Mamá está escribiendo… 52. El círculo oscuro
81%

52. El círculo oscuro

El círculo oscuro

●    ●    ●

Seguimos frente a frente en el estudio. La taza de Inés deja un círculo oscuro sobre la mesa y ninguna de las dos hace ademán de limpiarlo.

No contesto a Inés. No porque no sepa la respuesta.

Porque no quiero decirla delante de ella.

—Noventa y siete segundos —dice.

La miro.

—Eso puso el mensaje.

—Sí.

—Yo no sabía que eran noventa y siete.

—Pero sabías que no llamaste enseguida.

—Sí. —Ahora somos dos hermanas sentadas frente a frente, comparando qué hicimos mientras nuestra madre respiraba en el suelo.

No hay forma de ganar esa conversación.

—¿Qué hiciste? —pregunta Inés.

—No aquí.

—Tú me has hecho contarte cómo cayó.

—Lo sé.

—Me has preguntado cuántos peldaños, qué mano le cogí, dónde estaba el teléfono.

—Lo sé.

—Y ahora no aquí.

—No.

Inés se levanta.

—Perfecto. —No parece enfadada.

—¿Dónde vas?

—A casa.

—Inés.

—No voy a huir. —La palabra me golpea.

—Eso no ha salido de mi boca.

—No hace falta.

Se pone el abrigo.

—He pasado tres años creyendo que tú llegaste, la encontraste y llamaste. Que al menos esa parte había ocurrido como debía.

—Llamé.

—Después de algo.

—Sí.

—¿Qué? —No respondo. Inés abre la puerta.

—Cuando estés preparada para dejar de ser la hermana que llegó después, me llamas.

Se marcha. Me quedo sola en mi estudio.

Durante varios minutos la mesa ocupa toda mi atención. Hace una semana discutíamos ahí sobre piedra natural, presupuesto y si un pasillo necesitaba diez centímetros más.

Ahora hay una marca circular de café de Inés. Nada más.

Saco el teléfono. Busco el grupo familiar.

El mensaje sigue ahí.

MAMÁ

Un minuto y treinta y siete segundos.

Lo leo de otra manera. Hasta ahora la pregunta había sido cómo sabía alguien que esperé.

Ahora hay otra. Cómo sabía cuánto.

Llamo a Adriana.

—Necesito una cosa del expediente de la muerte de mamá.

—¿Qué?

—La hora exacta de mi llamada al 112.

—Eso está en el informe de emergencias.

—Y la hora a la que entré en la casa.

Nadie dice nada.

—Eso no necesariamente existe.

—Había alarma.

—Gabriel la desconectaba casi siempre cuando estaba en casa.

—Yo entré con mi código.

—Eso sí podría haber quedado registrado.

—Quiero saberlo.

—¿Para qué?

El mensaje sigue abierto en mi teléfono.

—Porque alguien ya lo sabe.

Adriana necesita un segundo.

—No busques tú nada. Lo pido al archivo doméstico y a la documentación que se conservó después del accidente.

—Accidente.

—Estoy utilizando la categoría del expediente, no una conclusión.

—Vale.

—¿Y Clara?

—¿Qué?

—Si encuentras lo que estás esperando encontrar, no conviertas la precisión en causalidad.

—No entiendo.

—Noventa y siete segundos pueden medirse. Otra cosa es demostrar qué habrían cambiado.

Adriana se adelanta a lo que necesito oír.

—Lo sé.

Cuelgo. No lo sé.

Todavía no. A las 12:15 vuelvo a casa.

Nora está en el comedor con el portátil y dos libros abiertos.

—Tienes reunión con tu hija a las 12:30 —dice.

—No sabía que teníamos reunión.

—Te la acabo de poner.

—Estoy empezando a odiar los calendarios.

—Problema tuyo.

Dejo las llaves.

—¿Has comido?

—Es mediodía.

—Era una pregunta normal.

—Contigo ya no sé. —Me siento frente a ella. Nora cierra el portátil.

—¿Qué ha pasado?

Podría decir «nada». El lunes lo habría hecho.

—Inés estaba en casa cuando cayó la abuela.

La cara cambia.

—¿La vio caer?

—Sí.

—¿Fue ella?

Tardo.

—Hubo un forcejeo. No creo que quisiera que cayera.

Nora aprieta la mandíbula.

—Mamá, no me lo traduzcas como una abogada. ¿Fue por ella o no?

—Su acción provocó la caída.

Nora baja los ojos.

—¿Está detenida?

—No.

—¿Por qué?

—Porque acabamos de saberlo.

—Y porque sois los Vidal.

Lo dice sin volumen. Por eso duele más.

—No —digo.

—Mamá.

—No quiero que eso sea la razón.

—Ya. Pero querer no cambia cómo funciona vuestro apellido.

No sé si tiene razón. Sé que no puedo descartarlo.

—Vamos a contarlo —digo.

—¿A quién?

—A quien corresponda. Con Adriana. Preservando lo que tenemos y sin fabricar una versión.

—¿Cuándo?

—Hoy.

Nora se queda quieta durante unos segundos.

—¿Y tú?

—¿Qué?

—El mensaje decía que esperaste.

No hay salida limpia.

—Sí.

—¿Por qué?

Sus manos están sobre la mesa. Las mías son casi iguales a las de mi madre.

Nunca me había fijado.

—Te lo voy a contar.

—Ahora.

—Sí.

Pero antes de que pueda empezar, el teléfono vibra. Adriana.

Abro su mensaje: «He localizado una exportación del sistema de alarma hecha después de la muerte de Helena. Tu código desactivó el perímetro a las 22:51:08».

Debajo llega otra línea: «Llamada al 112: 22:52:45».

No necesito restar. Noventa y siete segundos.

Nora lee mi cara.

—¿Lo han encontrado?

Asiento.

—Entonces cuéntamelo —dice.

Y ya no tengo una cifra detrás de la que esconderme.