Mamá está escribiendo… 54. Un abogado distinto
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54. Un abogado distinto

Un abogado distinto

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En su despacho, Adriana no me pregunta si estoy segura. Me pregunta si quiero un abogado distinto de ella.

—¿Por qué?

—Porque trabajo para VALDERYN y para la estructura familiar en determinados asuntos. Lo que acabas de contar puede tener consecuencias personales para ti. Necesitas asesoramiento que no responda a la empresa.

Inés ha contado su parte una hora antes, por separado. En la mesa de Adriana hay dos cuadernos cerrados y un vaso de agua que nadie ha tocado.

No sé qué ha dicho. Adriana no me lo cuenta.

—Vale.

—No «vale». Te voy a dar tres nombres. Eliges uno o buscas otro.

—Vale de verdad.

Escribe algo.

—Ahora repíteme los hechos sin interpretar.

Lo hago. Entrada: 22:51:08.

Helena en el suelo. Respirando.

Portátil encendido. 4C7 conectada.

Retiro la llave. La guardo.

Vuelvo. Llamada: 22:52:45.

Adriana no me interrumpe. Cuando termino, pregunta:

—¿Sabías que Inés había estado allí?

—No.

—¿Sabías que se había producido un forcejeo?

—No.

—¿Creías que Marc podía haber estado?

—Sí.

—¿Retiraste la llave para protegerlo?

—Sí. —La palabra queda registrada. Literalmente.

Adriana está tomando notas.

—¿Alteraste algo más?

—Creo que cerré la tapa del portátil.

—¿Borraste archivos?

—No.

—¿Moviste a Helena?

—No. Solo la toqué para comprobar si respiraba.

—¿Viste el teléfono de ella?

Pienso.

—No recuerdo.

—No completes.

—No recuerdo.

Asiente.

—Bien.

—¿Qué tiene esto de bien?

—Que por fin estamos distinguiendo memoria de reconstrucción.

Deja el bolígrafo.

—Hay otra cosa.

Me entrega una hoja. No es el informe médico completo. Es un resumen preparado a partir de la historia hospitalaria y revisado esta mañana por un neurocirujano independiente.

Traumatismo craneoencefálico grave. Hematoma subdural agudo.

Contusiones. Deterioro neurológico.

Cirugía urgente. Muerte posterior.

No leo más.

—Quería una respuesta que no existe —dice Adriana.

—¿A qué?

—A si los minutos de Inés o tus noventa y siete segundos cambiaron el desenlace.

—¿Y?

—El especialista no puede afirmarlo.

La hoja cruje entre mis dedos.

—Pero cuanto antes recibes ayuda, mejor.

—En una lesión cerebral grave se actúa con urgencia. Eso no significa que podamos coger un intervalo concreto y decir que, sin él, Helena habría sobrevivido.

—Entonces nunca lo sabremos.

—Probablemente no. —Esperaba sentir alivio. No llega.

Había imaginado esta incertidumbre como una posible absolución. No lo es.

—Llegó viva al hospital —digo.

—Sí.

—La operaron.

—Sí.

—Murió horas después.

—Sí.

—Así que podría haber cambiado algo.

—Podría.

—O no.

—O no.

Dos posibilidades incompatibles que van a quedarse conmigo.

—¿Inés sabe esto?

—Le he dicho lo mismo.

—¿Y qué ha dicho?

—Eso es suyo. —Me molesta. Es correcto.

—Vamos a tener que comunicar lo que hemos encontrado fuera de la familia —dice.

—Policía.

—Primero tu abogado. Después coordinaremos cómo entregar la información y la evidencia preservada. No vais a improvisar declaraciones separadas.

—Parece una estrategia.

—Es una estrategia para no contaminar hechos con versiones que llevan tres años cambiando.

—¿Y VALDERYN?

—VALDERYN no decide si contáis o no una muerte. Solo tiene que preservar lo que pueda ser relevante.

Adriana gira el cuaderno y empieza una lista.

—A partir de ahora no habláis entre vosotros de la noche para completar recuerdos.

—Somos una familia. Eso va a ser complicado.

—Por eso.

Escribe cuatro cosas.

4C7.

Exportación de alarma. Registros del 112.

Correspondencia de Inés. Después añade una quinta.

Entorno preservado R-17.

—La llave ya está preservada en Seguridad.

—Desde que la entregué.

—Bien. Entonces no se mueve. Coordinaremos con tu abogado la entrega de la bolsa, el registro de custodia y la documentación a quien corresponda.

Me sorprende que una pieza de plástico que pasó tres años en una caja haya terminado dentro de una cadena formal.

—La toqué hace tres años.

—Y eso consta en tu declaración. No podemos deshacerlo. Lo importante es no romper la custodia ahora.

—Los mensajes de esta semana están en nuestros teléfonos.

—Se preservarán copias. No borréis nada. Tampoco capturas sueltas si existe el original.

—¿Y el grupo familiar?

—Originales primero. Interpretaciones después.

Podría servir para toda la semana.

—¿Vais a entregar también MIRROR?

—No se entrega «MIRROR» como si fuera una caja. Se preserva el material concreto que pueda explicar accesos, funcionamiento y mensajes. Y se separa lo que sabemos de lo que inferimos.

—Suena lento.

—Es lento.

—Mientras Calder Quay espera.

Adriana me mira.

—Calder Quay puede esperar.

Al principio de la semana esa frase habría sido una amenaza. Ahora casi es un alivio.

—¿Y Marc?

—Recibirá instrucciones sobre preservación empresarial. No una versión de tu declaración.

—¿Inés?

—Lo mismo.

—¿Papá?

—Lo mismo. —Entiendo la arquitectura antes de que termine de explicarla.

Esta vez la familia Vidal no va a resolver una crisis reuniéndose en una cocina y acordando qué versión puede soportar.

Cada uno tendrá que quedarse con la suya. Me levanto.

—Adriana.

—¿Qué?

—Si hubieras sabido lo de los noventa y siete segundos hace tres años, ¿qué habrías hecho?

No responde inmediatamente.

—Te habría dicho que entregaras la llave y contaras lo que hiciste.

—¿Y la venta?

—No existía.

—La empresa.

—Habría sobrevivido. —La respuesta es tan simple que me avergüenza. Durante tres años traté una decisión de noventa y siete segundos como si hubiera protegido algo gigantesco.

Quizá solo protegí el secreto.

—No quiero que nadie diga que no importó porque no sabemos si cambió el resultado.

Adriana recupera el bolígrafo.

—Entonces no lo digas.

—Y tampoco quiero que digan que matamos a mamá porque esperamos.

—Entonces tampoco digas eso.

—¿Qué digo? —Adriana me mira.

—Lo que puedes demostrar.

Noventa y siete segundos. Una decisión.

Una mentira mantenida tres años. Y una muerte de la que nunca sabremos qué habría cambiado si hubiéramos actuado antes.