Man-kind Prólogo #3
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Prólogo #3

En los tiempos actuales, año 2045, no resultaba ya un fenómeno tan raro el hecho de que una empresa poderosa arrancase a un país el territorio de su enclave ni el surgimiento de «ciudades internacionales independientes».

Si después intervenían los destacamentos ORGAN, se producía la «liberación» de dicha ciudad independizada.

Se trataba de un proceso que se repetía en uno y otro rincón del mundo.

Si Sakoda decidió mover el culo esta vez, fue a causa de la carta abierta con que Terra Amazonas respondió a la solicitud de guerra por parte del Gobierno de Brasil.

Terra Amazonas había traído en su ayuda a Cherry Ignacio, el asesor de guerras legítimas que en tierras del interior de Afganistán luchó contra los destacamentos ORGAN rusos.

El asesor era una figura imprescindible en las guerras legítimas mediante destacamentos ORGAN.

Puesto que se encargaba de la elección de la base de operaciones o las armas, de la introducción de instrumental táctico de orientación y de la práctica de su manejo y, además, por su conocimiento como especialista en la dirección de un combate auténtico, resultaba necesario a la hora de detectar las posibles fallas legales de esos batallones ORGAN que alardeaban de jugar limpio con normas claras.

Desde que nació el concepto de los combates limpios en las tierras del interior de China, entró en acción el primero de estos consultores, Zhao Gongzheng, un exmilitar del Ejército de Liberación Popular chino, y un gran número de exmilitares capaces de dirigir batallas comenzaron a trabajar a lo largo y ancho del mundo como asesores en los enfrentamientos con los ORGAN. Eran, en general, muy bien pagados.

Dentro de estos, Ignacio suponía una presencia especial.

Aparte de su historial, que cualquiera podía ver que era falso y un mero calco del correspondiente al Che Guevara, no se sabía nada de su verdadera condición.

Otros asesores de guerras legítimas se promocionaban hablando de su pasado en los destacamentos ORGAN o de su trabajo en las fuerzas de pacificación de las Naciones Unidas, pero Ignacio no hacía nada similar, por lo que se desconocía su experiencia pasada.

Lo que le había dado fama eran sus resultados en la batalla.

En los últimos diez años, había conseguido que se batieran en retirada más de un centenar de veces los destacamentos ORGAN a cargo de cuerpos como los Marines de los Estados Unidos, la Infantería rusa, el Ejército de Liberación Popular chino, la Fuerza de Policía Armada Popular china, el Ejército aliado de la OTAN centrado en Francia y Alemania, o las Fuerzas de Autodefensa japonesas.

El sobrenombre de comandante no se lo habían puesto en vano.

La participación de Ignacio se anunció a altas horas de la noche, pero Sakoda tuvo conocimiento de ella gracias a que, aprovechando la diferencia horaria, se hallaba con un amigo de Tokio en el espacio virtual.

En cuanto vio la comunicación, envió un mensaje a la agencia de distribución de noticias, se inscribió en el registro de periodistas que había abierto Goodfellows en su portal y, a la mañana siguiente, viajó en avión hasta Manaos.

Después, remontando el río Amazonas, había llegado a esta región donde colindaban tres países y un territorio independizado.

En la competencia periodística existían otras dos entidades, pero al parecer no les había dado tiempo a enviar reporteros, y su intención aparente era hacer una crónica a distancia mediante drones.

Sin embargo, unas imágenes tomadas directamente en el lugar de los hechos daban mucho más dinero.

Tanto ese Ignacio, apodado el comandante , como Goodfellows eran presencias representativas del mundo de las guerras legítimas.

Ganase quien ganase, el valor periodístico de la noticia no era despreciable.

Mientras caminaba por la senda pensando en ello, al dar una curva vio en el suelo la línea de puntos naranjas.

Era la frontera que trazaba el visualizador.

Sakoda llamó de vuelta al Meganeura que estaba suspendido en el aire delante de la línea fronteriza y lo programó para que volase a su espalda, siguiéndolo.

En el instante en que pisó al otro lado de la línea, ante los ojos de Sakoda se abrió una consola de solicitud de entrada al país donde hizo leer su pasaporte.

Cuando finalizó la lectura de todos los datos, apareció flotando detrás de la consola el avatar de un hombre como de treinta y tantos años.

La figura del avatar solo se había creado en la parte superior, la que sobresalía por encima de la consola.

—Así que es usted Johei Sakoda, ¿verdad? Bienvenido a Terra Amazonas. ¿Con qué objeto se ha tomado la molestia de venir por tierra?

No sabía si se trataba de personal de Inmigración que hablaba desde una oficina de la capital, Leticia, mediante la tecnología del visualizador queuechouvue o si se trataba de alguna agencia que hubiera subcontratado dicho servicio de control.

Si hubiese aparecido alguna clase de agente de Inmigración que fuese claramente inhumano, también sería un buen material para un artículo, pero solo con lo que veía no era suficiente como para saberlo.

—Vengo a hacer un reportaje —contestó Sakoda tocando con la mano un bolsillo del pecho de su mono de trabajo.

Con dicho movimiento, pegó a los dedos la herramienta digital de los visados expedidos por Terra Amazonas y después los puso sobre la consola.

Apareció el siguiente texto: «A partir de hoy y durante catorce días, voy a trabajar como periodista en Terra Amazonas.

El correspondiente permiso para el reportaje me ha sido otorgado por el alcalde, Goh Martínez».

—Conforme. Verificación realizada. Se alojará en el Hotel Grande, ¿verdad?

Sakoda asintió. Era el mismo hotel donde se hospedaba Ignacio, que había establecido allí su cuartel general de mando.

El alcalde también había preparado para Sakoda una sala de reuniones donde poder entrevistar a civiles o personal de defensa.

Cuando se trataba de guerras legítimas, lo importante no era ocultar información, sino saber cómo mostrarla.

El encargado movió una mano y los renglones para uso de la autoridad de Inmigración se rellenaron al instante.

Sakoda registró ante la autoridad fiscal el código de identificación de su «monedero» de bitcoins y, cuando la policía de la ciudad comprobó el código de identificación de acceso con el sistema alojado en la estratosfera, en la herramienta correspondiente a «pasaporte» apareció el sello de permiso de entrada con la indicación de que la duración máxima de estancia autorizada era de noventa días.

De pronto, una duda asaltó a Sakoda e hizo una pregunta.

—El equipo de Goodfellows ¿también realiza aquí su trámite de entrada?

—Sería increíble… —contestó el encargado con una sonrisa forzada.

Sakoda se convenció con esta reacción de que su interlocutor era humano.

Cuando se mantiene una comunicación mediante el visualizador, no se aprecia ninguna diferencia entre las personas y los agentes creados por inteligencia artificial, pero cuando los segundos atendían una ventanilla pública, nunca se apartaban del papel asignado.

El encargado movió el mentón para señalar la dirección en que había desaparecido el destacamento.

—Hay que tener en cuenta que esa gente son mercenarios de un país que no reconoce nuestra frontera. Pero sí han efectuado una notificación del armamento que han traído. El contenido ya debe de haber sido publicado en el portal del ayuntamiento.

Sakoda dio un golpecito con el dedo en la herramienta con forma de etiqueta que le entregó el encargado, donde constaba la dirección de un portal de la red, y apareció una página en la que constaba todo el armamento y equipo que el destacamento de Goodfellows había introducido en el lugar.

Un transportador tetrápodo, seis trajes de combate con exoesqueleto adjunto, cuarenta mil dólares en efectivo, seis fusiles de asalto automáticos, dos mil quinientos proyectiles de munición con identificación de usuario, dieciocho lanzagranadas, ciento veinte miligramos de droga para tratamiento médico, doce miligramos de estimulantes y quinientos drones Eyesbee.

Puede parecer absurdo pedir un permiso de uso de armamento al contrincante de la batalla, pero se trataba de un trámite necesario para certificar después que el conflicto se había dirimido con el mínimo armamento imprescindible y que no se habían producido bajas civiles ni daños a sus propiedades.

Si Goodfellows utilizaba alguna clase de material bélico que no se hallara incluido aquí o si lo utilizaba para un fin diferente del declarado, la ira que se desataría en la opinión pública sería tal que impediría avanzar en la liberación del enclave en cuestión.

Mientras Sakoda estaba todavía mirando la lista, el empleado le dirigió de nuevo la palabra.

—Bien, que tenga una tranquila estancia.

Cuando Sakoda le dio las gracias, el empleado movió una mano y desaparecieron avatar y consola.

Sakoda, que había quedado a solas en el sendero de la jungla, consultó el mapa.

Más allá de esta senda que formaba una suave curva, había un terreno bajo que era donde Ignacio anunció que iba a desplegar sus efectivos.

Sakoda hizo que el Meganeura que flotaba a su espalda pasara ahora a la vanguardia y envió a mayor altura otro dron conectado al mismo sistema que llevaba en la mochila.

En el mismo lugar ya revoloteaban otros drones listos para observar la batalla de Terra Amazonas, incluyendo algunos Eyesbee de Goodfellows. Sakoda hizo que el Meganeura se mantuviera fijo sobrevolando el centro de aquella hondonada y procedió a una comprobación del estado actual.