57. Cuatro mensajes
Cuatro mensajes
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Nos reunimos en una de las salas de Seguridad de VALDERYN. No hay ventanas y la pizarra de la pared conserva todavía marcas borradas a medias.
Samuel tiene cuatro mensajes clave impresos sobre la mesa.
No me caí.
Uno de vosotros me mató.
Clara, no dejes que vendan VALDERYN. Clara, explícales qué hiciste antes de llamar al 112.
Laura Pons está a su lado con una carpeta de la revisión forense. Marc entra detrás de mí y cierra la puerta.
—Has dicho que MIRROR no sabía cómo murió mamá —digo.
Samuel asiente.
—No hay ningún registro, nota, transcripción ni conjunto de datos preservado anterior a esta semana que contenga la caída tal como Inés la ha contado.
—Eso no demuestra que no existiera en algo que papá borró.
—No. Pero hay más.
Laura toma la palabra.
—Hemos podido reconstruir qué material estaba disponible para las ejecuciones recientes que encontramos. No todo el contenido, pero sí las fuentes referenciadas y sus versiones.
—¿Y?
—Antes del primer mensaje no aparece ninguna fuente con la presencia de Inés en Vallvidrera, el forcejeo o tu retirada de 4C7.
—Mi intervalo sí lo sabía papá.
—El intervalo sí podía estar en registros domésticos —dice Laura—. Lo que no estaba era tu motivo.
La cuarta frase sigue ahí. Explícales qué hiciste antes de llamar.
No dice qué hice. Solo sabe que hubo algo antes.
—Entonces «uno de vosotros me mató» era una apuesta.
Samuel hace una mueca.
—En el informe voy a escribir hipótesis. Aquí, contigo… sí. Era una apuesta. Una muy calculada.
Marc se apoya en la pared.
—¿Cuánto de todo esto salió de MIRROR?
—Eso es lo que hay que separar —dice Samuel—. El sistema puede comparar perfiles, estimar qué estímulo tiene más probabilidad de producir una reacción y generar variantes de texto si le das un corpus de Helena. Pero alguien tuvo que definir qué quería conseguir.
—¿Qué quería conseguir? —pregunto.
Laura gira una hoja.
—Las ejecuciones recientes contienen etiquetas de objetivo.
—En lenguaje humano.
Samuel lee.
—Aumentar probabilidad de interacción. Forzar respuesta de miembro. Introducir conflicto entre destinatarios. Reducir tiempo hasta decisión.
—Eso suena bastante humano —dice Marc.
—Porque lo escribió una persona —responde Laura—. O, como mínimo, una persona configuró esos objetivos.
Vuelvo a los mensajes. Primero nos hizo entrar en el grupo.
Después enfrentarnos. Después llevó el foco hacia mí.
Más tarde hacia Marc. Después hacia Inés.
—Cada respuesta alimentaba lo siguiente.
—Sí —dice Samuel—. No necesariamente de forma automática. El material nuevo podía añadirse o seleccionarse entre ejecuciones.
—¿Cuánto tiempo había entre una cosa y otra?
—Suficiente para que una persona revisara resultados.
La habitación se queda sin voces.
—Entonces alguien nos estaba interrogando —dice Marc.
Laura niega.
—Interrogar presupone que conoces la respuesta. Aquí no tenemos eso.
Gira la carpeta hacia nosotros. No son mensajes.
Es una secuencia de ejecuciones.
En la primera, el paquete de entrada contiene perfiles familiares, conflictos alrededor de VALDERYN, referencias a R-17 y el intervalo entre mi entrada en Vallvidrera y la llamada al 112.
Nada sobre Inés en la casa. Nada sobre un forcejeo.
Nada sobre 4C7 en mi bolsillo. En la siguiente ejecución ya aparece material generado después de nuestras primeras reacciones.
—¿El grupo? —pregunto.
—Parte de la conversación y los hechos que alguien decidió incorporar —dice Laura—. No vemos una alimentación continua y automática. Vemos paquetes preparados entre una ejecución y la siguiente.
Samuel señala las horas.
—Hay tiempo de sobra para revisar qué ha pasado, añadir contexto y volver a lanzar.
Marc separa las hojas y vuelve a juntarlas.
—O sea que alguien hace una pregunta, espera a que nos peleemos y utiliza la pelea para decidir la siguiente.
—No necesariamente una sola pregunta —dice Samuel—. MIRROR puede proponer estímulos. Pero el objetivo de cada ejecución tiene que estar definido y el material de entrada tiene que llegar de algún sitio.
Recorro la secuencia. Primero una frase que cualquiera de nosotros podía convertir en amenaza.
Después la venta. Después mis noventa y siete segundos.
Después Marc. Después Inés.
Cada mensaje parece saber más que el anterior porque, cuando llega, nosotros ya hemos contado más.
—Entonces el primer mensaje no contenía la solución.
—No —dice Laura.
—Solo necesitaba funcionar.
—Necesitaba producir una reacción suficientemente útil para la siguiente iteración.
La palabra útil me resulta peor que inteligente.
—«Uno de vosotros me mató» podía ser falsa.
—Podía —dice Laura.
—Y aun así servir.
—Sí. —Pienso en las cinco personas que leímos aquella frase y encontramos dentro una culpa distinta. No hacía falta acertar.
Solo tocar algo que ya estaba ahí.