Man-kind Prólogo #6
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Prólogo #6

—Cierto —admitió Ignacio—. Camilo, le puedes descubrir el truco.

El soldado asintió a las palabras de Ignacio y tocó con el pulgar una pequeña consola táctil situada encima del agarre.

Aquella culata de madera que tan acostumbrado estaba a ver y su correspondiente cuerpo metálico se transformaron en el fusil de asalto del Ejército de Liberación Popular chino que usaban los ORGAN.

A causa del camuflaje óptico, no se habían dado cuenta, pero también poseía una mira telescópica sobre el cuerpo central para uso de balas guiadas.

—Un QBZ-100…

Ignacio se había procurado un armamento similar al que usaban los ORGAN. Había camuflado las habilidades de sus fusiles.

Jones y los suyos miraron a los miembros del cuerpo de defensa que los rodeaban.

Sakoda también comprobó visualmente el armamento que portaban.

Si se diera el caso de que la mayoría de ellos llevasen armas de las más modernas o si contasen con un encañonador como los de ORGAN, los requisitos básicos para entablar una batalla limpia se habrían quebrantado.

La forma de luchar por la que era conocido Ignacio era lo que se llamaba «trampa para bobos», consistente en usar redes o alambres que aprovechaban las particularidades del terreno.

Utilizaba drones de reconocimiento, pero también medios de combate tradicionales y combinaba ambos para derrotar a los destacamentos ORGAN, pero siempre respetando las normas de las guerras legítimas, y precisamente por eso se había ganado el sobrenombre de comandante y era respetado.

Si acaso alguien como él estuviera utilizando material ORGAN sin declararlo, Terra Amazonas sería considerada como una organización armada con alta tecnología que no respetaba las leyes internacionales.

Los tres países a los que arrancaban una parte de su territorio adquirirían el derecho a ejercer una acción bélica tradicional, en la que, como resultado, podría admitirse la existencia de muertos y heridos entre los civiles.

Se desencadenarían combates en la ciudad a cargo de la infantería o bombardeos y disparos a larga distancia por parte de drones controlados por inteligencia artificial.

Sin embargo, aparentemente, los únicos que iban armados con QBZ-100 eran los cuatro hombres que estaban pegados a Ignacio. Y no había nadie con aspecto de ser un encañonador.

—No parece que seáis un destacamento ORGAN… —dijo Jones a modo de confirmación.

Ignacio volvió a sufrir un violento acceso de tos.

Al mismo tiempo, Jones hizo una mueca como si él mismo fuese a empezar a toser también y se tapó la boca con una mano. Sus subordinados también perdieron la serenidad. Ignacio lo observó y después se volvió hacia el corpulento soldado al que había llamado Camilo.

—No hay duda. Todos lo son.

Camilo asintió y llevó la mano al agarre.

—¿A quién dejamos?

Ignacio clavó la vista en el cielo un par de segundos y luego señaló a Rachel.

—A la encañonadora.

Camilo asintió brevemente y, poniendo el pulgar en la consola del QBZ-100 destinada a los dedos, descargó una ráfaga en modo automático sobre el destacamento de Jones, moviendo el arma en horizontal, como si segara con una guadaña.

Jones tenía los ojos abiertos de par en par cuando la cabeza le saltó en pedazos.

A continuación fue Manima, con un impacto en aquel cuello cuya barba nunca había afeitado, y, acto seguido, cayó Allouch, que despidió un chorro de sangre al ser alcanzada en un parietal cuando, advirtiendo el giro anormal que tomaba la situación, intentaba agacharse.

Los chorros de sangre expulsados casi a un tiempo formaron una roja cortina bañada por la luz del sol.

Sakoda intentó abalanzarse sobre Ignacio con un grito, pero antes de que tocase tierra con el primer paso, la masacre había finalizado.

Los componentes del destacamento de Jones, alcanzados por la ráfaga de balas de alta velocidad disparada a quemarropa, habían recibido heridas mortales también por debajo de la garganta y fueron desplomándose uno tras otro según les fallaban las rodillas.

El silencio se cernió en torno a Sakoda.

Había sido una matanza.

Cinco soldados que se habían rendido fueron masacrados sin dejarles tiempo ni para implorar por su vida.

El cerebro de Sakoda revivió la imagen de los ojos azules de Jones cuando, en el último instante, se giró hacia él.

Su garganta hizo un sonido espumoso y la boca, todavía abierta, se le fue secando.

Pero la traumática impresión sufrida no fue más allá.

El fármaco antiexcitante que había tomado antes de dirigirse al campo de batalla reprimió sus ganas de vomitar y mantuvo en los límites de la cordura su mente, que a punto estuvo de rodar por la cuesta del pánico.

Las balas expulsadas mediante el modo automático habían atravesado certeramente el bulbo raquídeo de los cinco soldados. Unos hilos de sangre continuaban manando de las heridas abiertas bajo la garganta. Solo habían excluido a Rachel.

Un débil gemido llegó a oídos de Sakoda. Pero el gemido enseguida se transformó en un chirriante alarido y luego en algo similar al aullido de una fiera.

—¡Maldito!

Rachel, con los dedos curvados como garras, se abalanzó hacia Ignacio. Sakoda fue incapaz de reaccionar ante el brusco cambio de ánimo y, a pesar de que Rachel estaba solo a unos metros de distancia, la perdió de vista. Pero, al parecer, Camilo sí podía verla.

Cuando resonó la voz de Ignacio diciendo «No nos obligues a hacerte daño», Camilo ya tenía sujeta a esa Rachel que se había lanzado como una tromba. Rachel abrió la boca para gritar, pero Camilo se la tapó con su mano enguantada.

Sakoda se encontraba mirando boquiabierto la escena cuando Ignacio se apoyó tambaleante en su hombro. Sakoda se apresuró a sujetar ese cuerpo extrañamente caliente.

—Con que eres periodista, ¿no? —dijo Ignacio.

—Sí…

—Ya haremos después las presentaciones —susurró mientras hacía que Sakoda se girase hacia los cadáveres—. Informa de esto.

Sakoda miró fijamente el rostro de Ignacio.

—¿Lo dice en serio?

El acto de Ignacio, matar a unos soldados que se habían rendido, era algo que no podía disculparse desde ningún punto de vista.

Aunque resultaba muy raro, hubo casos en que los efectivos ORGAN derrotados sufrieron maltratos.

Pero fusilarlos sin haber pasado ni siquiera por un juicio resultaba de todo punto imperdonable.

Esto era una masacre.

—Hablamos de una masacre.

—Efectivamente.

Ignacio acercó su rostro al de Sakoda. El periodista sintió un intenso olor a cigarro habano.

Sakoda miró los cinco cuerpos caídos. El Meganeura también había visto todo, de principio a fin.

—Redacción de informe de última hora. Cherry Ignacio ha masacrado a los prisioneros. Infracción del Tratado de la Guerra Terrestre, crimen de guerra, crimen contra la humanidad.

Enseguida apareció el artículo frente a su pecho.

¡Última hora!

06:51 minutos, hora local de Amazonas. El comandante Cherry Ignacio, que dirigía el Cuerpo de Defensa de Terra Amazonas en calidad de asesor militar para una batalla limpia, ha matado a cinco de los seis soldados de Goodfellows que se habían rendido.

La masacre cometida por el comandante Ignacio, ignorando los derechos de los prisioneros, viola el Tratado de La Haya sobre la Guerra Terrestre y es previsible que sea denunciada como crimen de guerra .

Sakoda, que había apretado el botón de publicación en un acto reflejo, abrió los ojos desmesuradamente por la sorpresa del mensaje que apareció.

—¿Publicación rechazada?

La puntuación de verificación de hechos por parte de COVFE era de 0,445. Es decir, que no se ajustaba a los hechos, que mentía.

—¿Cómo que publicación rechazada? —dijo Ignacio mirando el mensaje—. Eh, tú, ¿qué clase de artículo has escrito?

Sakoda compartió el artículo mediante la consola del visualizador queuechouvue e Ignacio, que por lo visto no usaba lentes de contacto, sacó del amplio bolsillo de su pecho una pantalla con forma de gafas que se puso sobre los ojos para leer el texto.

—Mierda.

Ignacio dio un empujón a Sakoda, dejando de apoyarse en él, y echó a andar hacia la camioneta con aspecto de hallarse profundamente contrariado ante el hecho de que el artículo no se publicara.