Prólogo #5
Sakoda se apresuró a mirar el monitor del Meganeura para ver quién era el primer soldado que había disparado.
Sin embargo, los miembros del cuerpo de defensa permanecían inmóviles, con la vista fija en el destacamento de Jones.
En este otro lado se encontraban los soldados ORGAN con expresión atónita mientras sus fusiles FAR-15 humeaban tras el disparo.
Al parecer, los cinco subordinados de Jones habían disparado a la vez. Con Ignacio como blanco.
Sakoda se apresuró a girarse hacia la camioneta donde estaba Ignacio y estuvo a punto de lanzar un grito. Aquel Ignacio que debería haber sido atravesado por las balas, continuaba en pie sobre la caja. Con un movimiento de aire teatral, alzó el brazo con el que llevaba el arma y, agitándolo, gritó:
—¡Hasta la victoria siempre! ¡Patria o muerte!
Ese grito fue la señal de ataque.
Los soldados del Cuerpo de Defensa que ocupaban la hondonada dispararon todos a una.
Los soldados del destacamento de Jones endurecieron sus escudos acorazados y adoptaron una actitud defensiva, formando un arco de protección semicircular que rodease a Rachel.
El camuflaje óptico de los armazones reproducía el paisaje de la jungla.
Posiblemente tenían intención de batirse en retirada, pero la ingente cantidad de balas no se lo permitía.
La lluvia de proyectiles que impactaba sin descanso fue haciendo añicos uno tras otro los paneles acorazados de camuflaje óptico a base de material compuesto, cayendo los trozos a tierra.
Cuando el protector del capitán Jones, que ocupaba la posición delantera, hizo un ruido de resquebrajarse y saltó en pedazos, las balas cesaron. El Maschief cayó de rodillas y Rachel salió despedida hacia el suelo.
El Cuerpo de Defensa de Terra Amazonas había derrotado al destacamento ORGAN.
Sakoda hizo descender el Meganeura que sobrevolaba la zona y, tras hacer que filmase a los miembros del Cuerpo de Defensa abrazándose con alegría, se acercó a donde estaban Jones y los suyos.
Jones, al ver que se acercaba Sakoda con la cámara, apartó el rostro y bajó la vista hacia la alférez Said, caída a sus pies.
Detrás de la visera partida se veía el rostro de Said, muerta, con los párpados abiertos y los ojos azules clavados en el cielo.
El soldado de primera Lee Haoran se agachó junto a Rachel, caída en el suelo bocarriba y, asintiendo, le dijo a Jones: «Está a salvo». Al parecer, su vida no corría peligro.
Justo a la izquierda de Jones se encontraba Paul Manima, un soldado nuevo que participaba en su primera intervención militar, de cabello rubio claro y con un rostro que parecía todavía más blanco por la repentina palidez.
Detrás de Manima estaban George Jacobson y Yulia Allouch, recogiendo algunos trozos desperdigados del cuerpo de Said.
La tez amarronada de Jacobson parecía casi morada, como si hubiera perdido toda la sangre, mientras que, por el contrario, las mejillas de Allouch estaban tan coloradas como una manzana, quizá por la rabia, quizá por la tensión.
A excepción de la difunta Said, parecía que nadie había sufrido heridas de consideración.
Debido a que el duelo se había dirimido en apenas unos instantes, los soldados se encontraban sentados manteniendo la misma formación básica de los destacamentos ORGAN.
Sakoda volvió a hacer la imitación del teléfono con los dedos y susurró a su meñique:
—Redacción de nuevo artículo a modo de informe de última hora.
El destacamento de Jones abrió fuego, pero fracasó.
Ante la ráfaga de saturación sufrida por las fuerzas de Jones, su encañonadora terminó incapacitada para actuar y se han rendido.
Para imágenes, la escena del ametrallamiento masivo.
De las fotos, centrarse en las del capitán Jones rindiéndose.
Apenas terminó de hablar, apareció el artículo.
A las 06:43 minutos, hora local de Amazonas, el Destacamento ORGAN n.º 1 de Goodfellows, al mando del capitán Jasper Jones, disparó primero contra el comandante Cherry Ignacio, jefe del Cuerpo de Defensa de Terra Amazonas, pero fracasó.
El cuerpo de defensa, que los rodeaba, les disparó y en el tiroteo perdieron a la alférez Rosalind Said, segunda en el mando, tras lo cual se rindieron .
Acto seguido, apretó el botón de publicación y enseguida apareció adjunta la puntuación de veracidad de COVFE, un 0,9483.
En un extremo de su campo de visión parpadeó un punto que indicaba la recepción de un mensaje. Lo enviaba el agente de publicación de noticias de Sakoda, Terry Marukawa.
He estado comprobando. El aviso de última hora distribuido por Sun Online fue visto por cien mil personas y este segundo ya ha superado los cinco millones de visualizaciones.
Gracias por incluir también el nombre de la subjefa.
Me encargaré de concertar una cita con sus deudos.
No te preocupes por los gastos del reportaje.
Sigue intentando sacar todo lo que puedas .
Al releer el artículo, Sakoda se dio cuenta del olvido cometido.
El texto donde se informaba de la muerte de Said no era suyo, sino una información que añadió el servicio de inteligencia artificial.
Tras murmurar un RIP por la subjefa de cabellos rubios, Sakoda comunicó a Marukawa que había leído el mensaje y se puso a pensar en ese «saca todo lo que puedas» al que se refería el otro.
Lo que resultaba absolutamente necesario era una entrevista en exclusiva con Ignacio.
Tenía que preguntarle por qué justo antes de iniciar el combate se había puesto él mismo en primera línea de tiro, cómo había conseguido sobrevivir a la primera andanada de balas de ORGAN y también si la lluvia de proyectiles con que respondieron fue el fruto de un plan que ya preveía el fracaso del primer ataque del enemigo o si les favoreció la suerte por pura casualidad.
Y si lo habían hecho ateniéndose a un plan previo, en qué se basaban para saber que el destacamento de Jones dispararía antes.
Además, como cuánta munición habían utilizado para destrozar las protecciones acorazadas del destacamento.
Todas las facetas de aquella batalla que se había decidido en menos de un minuto encerraban un alto valor periodístico. Porque si la misma estrategia funcionaba frente a otros destacamentos ORGAN, iba a cambiar por completo el desarrollo de las guerras legítimas.
También le gustaría hacer entrevistas con el bando de Jones, a punto de convertirse en prisioneros de guerra.
Jones, jefe del destacamento, y también Rachel, la encañonadora, que sin duda aportarían cosas diferentes cada uno.
Si Jones aceptaba, estaría bien celebrar un debate entre Ignacio y él.
Si conseguía hacer todo eso, posiblemente sería nominado para algún premio periodístico, y en adelante no le faltaría trabajo.
Pero si quería arrastrar a Jones a una entrevista, necesitaba actuar deprisa.
Antes del mediodía, Terra Amazonas y el Gobierno de Brasil se sentarían a la mesa de negociaciones.
El tema principal sería la negociación relativa al reconocimiento de la independencia, pero por fuerza tendrían que hablar también de la devolución de Jones y sus compañeros cautivos.
Quizá en el contrato entre Goodfellows y el Gobierno no existiera ningún apartado relativo a compensaciones por pérdidas o cláusulas de protección del personal, pero ante una oferta de devolución de prisioneros ninguna nación podía permitirse contestar «No nos hacen falta».
Ignacio, conocido como el maestro de las guerras legítimas, aprovecharía esta oportunidad al máximo para ganar la independencia de Terra Amazonas.
Sakoda era consciente de que seguramente a él no le dejarían entrar en el lugar mismo de las conversaciones, pero en la entrevista sí podría averiguar algo acerca de su táctica de negociación.
Mientras Sakoda andaba pensando esta serie de cosas, la camioneta con Ignacio a bordo se detuvo delante de Jones. El cuerpo de defensa que antes rodeaba la hondonada fue estrechando su círculo hasta rodear a Jones y los suyos.
Abriéndose paso entre los componentes del cuerpo de defensa, Sakoda avanzó hasta la primera fila y, usando tanto la cámara que llevaba consigo como la del Meganeura sobre ellos, encuadró el cabizbajo destacamento de Jones junto a Ignacio.
Este último, como si hubiera estado esperando ese momento, bajó a tierra abrazado en volandas por un soldado de gran corpulencia que esperaba junto al vehículo.
Los miembros del destacamento de Jones se alinearon detrás de su jefe y entonces Ignacio se acercó a ellos mientras corregía la posición de su boina, que se había movido al bajar del vehículo. Ignacio extendió ambas manos hacia los derrotados y exclamó:
—¡Che!
Pero, tras alzar la voz, de pronto comenzó a toser violentamente, encorvando la espalda.
Mientras tosía, Ignacio agitó una vacilante mano en el aire y el corpulento soldado de antes le entregó un inhalador.
Ignacio, jadeante, agarró el inhalador y, tras aspirar fuertemente el medicamento dos veces, contuvo el aliento.
Sakoda se fijó en el envase y vio que la etiqueta indicaba que se trataba de un inhalador a base de esteroides.
Por lo visto, Ignacio padecía asma, la misma enfermedad que Guevara,
Ignacio exhaló aire por la nariz y paseó la mirada por el destacamento de Jones.
—No se preocupen, no es contagioso.
Jones asintió y pareció a punto de decir algo, pero, abriendo mucho los ojos, retrocedió un poco. Tenía la vista clavada en el fusil que empuñaba el soldado que había entregado el inhalador a Ignacio.
Aquel soldado, que antes llevaba su fusil automático con culata de madera colgado del hombro, ahora lo tenía en horizontal a la altura de la cintura.
El soldado, que tenía una mano en el agarre, había levantado un ligero sonido metálico al rozar la culata.
Sakoda se dio cuenta de por qué le había parecido raro dicho sonido.
—Eso no es un kalashnikov , ¿verdad?