58. La frase exacta
La frase exacta
● ● ●
Seguimos en la misma sala. Samuel aparta los cuatro mensajes impresos y busca la frase exacta.
No me caí.
La busca en correos de Helena, mensajes, notas corporativas, transcripciones de reuniones y archivos personales que ya están dentro del alcance autorizado. No aparece.
Tampoco aparece «uno de vosotros me mató». Ni algo suficientemente parecido como para decir que alguien recuperó dos frases que ella hubiera dejado preparadas.
—Entonces fueron generadas —digo.
—Con su manera de escribir.
—Con material de su manera de escribir.
Samuel me mira.
—Si vuelves a corregirme una preposición antes de que coma, abandono la ciencia.
—Come. Luego te corrijo.
Laura suspira como si estuviera lamentando haber aceptado este encargo.
Laura nos enseña el historial de una ejecución reciente conservado en una copia de trabajo.
No contiene una conversación con una máquina. Contiene entradas más aburridas. Objetivo.
Destinatarios. Restricciones.
Variantes.
—Se generaban varias opciones —dice Laura—. Luego una quedaba seleccionada antes de pasar al canal externo.
—¿Seleccionada por quién?
—Eso es lo que estamos atribuyendo.
Samuel abre una lista.
No fue un accidente.
No me caí.
La versión que conocéis es falsa. Preguntad qué ocurrió antes de llamar.
Cuatro alternativas. Una está marcada.
No me caí.
—¿Por qué esa? —pregunto.
—El sistema le asigna mayor probabilidad de respuesta conjunta —dice Samuel—. Pero una persona aprueba la ejecución.
—O sea que alguien vio cuatro formas de hacer hablar a una muerta y eligió la más eficaz.
Paso al segundo mensaje.
Para el segundo mensaje aparecen otras variantes.
Uno de vosotros sabe qué ocurrió.
Uno de vosotros miente.
Uno de vosotros me mató.
No fue un accidente.
La tercera está seleccionada.
Marc se aparta de la mesa.
—Esto es enfermizo.
No sé si habla de MIRROR o de la persona. Probablemente de ambos.
—Hay algo más —dice Laura—. Las restricciones incluyen una instrucción constante: no utilizar datos que el destinatario no pueda plausiblemente atribuir a Helena o al entorno familiar.
—Para que pareciera ella.
—Para que la intervención fuera creíble.
Me molesta la palabra. Intervención.
Limpia, técnica, casi médica.
—Quien hizo esto no quería solo que leyéramos los mensajes —digo—. Quería que creyéramos que podían venir de mamá.
Samuel asiente.
—La identidad formaba parte del estímulo.
—Podía haber enviado un correo anónimo con el documento de R-17.
—Podía haber denunciado a la empresa.
—Podía haber llamado a la policía.
Laura no responde por él.
—Pero escogió a mamá.
Las variantes ocupan la pantalla. Hay algo obsceno en ver cómo se fabrica una voz que recuerdo.
No porque las frases sean perfectas. Porque no lo son.
Helena habría discutido más. Habría añadido una precisión.
Habría corregido una palabra después de enviarla. Aquellos mensajes eran demasiado eficaces.
Demasiado limpios.
—La primera noche pensé que «Compra pan» era la última frase real de mi madre —digo.
Marc me mira.
—Lo sigue siendo.
La diferencia me golpea. Todo lo que vino después llevaba su nombre.
Nada de eso era suyo.
—Quien lo hizo sabía que nosotros no distinguiríamos inmediatamente una imitación buena de una madre que queríamos volver a oír.
Samuel baja la vista.
—Eso no lo decide un modelo.
—No.
Laura cierra el archivo.
—Y ahora tenemos trazas suficientes para empezar a responder quién preparó las ejecuciones recientes.
Marc se endereza.
—Samuel.
—No —dice Laura.
Samuel no reacciona. Yo sí.
—¿Por qué no?
—Porque para las ejecuciones que hemos preservado podemos descartar su identidad personal y sus dispositivos actuales. Eso no elimina cualquier posible participación histórica. El trabajo reciente que nos interesa sigue otra ruta.
—¿Cuál?
Laura recoge la carpeta.
—Una ruta de recuperación de fundador que volvió a utilizarse el viernes.
El viernes. El mismo día en que se inició la migración del número de mi madre.
No necesito preguntar qué significa todavía. Solo quién seguía siendo fundador vivo el viernes.