategia antes de anunciar su éxito.
Consistía en una criptografía basada en retículos que era retrocompatible con la encriptación RSA.
Marsha registró en el NIST (Instituto Nacional de Estándares y Tecnología) estadounidense aquella criptografía de retículos capaz de actuar en tiempo real con un computador cuántico de iones atrapados de apenas 16 bits cuánticos, y consiguió venderla a varios fabricantes de aparatos de comunicaciones, obteniendo con ello un capital de cientos de millones de dólares.
Marsha, que de la noche a la mañana había amasado un capital inmenso, compró una central eléctrica del tranvía de San Francisco que se conservaba en los subterráneos del barrio de Tenderloin y levantó el proyecto para reconvertirla en un centro para su servidor cuántico.
Después de aquella inversión de cientos de millones de dólares en Tenderloin, el precio de los terrenos allí se encareció de golpe.
En los pisos de los edificios conservados para mantener el paisaje original, entraron una tras otra empresas emergentes que utilizaban los servicios cuánticos que extraían de las instalaciones subterráneas.
En apenas unos cinco años, el lugar evolucionó hasta transformarse en el centro neurálgico más importante de la tecnología de San Francisco.
Marsha, que había construido Quantum Hill gracias a cambiar el barniz de las comunicaciones de internet, creó un servicio de verificación de hechos que combinaba un LLM (modelo extenso de lenguaje) con la computación cuántica, gracias al cual consiguió mantener la credibilidad de internet, que se ahogaba en un torrente de noticias falsas.
Además, Marsha consiguió poner fin a la II Guerra Civil estadounidense, que parecía inacabable.