50. La pantalla encendida
La pantalla encendida
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Seguimos frente a frente en la sala de reuniones de mi estudio. Al otro lado del cristal, la impresora arranca otra tanda de planos y vuelve a callarse.
—¿Dónde estabas tú? —pregunto.
Inés sabe a qué momento me refiero. No pide que concrete ni intenta retrasarlo con otra pregunta. Se queda mirando la mesa unos segundos antes de contestar.
—Detrás de ella. Mamá habría subido cinco o seis peldaños; yo estaba dos o tres más abajo. No puedo darte una medida mejor.
—¿Qué llevaba?
—El teléfono en la mano derecha. Nada más.
Le pido que vuelva a lo que estaban diciendo. Inés respira hondo, como si tuviera que entrar otra vez en una habitación que lleva tres años evitando.
—Yo le decía que parara. Que no iba a subir a leer más notas sobre mi vida como si fueran un informe. Ella decía que precisamente por eso necesitaba leerlas.
Puedo oír el tono de mi madre: aquella convicción que convertía una decisión suya en la conclusión lógica de una conversación todavía abierta.
—Siguió subiendo —dice Inés—. Y yo fui detrás.
—Porque querías el teléfono.
—Sí. Había hecho fotos de algunas páginas. Me dijo que si el consejo tenía que verlas, las vería.
—Tu perfil.
—Mi perfil y otras cosas. Pero sí, el mío estaba ahí.
Le pregunto si quería borrarlo. Inés niega primero y luego se corrige antes de que yo pueda hablar.
—Quería que dejara de usarlo contra mí. Y también quería borrarlo. Las dos cosas.
—¿Qué hiciste?
Inés abre los ojos.
—Le cogí la muñeca. Fuerte. —No necesito arrancarle esa parte. La coloca ella.
—Mamá se giró sobre el escalón. Yo intenté quitarle el teléfono y tiré de su brazo.
—¿La empujaste?
—No. —Esta vez la respuesta sale antes que el miedo—. No la empujé, Clara. Le estaba tirando del brazo en una escalera, que ya es suficientemente horrible. Pero no puse las manos en su espalda ni la lancé.
—Entonces dime qué pasó sin intentar mejorar nada.
Inés baja la vista.
—Intentó soltarse. Dio un tirón hacia atrás y yo seguía agarrándola. En algún momento me soltó o la solté; no sé cuál de las dos cosas ocurrió primero. Su pie derecho buscó un peldaño que no estaba donde esperaba.
—Perdió el equilibrio.
Inés asiente. No le pregunto todavía si la vio caer; mi cabeza ya está convirtiendo las palabras en una imagen.
—La vi —dice ella, sin esperar la pregunta—. Primero se fue de lado y chocó con la barandilla. Intentó agarrarse. Después cayó hacia atrás.
—Hasta abajo.
—Sí. —Durante tres años mi recuerdo de aquella noche empieza con Helena en el suelo. Ahora hay unos segundos anteriores que no me pertenecen y que, sin embargo, ya no voy a poder dejar de ver.
—¿Tú caíste también?
—No. Ni siquiera me golpeé. El teléfono salió de su mano, bajó dos o tres peldaños y se quedó junto a la pared.
—¿Y mamá?
Inés tarda en contestar.
—Al principio no se movió. Fueron segundos, pero no sé cuántos. Luego abrió los ojos.
Mi cuerpo reconoce la frase antes que mi cabeza. La segunda vez que yo le dije mamá, Helena también movió los ojos.
—¿Dijo algo?
—Creo que mi nombre. —Inés se frota las manos—. Y digo creo porque llevo tres años sin saber si dijo «Inés» o hizo un sonido y yo lo convertí en mi nombre después. No quiero regalarme una certeza que no tengo.
Por primera vez esa duda suena a memoria, no a declaración preparada.
—¿Qué hiciste después?
—Bajé corriendo. Le puse una mano en el hombro y le dije que no se moviera. Respiraba. Tenía un poco de sangre en el pelo, menos de lo que uno imagina cuando piensa en una caída así.
No sé qué imagino. Me obligo a quedarme con lo que dice.
—Cogiste el teléfono.
—Sí.
—Para llamar al 112.
Inés toca el cierre del bolso, aunque su teléfono está dentro y no el de aquella noche.
—Eso iba a hacer. La diferencia verbal es mínima. Lo que abre dentro de la sala no lo es.
—¿Ibas?
—Abrí la pantalla de emergencia. Creo que marqué el uno. Puede que solo llegara a pulsarlo; no recuerdo una secuencia limpia. Estaba temblando y no recuerdo pensar frases completas.
Me levanto porque la silla empieza a parecerme una forma de colaborar con la calma.
—Pero no llamaste.
Inés se pone en pie también y va al pequeño fregadero. Abre el grifo, se moja las manos y tira de demasiado papel para secarlas. El primero se rompe. El segundo también.
—No entonces.
—¿Qué hiciste?
Habla de espaldas.
—Vi la pantalla del portátil todavía encendida. No pensé «voy a borrar esto y después llamaré». Ojalá pudiera decirte que hubo una frase así, porque sería más fácil odiar una decisión concreta. Vi la pantalla y empecé a hacer cosas.
—Una detrás de otra.
—Sí. Y sé que también son decisiones, aunque yo no las sintiera así en ese momento.
Cierro los ojos. No necesito que se defienda y tampoco quiero convertir el pánico en una fuerza de la naturaleza que actuó por ella.
—Inés, dime lo que hiciste.
El agua sigue corriendo. Ella la cierra, deja el papel roto junto al fregadero y por fin se gira.
—No llegué a llamar. —No digo nada. Inés intenta tragar y no puede a la primera.
—La pantalla seguía encendida.
Sé qué viene después y no quiero oírlo.