Man-kind Prólogo
1%
Man-kind

Man-kind

Por Taiyo Fujii

© inepub.com

Prólogo

En el sendero de la jungla, que conservaba todavía algo de la neblina matinal, entre las hojas muertas que caían cada dos por tres, nació un hoyo del tamaño de un puño.

El fondo de ese agujero quedó impregnado de la lluvia de la noche anterior.

El número de hoyos aumentó. Como a un metro más adelante del primero, apareció otro y, a unos dos metros a la izquierda, un tercero.

Finalmente, detrás de este hueco de la izquierda, apareció uno nuevo.

Aquellos hoyos que ya alcanzaban el número de cuatro parecían las huellas de algún animal.

Johei Sakoda, que asistía al fenómeno, enfocó hacia allí la cámara situada en el extremo del brazo mecánico acoplado a su exoesqueleto e hizo los preparativos para filmar.

—La cámara ya está lista. Puedes salir.

Una risa ligera reverberó y el espacio de jungla frente a los ojos de Sakoda pareció difuminarse poco a poco.

Incapaz de ajustar el foco a una imagen tan borrosa, Sakoda parpadeó y entonces aparecieron las cuatro patas flexionadas de un robot en cuclillas, con las pezuñas encajadas en los hoyos que acababan de formarse unos momentos antes.

Era un transportador tetrápodo Maschief, el símbolo por excelencia de los destacamentos ORGAN (Operator Relocalized Gun and Firearms Activation Node), que cambiaron a nivel mundial el panorama de los campos de batalla.

En el centro del cuerpo, de noventa centímetros de ancho por tres metros de largo, se sentaba un operador cuyo rostro quedaba completamente oculto por una visera.

El hecho de que hasta hace unos momentos permaneciera invisible se debía a que su coraza, de una celulosa obtenida a partir de caña de azúcar reforzada, contenía un material orgánico electroluminiscente que creaba un camuflaje óptico.

El atuendo corporal que vestían los soldados de los destacamentos ORGAN que protegían estos Maschief era capaz de replicar el paisaje que había a su espalda cuando se hallaba frente a un combatiente enemigo.

Su precisión llegaba hasta el punto de que, como había experimentado ahora Sakoda, no se veían aunque uno los tuviera ante sus propios ojos.

Filmando a placer su figura, Sakoda dio una vuelta en torno al Maschief que acababa de aparecer ante él y llamó por su nombre de pila a la joven encañonadora sentada a horcajadas en el ingenio como si fuera a caballo.

—Sargento Rachel, eso de mostrarme cómo aparece el Maschief, ¿ha sido de propina?

—Efectivamente, Jake —contestó ella llamándolo también por su nombre propio—. ¿Has podido tomar unas buenas imágenes?

—Voy a comprobarlo —dijo Sakoda dando unas palmaditas en la cámara sujeta al extremo del brazo mecánico.

Por lo visto, el nombre de Johei resultaba difícil de pronunciar para los norteamericanos. Jake era el apelativo que le habían dado en este trabajo el grupo paramilitar privado al que pertenecía Rachel. Lo único que coincidía era la inicial J; algo que le pasaba siempre.

Sakoda puso un dedo en la muesca que sobresalía del lado posterior de la cámara correspondiente al queuechouvue , un visualizador por capas de realidad mixta, y desplegó en el exterior del aparato un espacio donde ver las grabaciones.

La imagen tridimensional que sus lentes de contacto reproducían en la retina era tan nítida como si delante de los ojos hubiera aparecido la pantalla de un ordenador.

Acercando y alejando el encuadre, Sakoda comprobó que había conseguido filmar de un modo impactante el momento en que el invisible Maschief surgía de pronto en medio de la jungla.

—Es impresionante. Hasta ahora nunca había conseguido retratar un Maschief en el momento en que se hace por completo invisible.

—El camuflaje óptico de los Maschief está pensado para ocultarlo de los enemigos que tiene de frente, así que los periodistas como tú siempre tenéis que conformaros con retratar unos contornos borrosos moviéndose entre el paisaje. No llegáis a ver cómo desaparece del todo.

—Ah, ya. Cierto. Cuando se miran desde un costado, se nota una forma borrosa.

Rachel se alzó la visera que le cubría el rostro y dedicó una sonrisa a Sakoda.

El Maschief movió las patas para cambiar su postura de manera que inmovilizase la cabeza de Rachel, instalada en un asiento a baja altura sobre su lomo.

Se suponía que para dicha máquina se habían utilizado perros o caballos como modelo, pero aquel movimiento no recordaba a ningún animal, revelaba un sistema nervioso por completo diferente.

Sakoda chasqueó la lengua para sus adentros al ver cómo se había movido el Maschief.

Se trataba de una de las herramientas de aprendizaje de las máquinas que había evolucionado de un modo explosivo en los comienzos del siglo XXI , un don de los algoritmos genéticos.

Una serie de movimientos aleatorios se ponían en competición mediante simulaciones y se escogían aquellos que más se ajustaban al objetivo deseado, de manera que luego se creaban unos nuevos movimientos «hijos» de los anteriores, a los que se llevaba a competir de nuevo.

Según la documentación que había leído Sakoda, para obtener los movimientos ideales de una máquina que caminase o corriese por terreno llano eran necesarias tres generaciones y para obtener los de una que pudiera moverse entre edificios reducidos a escombros, siete generaciones.

Dando el suficiente tiempo (que, aun así, entraba en el mundo de los cero coma segundos) para que compitieran entre sí varias generaciones, se podía crear un ejemplar capaz de subir al Matterhorn.

O, al menos, eso decía la propaganda de la compañía que lo creó y comercializó, y al parecer no era mera palabrería.

Rachel sonrió al ver la manera en que Sakoda observaba los movimientos del Maschief.

—Estás fijándote en cómo funciona el estabilizador del Maschief, ¿no? Es una gran ayuda para que no se desvíe el tiro.

Mientras hablaba, aparecieron frente al cuerpo de Rachel una serie de retículos que fueron subiendo hacia la parte superior del pecho. Su trabajo era el de encañonadora, es decir, ella apuntaba el arma de las máquinas.

Las guerras mediante drones llegaron hasta donde pudieron llegar, y en la década de 2030, donde proliferaban las matanzas mutuas mediante máquinas automáticas, nació el sistema ORGAN con objeto de devolver el gatillo al mundo del armamento de alta tecnología con inteligencia artificial.

Consistía en destacamentos formados por un señalizador que escaneaba el campo de batalla con drones en busca de enemigos que abatir y soldados que disparaban proyectiles dirigidos guiándose por los retículos creados por los anteriores, que enfocaban a dichos enemigos.

Aprendiendo de los errores de las guerras con drones, las personas que gestionaban el uso de los ORGAN se pusieron a sí mismas grandes restricciones: no debían dar la imagen de que bastaba con arrasar mediante un armamento costoso, como había sucedido con las guerras asimétricas que fueron uno de los motivos que alumbraron las guerras mediante drones.

En estas nuevas guerras debía participar un único destacamento o, como mucho, dos; el procedimiento incluiría hacer público el objetivo, y tampoco sería confidencial la posición del destacamento.

Y no solo eso, sino que no escaseaban los casos en que los señaladores, que eran como el corazón de los ORGAN, hacían relucir los Maschief durante el combate, ofreciéndose como «blancos».

Los conflictos armados o guerras en los que una de las partes o las dos se comprometían a respetar dichas condiciones recibían el nombre de «guerras legítimas».

La firma Goodfellows, a la que pertenecía Rachel, era la mayor compañía de los Estados Unidos en el ramo de los encargos de guerras legítimas.

Para Sakoda, que vivía de publicar artículos impactantes acompañados de imágenes en esa misma línea, las guerras legítimas suponían un buen comedero.

Si avisaba de su presencia al contendiente que iba a recurrir a los ORGAN, se eliminaba el riesgo de que lo apuntaran a él y, aunque se adentrase por error en la línea de fuego, los proyectiles inteligentes lo esquivaban.

Dado que también el otro contendiente, un grupo que iba a combatir con medios tradicionales, conocía los peligros de enemistarse con los periodistas, que se encontraban permanentemente conectados a una red alojada en la estratosfera, nadie albergaría la intención de matarlo a propósito.

Con todo, el campo de batalla siempre es un lugar donde puede suceder cualquier cosa, pero, aun así, en comparación con los tiempos de hace veinte años, en que Rusia era todavía un país poderoso que acometía guerras de invasión, ahora la situación en el frente era mucho más segura.

Rachel, que seguía moviendo un retículo sobre su pecho, hizo un guiño a Sakoda.

—¿Quieres filmar cómo me bajo la visera?

Sakoda esperaba que Rachel, que dentro de poco se iba a convertir en objetivo del enemigo, acusara en su rostro alguna emoción especial, pero como mucho podía detectarse en sus mejillas, un poco más morenas que las de Sakoda, la ligera tensión propia de todo profesional que se dispone a desempeñar un trabajo.

—Eso lo filmo mejor cuando empiece el verdadero combate. ¿Dónde están el resto de los miembros?

—¿Pero no te has dado cuenta? —preguntó Rachel estallando en una carcajada—. Si hace un momento acaban de pasar a tu lado…

Rachel señaló hacia delante y Sakoda vio los vagos contornos del destacamento que cruzaba por el sendero de la jungla.

Sakoda se fijó en el camino marcado por las huellas que dejaban al adentrarse en la foresta y tragó saliva.

Tal y como decía Rachel, hacía apenas unos segundos seis miembros de ORGAN habían pasado a su lado.

—No me he dado cuenta en absoluto.

—Eso también entra de propina en el servicio.