53. A Nora
A Nora
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Se lo cuento a Nora. No a Inés.
No a Marc. No a mi padre.
A Nora.
Estamos en casa. Ella se sienta en el suelo del salón con la espalda contra el sofá. Yo permanezco de pie demasiado tiempo hasta que me doy cuenta de que parezco alguien preparado para marcharse.
Me siento.
—Entré a las 22:51:08 —digo.
—Ya lo sé.
Adriana nos ha enviado la cronología.
—La vi al pie de la escalera.
Nora no aparta los ojos.
—Le dije mamá. —La palabra me sale distinta.
—Me arrodillé. Toqué su cuello. No sabía buscar un pulso bien, pero respiraba.
—¿Entonces qué hiciste?
El orden. Eso es lo que he evitado durante tres años.
—Vi el portátil.
—Antes de llamar.
—Sí.
—¿Por qué miraste un portátil?
—Porque estaba encendido a tres metros de ella y reconocí el nombre de Marc.
Nora espera.
—Había una pantalla de acceso. Su nombre arriba. Y una llave negra conectada.
—4C7.
Asiento. Ya le he contado qué era.
—En ese momento pensé que Marc había estado allí.
—Como todos esta semana.
—No. Peor. Pensé que si la policía entraba y veía aquello, Marc iba a quedar dentro de la muerte de mamá antes de que supiéramos qué había pasado.
—Y querías protegerlo.
—Sí. —La palabra es pequeña. No cabe lo que hice dentro.
—Fui hasta el portátil.
—Dejaste a la abuela.
—Estaba a unos pasos.
—La dejaste.
—Sí.
Nora no suaviza nada.
—Saqué la llave.
—¿Y qué más?
—La pantalla cambió. Creo que cerré la tapa.
—Crees.
—Eso recuerdo. No sé si hice algo más.
—La guardaste.
—En el bolsillo.
—Y entonces llamaste.
Tardo.
—Volví con ella primero.
—¿Cuánto?
—No lo sé.
—El total son noventa y siete segundos.
—Sí.
—Pero no sabes cuánto estuviste con el portátil.
—No. La precisión importa. No puedo convertir todo el intervalo en una acción consciente.
Entrar. Verla.
Llamarla. Comprobar si respiraba.
Mirar el portátil. Caminar hasta él.
Sacar la llave. Volver.
Sacar el teléfono. Marcar.
Todo cabe dentro de noventa y siete segundos. La parte que no puedo defender no es la duración exacta.
Es el momento en que tuve que escoger qué hacer primero.
—¿Por qué no llamaste y luego cogiste la llave? —pregunta Nora.
—Porque no pensé así.
—¿Cómo pensaste?
Busco una respuesta en la mesa y no la encuentro.
—Que tenía que quitarla antes de que entrara nadie.
—Por Marc.
—Sí.
—Por la empresa.
—También.
—Por ti.
La miro.
—No sé.
—Claro que sí.
No lo dice con crueldad.
—Si la policía encontraba una llave que tú habías tocado y luego escondido, también te metías tú dentro.
—En ese momento no pensé tan lejos.
—Pero luego sí.
—Sí.
—Porque no la devolviste.
—No.
—Durante tres años.
—No.
Nora se pasa las manos por la cara. Tiene diecisiete años.
No debería estar oyendo esto. Ese pensamiento aparece y lo reconozco de inmediato.
Decidir por ella. Otra vez.
—Puedes parar si quieres —digo.
—No.
—Nora.
—No me protejas ahora. Llegas tarde.
Duele. No es brillante.
Es verdad. Nora se frota la frente.
—Y lo de ayer…
—¿Qué?
—Cuando te dije que eras igual que la abuela. Lo dije para hacerte daño.
No digo nada.
—Estaba enfadada —añade—. Sigue habiendo una parte que se parece, pero no era justo decirlo así.
—No hace falta que arregles lo que dijiste porque hoy yo tenga algo peor que contar.
—No lo arreglo. Te estoy diciendo que fui borde. Son cosas distintas.
Casi sonrío.
—Eso sí ha sonado a esta familia.
—Qué horror. —Durante dos segundos somos madre e hija discutiendo una tontería. Después vuelve la noche de Vallvidrera.
—Cuando llamé —continúo— dije que había encontrado a mi madre después de una caída.
No dije nada de la llave.
—Y cuando te preguntaron si había alguien más.
—Dije que no sabía.
—Eso era verdad.
—Sí.
—Cuando la policía revisó la casa.
—El portátil seguía allí. La llave no.
—Y pensaron accidente.
—La escena encajaba con una caída. No había una puerta forzada ni nadie dentro. Mamá estaba sola cuando yo entré.
—No estaba sola cinco minutos antes.
—Ahora lo sabemos.
Nora se gira hacia la ventana.
—Inés la hizo caer.
—Sí.
—Inés no llamó.
—Sí.
—Tú llegaste y tampoco llamaste enseguida.
—Sí.
—Y el abuelo sabía cosas después.
—Todavía no sé cuánto.
—Esto es una mierda.
—Sí.
Es la frase más útil que nadie ha dicho en días.
—¿La llave cambió algo para la abuela? —pregunta.
Sé lo que quiere preguntar.
—No puedo saberlo.
—No. Quiero decir médicamente.
—Tampoco.
—Pero estaba viva.
—Sí.
—Y tú sabías que necesitaba ayuda.
—Sí.
Nora asiente despacio. Eso es suficiente para ella.
Nora se queda en el suelo unos segundos más y después recoge un vaso vacío de la mesa.
—¿Quieres agua? —La pregunta me descoloca.
—Sí.
Va a la cocina. Oigo abrir un armario, cerrar otro, llenar el vaso. Cuando vuelve no me abraza ni se sienta más cerca. Me entrega el agua.
—No sé qué hacer contigo ahora —dice.
—No tienes que hacer nada.
—Bien.
Bebo.
—Pero mañana seguirás siendo mi madre, ¿no?
La miro.
—Eso espero.
—Pues mañana me tienes que llevar el coche al taller. Hace un ruido raro delante.
Casi me río.
—Vale.
—Y no significa que se me haya pasado esto.
—Lo sé.
—Bien.
Se levanta. El vaso queda frío entre mis manos.
No me ha perdonado. Tampoco se ha ido. Por ahora alcanza.
—¿Qué vas a hacer ahora? —pregunta.
—Decirlo todo.
—¿A quién?
—Primero Adriana. Después a quien tenga que saberlo fuera de la familia.
—Aunque te perjudique.
—Sí.
Nora comprueba mi cara como si buscara una trampa.
—Vale. —No dice que me perdona. No se lo he pedido.
Nora no se mueve.
—Mamá.
—¿Qué?
—Si no hubiera empezado esto.
Sé a qué se refiere sin que tenga que señalar el teléfono.
—Si no hubieran llegado los mensajes.
—Sí.
Necesita un momento.
—¿Me lo habrías contado? —La respuesta correcta sería decir que sí. No la tengo.
—No lo sé.
Nora no me deja escapar.
—Eso es un no bastante largo.
—Probablemente no. —No aparta los ojos.
—¿A Inés?
—No.
—¿A Marc?
—No.
—¿A la policía?
—No.
Cada respuesta empeora la anterior.
—Entonces no digas luego que un día decidiste contarlo. Te han arrinconado, mamá. Es distinto.
Quiero discutir la diferencia. No puedo.
—Sí.
Nora aprieta los labios.
—Porque os conozco. Dentro de seis meses diréis que, al final, hicisteis lo correcto y ya está.
—No quiero hacer eso.
—Ya. Yo tampoco quería decirte que eras igual que la abuela y mira.
No tengo respuesta para eso.
Se levanta, recoge uno de los libros del suelo y lo deja sobre la mesa. Lo coloca mal. Vuelve a cogerlo y lo deja igual de mal.
—Solo dime una cosa. Cuando esto se acabe, ¿vas a volver a decidir que no me cuentas algo porque es «por mi bien»?
La pregunta me deja sin una respuesta preparada.
—Voy a intentar no hacerlo.
—Mamá.
—No puedo prometerte que no vuelva a equivocarme.
—No te he preguntado eso.
Espero. Nora empuja con el pie una esquina de la alfombra.
—¿Vas a volver a hacerlo?
El vaso que me ha traído sigue entre mis manos.
—No.
Nora asiente despacio.
—Vale. —Esta vez el «vale» no significa que me crea.
Significa que ha oído la respuesta. Me levanto para coger el teléfono.
Antes de llamar a Adriana, saco una foto de la caja vacía donde guardé 4C7 durante tres años. No es evidencia importante.
La foto tampoco arregla nada. Esta vez no necesito que lo haga.