Man-kind Prólogo #2
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Prólogo #2

Según terminó de hablar Rachel, los seis soldados ORGAN dejaron ver su figura, dispuestos en forma de diamante.

Aquellos combatientes, con todo el cuerpo recubierto de un traje blindado y camuflaje óptico asociado, repartían proyectiles dirigidos entre los objetivos marcados por los encañonadores, y en el campo de batalla se encargaban también de proteger de las balas a dichos operarios.

A diferencia de los encañonadores, no existía obligación de dar a conocer su presencia.

—¡Jake, mucho ánimo con esas filmaciones! Hoy vas a poder tomar unas buenas imágenes.

Era el capitán Jasper Jones, jefe del destacamento, que portaba un fusil AR-15 con una gran mira telescópica.

En muchos sentidos, se trataba de un arma representativa de los Estados Unidos, pero el modelo que llevaba Jones era uno especial para uso en guerras legítimas, con código identificativo y que solo disparaba balas guiadas.

A menudo se le llamaba FAR-15, anteponiendo la F de fair (justo).

—Entendido.

Al apagarse la contestación de Sakoda, el destacamento cambió el patrón de su camuflaje óptico para adaptarse al hipotético enemigo que tenía enfrente y desapareció entre el fondo de la jungla.

Sakoda, viendo cómo se movían, notó cierto aire anormal, algo que difería de lo que ya había visto en sus entrenamientos.

—Me parece que el capitán está un poco nervioso —comentó—. ¿Quizá porque el enemigo es el comandante?

—Sí, puede ser —convino Rachel asintiendo.

Cuando las personas relacionadas con ORGAN oían la palabra comandante a secas, lo primero que les venía a la mente era la figura de Cherry Ignacio, un asesor de guerras legítimas que no había sido derrotado ni una sola vez por los destacamentos ORGAN.

Según el historial público que circulaba sobre él, había nacido el 14 de julio de 2015 en Rosario, la segunda ciudad más importante de Argentina y, tras una vida de vagabundeo a lomos de su bicicleta por América del Sur, se había hecho médico y, después, asesor de guerras legítimas.

Actualmente, año 2045, debía de tener veintinueve años, pero nadie lo creía así.

El Ignacio que se veía en las fotos siempre vestía un uniforme color caqui de algodón, se cubría con una boina y agarraba con la mano izquierda una carabina automática San Cristóbal con culata de madera, un tipo de subfusil de fabricación dominicana que hacía descansar sobre el hombro.

Lucía entre los labios un anticuado puro habano y el hecho de que sus camaradas lo apodaran «Che» revelaba la adoración que profesaba hacia el guerrillero que consumó la revolución cubana.

Tanto el día de su nacimiento como las historias acerca de su afición al fútbol durante el bachillerato o las referencias en su historial académico a la universidad de Buenos Aires donde estudió Medicina eran un calco de la biografía de Che Guevara.

Ignacio casi nunca aparecía en las retransmisiones en directo, pero, examinando las imágenes de las escasas veces que lo había hecho, se notaba que su piel estaba surcada por una serie de arrugas que sugerían que no tendría nada de extraño que ya superara los cincuenta años de edad.

—Quizá haya paisuchos que se limiten a contratar los servicios de ORGAN y se achanten ante el sujeto ese disfrazado de Guevara, pero esas cosas no funcionan con nosotros —añadió Rachel.

Sakoda asintió con una sonrisa forzada. Se decía que la eficacia de los ORGAN que ofrecía Goodfellows superaba a la de los Marines estadounidenses. Sin embargo, no cabía duda de que en la voz de Rachel se mezclaba una evidente ansiedad.

—No tienes por qué estar tan en tensión —contestó Sakoda—. El historial bélico del comandante parece demasiado exagerado. Yo no me creo eso de ciento cincuenta y dos victorias y cero derrotas. Tiene que haber ahí datos poco fiables de sus resultados.

—Ciertamente hay algunos registros un tanto raros. Pero son pocos, pocos, pocos.

Sakoda se rio. Los miembros de Goodfellows tenían el vicio de repetir las palabras alusivas a las cantidades, tales como «mucho» o «poco».

En la entrevista que hizo a Jones antes de partir, también dijo en una de las contestaciones: «Si la proporción de las pérdidas que sufrimos es baja, baja, se puede considerar que hemos ganado».

No estaba claro cómo interpretó Rachel la sonrisa de Sakoda, pero, haciendo un sonido nasal, insistió.

—En cualquier caso, la proporción de pérdidas sufridas en esos ciento cincuenta y dos combates fue baja, baja, baja.

—Vale, entendido. Preguntaré acerca de ello también en la entrevista.

Rachel, que todavía parecía tener ganas de añadir algo, terminó por encogerse de hombros como quien dice «Es inútil, no lo entiende» y se bajó la visera.

—Bueno, allá vamos. Asegúrate de retratar los mejores momentos.

Rachel hizo avanzar el Maschief y, ocultando la cara frontal del ingenio con el camuflaje óptico, se movió en la misma dirección que habían tomado Jones y los suyos.

Sakoda hizo que el dron Meganeura para filmaciones que hacía avanzar en cabeza cobrase altura y marcó con él la posición del destacamento de Jones, comprobando después el punto previsto de encuentro con el enemigo, acorde con lo escuchado en la reunión explicativa previa.

Tras caminar cerca de un kilómetro por una senda de la jungla, llegaron a un lugar donde se veía trazada una línea de puntos color naranja.

Era la «frontera nacional» establecida por Terra Amazonas.

Por supuesto que no habían trazado físicamente una línea en la tierra, pero, al llegar allí, las lentes de contacto de visualización por niveles de Sakoda hacían que apareciese sobre el terreno dicha frontera, como si realmente estuviera pintada.

Al otro lado de esa línea naranja, comenzaba el campo de batalla que había notificado el comandante.

El año anterior, la ciudad colombiana de Leticia, cerca del nacimiento de la corriente principal del río Amazonas, había proclamado su independencia, con un territorio que incluía también una serie de plantaciones que se extendían por partes de Brasil y Perú.

Dicha independencia había sido liderada por Terra Amazonas, una empresa emergente dedicada a la agricultura que se especializaba en la producción de vegetales genéticamente manipulados.

Cuando la DEA (Administración de Control de Drogas) estadounidense acabó con las mafias que cultivaban cannabis en el lugar, la entidad compró las plantaciones.

Terra Amazonas poseía la tecnología para regular mediante manipulación genética la cantidad de THC (tetrahidrocannabinol) en la planta, que es lo que produce la embriaguez eufórica, y se dedicó a cultivar en las plantaciones dejadas por la mafia una variedad de cannabis que no era peligrosa, con lo que amasó un gran capital en el mercado de derivados del cáñamo mediante productos que iban siendo legalizados.

En todo el mundo creció la demanda de esa clase de cannabis carente del perjudicial THC, avanzando la liberalización del mercado y, además, Terra Amazonas consiguió regular también la cantidad de CBD (cannabidiol) en las plantas, un componente que, en lugares como Japón, país originario de Sakoda, estaba restringido por considerarse una droga.

Las plantaciones iban viento en popa y los trabajadores aumentaban. Según Terra Amazonas iba acometiendo el acondicionamiento de infraestructuras como cañerías, aguas residuales e instalaciones de energías renovables, la población de Leticia fue creciendo.

Tres años atrás, la situación había sufrido un brusco cambio.

El Gobierno de Perú, en cuyo territorio se encontraba la mayor parte de las plantaciones, abandonó el Tratado de Libre Comercio de Norte y Suramérica e impuso a la exportación de productos de cannabis un arancel aduanero de un 400 %.

Terra Amazonas paralizó la fábrica de manufacturas que tenía en territorio peruano e intentó trasladar la producción a Colombia y Brasil, pero el Gobierno de Perú maniobró para llegar a un acuerdo con estos Gobiernos, de manera que decidieron aplicar la misma tasa aduanera a Terra Amazonas, clasificando su ubicación como Zona con Sistema Especial de Impuestos.

Terra Amazonas, que se había convertido ya en un territorio industrial con tres millones de habitantes, llevó a cabo un referéndum entre la población de sus diferentes plantaciones y aldeas y, como resultado, proclamó unilateralmente la independencia y comenzó a vigilar sus fronteras.

Huelga decir que los tres países afectados reaccionaron al instante.

El Gobierno de Brasil, que era el más sensible a los problemas fronterizos, enseguida se coordinó con los Gobiernos de Colombia y Perú y encargó la eliminación del gobierno rebelde a la empresa paramilitar privada Goodfellows, especialista en guerras legítimas.

Se trataba de no causar daño alguno a los civiles o a los edificios de las poblaciones y eliminar solo las milicias armadas encargadas de la protección del enclave.

Esa decisión se había tomado hacía un mes.

Al principio Sakoda, cuando tuvo conocimiento de la próxima intervención de Goodfellows, no pensó en hacer un reportaje de la batalla.

Creía que, si planteaba el tema al agente de distribución de noticias en las plataformas, se reiría de él diciéndole que «eso no tiene ningún valor periodístico».

El motivo era que casi todo el mundo daba por sentado que los efectivos de Goodfellows contratados por el Gobierno de Brasil terminarían con los «vigilantes» de Terra Amazonas antes de que transcurriera medio día del comienzo del combate.

Una vez que los hubieran desarmado, la policía brasileña de la región del Amazonas entraría en Leticia, iniciaría una investigación forzosa y detendría a los responsables por el delito de insurrección.

A grandes rasgos, así eran las previsiones.