Mamá está escribiendo… 51. El borrador
80%

51. El borrador

El borrador

●    ●    ●

Seguimos en la sala de reuniones de mi estudio. Inés permanece de pie junto al extremo de la mesa; al otro lado del cristal, la impresora ha vuelto a callarse.

—¿Qué viste en la pantalla? —pregunto.

Inés no vuelve a sentarse.

—Mi perfil seguía abierto. I87. Y había un borrador de correo.

—¿Para quién?

—Adriana, Marc y dos consejeros. Mamá decía que me suspendía cualquier acceso relacionado con Calder Quay hasta revisar el acuerdo. También quería una investigación interna sobre la demo y sobre el origen de los datos.

—Lo borraste.

—Sí.

—¿También de la papelera?

Inés deja un hueco antes de contestar.

—Creo que sí. No puedo jurarte cada clic, Clara. Recuerdo el borrador, recuerdo cerrarlo y recuerdo buscar dónde había quedado. Lo demás lo he reconstruido tantas veces que ya no sé qué parte vi y qué parte deduje después.

—Mamá estaba en el suelo mientras hacías eso.

—Sí.

—Consciente.

—A ratos. Abría los ojos, los cerraba. Respiraba.

Me aparto de la mesa.

—¿Cuánto tiempo estuviste delante del portátil?

—No lo sé. Tres minutos. Cuatro. Quizá menos. He intentado calcularlo y cada vez me sale algo distinto.

—Cerrar un perfil no tarda cuatro minutos.

—No. Intenté borrar el archivo con mi perfil y no pude. La sesión empezó a cerrarse y yo no sabía qué estaba haciendo. Luego volví con mamá. Luego regresé otra vez al portátil. No fue una secuencia limpia.

—Porque Marc había cerrado el acceso.

—Supongo. Entonces no sabía eso.

La llave seguía conectada. La misma llave que yo encontraría minutos después y convertiría en mi propia decisión imperdonable.

—¿Por qué no llamaste primero?

Inés aprieta los labios y esta vez no acepta mi vocabulario.

—Porque tuve miedo.

—¿De la cárcel?

—No pensé «cárcel». Pensé en todo a la vez y mal. En mamá despertando y diciendo que yo la había agarrado. En Marc. En papá. En Calder Quay. En la policía entrando en la casa. En alguien viendo el portátil. En que todos ibais a saber qué había hecho antes de que yo supiera siquiera cómo llamarlo.

—Eso era lo que tenía que pasar.

—Ya lo sabía entonces. No tan ordenado como lo sé ahora, pero lo sabía.

—Y aun así elegiste otra cosa.

—Durante unos minutos, sí.

—No digas «unos minutos» como si el tiempo hiciera la decisión más pequeña.

—No intento hacerlo.

Quiero seguir atacando porque la rabia es más sencilla que imaginarla allí. Pero entender una escena no la vuelve aceptable.

—¿Intentaste borrar algo más?

—El archivo de mi perfil. No pude. Cuando la sesión empezó a cerrarse dejé el portátil.

—¿La llave?

—No la toqué.

Eso explica por qué yo la encontré.

—Volviste con mamá.

—Sí. Seguía respirando. Ya no me dijo nada.

—¿Y entonces llamaste?

Inés se queda inmóvil. La pregunta no necesita una respuesta inmediata; ya la estoy viendo en su cara.

—Oí un coche entrar en la grava —dice al fin.

La habitación cambia de tamaño.

—¿Qué coche?

—El tuyo.

Sé que es verdad antes de que termine. He aparcado detrás de ella cientos de veces en esa casa. Inés conocía mis luces, el ruido del motor, la forma absurda en que siempre entraba demasiado pegada al ciprés de la izquierda.

—¿Dónde estabas?

—En el recibidor. Había cogido mi bolso. Pensé que tú entrarías, la verías y llamarías.

—Podías abrirme la puerta.

—Sí.

—Podías gritar.

—Sí.

—Podías llamar tú mientras yo aparcaba.

Inés me sostiene la mirada.

—Sí. Podía hacer todas esas cosas.

Es peor que una hilera de respuestas cortas. No me deja fingir que no las ha considerado.

—¿Qué hiciste entonces?

—Salí por la lateral. Mi coche estaba abajo, junto al muro. Bajé por el camino del jardín y oí la puerta principal cuando ya estaba fuera. No te vi entrar.

La puerta abierta. La franja negra de jardín. Un recuerdo que durante tres años no tenía a nadie dentro y que ahora de repente está lleno.

—Entonces las 22:47 tampoco era verdad.

Inés baja la vista.

—No. Me fui cuando oí tu coche. Debían de ser casi las 22:51.

—Sabías que yo había llegado, pero no que hubiera encontrado a mamá.

—No podía saberlo. Me dije que sí porque necesitaba creerlo. La casa estaba quieta, tú acababas de entrar y yo estaba a unos metros. Convertí eso en «Clara la encontrará» antes de llegar al coche.

—Y una vez en el coche tampoco llamaste.

—No.

—Ni de forma anónima.

—No. —Me apoyo en la pared. Desde el domingo he intentado decidir si uno de nosotros mató a mi madre. La pregunta empieza a parecer demasiado sencilla para lo que ocurrió.

Inés causó la caída. Después vio que Helena seguía viva y puso otras cosas delante de pedir ayuda.

No sé si esos minutos cambiaron el resultado médico y no voy a adjudicarme una certeza que no tengo.

Pero sí sé qué cambiaron: a partir de ese momento, lo que empezó como un accidente dejó de ser solo un accidente.

Al otro lado del cristal pasa una de mis socias con un tubo de planos. Me ve, levanta la mano y sigue. El mundo no se detiene mientras nosotros reconstruimos aquella noche.

Abro la ventana unos centímetros. Entra ruido de tráfico.

—Necesito aire.

Inés no se mueve.

—No quiero que me perdones —dice.

—No estamos hablando de perdón.

—Ya lo sé. Pero necesitaba decirlo porque llevo toda la conversación intentando adivinar qué esperas que haga con la cara.

No esperaba que dijera eso.

—No hagas nada con la cara.

Inés asiente, cierra la ventana y vuelve a sentarse.

—Yo sé lo que hice antes de que llegaras. Ya no voy a volver a cambiar la hora ni la puerta ni la razón.

Hace una pausa.

—Ahora dime tú cuánto tardaste en llamar.