49. A puerta cerrada
A puerta cerrada
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Inés pide que estemos solas.
Cierro la puerta de la sala de reuniones.
—Después de las 22:45 —digo.
—Mamá volvió a intentar entrar.
—Lo sé.
—Yo seguía allí.
—Eso también.
Baja las manos a la mesa.
—Lo que no sabes es por qué.
Espero.
—Después del primer acceso empezó a decirme que el problema con Calder Quay no era el acuerdo. Era yo.
—¿Qué significa?
—Que yo era predecible. —La palabra me devuelve a C84.
—Me enseñó mi perfil.
—En MIRROR.
—Una exportación. Eventos, probabilidades, notas. Cosas del colegio, de parejas, de trabajos, de cada vez que había intentado mediar en una pelea en lugar de tomar partido.
—Como mi dossier.
—Sí.
La voz se le rompe un poco.
—Había una estimación sobre Calder Quay.
—Anterior al acuerdo.
—Sí.
—¿Qué decía?
—Que si me ofrecían liderar algo que Marc no controlara y mamá no hubiera creado públicamente, era bastante probable que priorizara conservar esa oportunidad incluso si tenía dudas.
—¿Probable cuánto?
—Sesenta y algo. No recuerdo.
—Y mamá te lo enseñó para decir que MIRROR tenía razón sobre ti.
—Para decir que yo no era fiable para decidir sobre MIRROR porque MIRROR había anticipado cómo decidiría.
La lógica necesita un segundo para asentarse.
—Eso no demuestra nada.
—Ya lo sé.
—Tú elegiste el acuerdo.
—Ya lo sé, Clara.
Golpea la mesa con dos dedos.
—Pero en ese momento estaba viendo una pantalla donde mi madre había convertido media vida en una explicación de por qué yo era exactamente la hija que ella creía que era.
—Le preguntaste de dónde lo había sacado.
—Sí.
—¿Qué dijo?
—«De conocerte».
—Le dije que eso no era conocerme. Me respondió que los datos no cambiaban porque yo estuviera enfadada con ellos.
Puedo oír a Helena diciendo algo así.
—¿Y entonces?
—Intenté cerrar el portátil.
—Lo tocaste.
—Sí. Ella me apartó la mano.
—¿Y?
—Le dije que iba a enseñárselo a Marc, al consejo, a quien hiciera falta.
—¿Qué respondió?
—Que adelante. Que así quizá entenderíamos por qué MIRROR no podía salir de la familia.
—No quería destruirlo.
—No.
—Quería utilizar esto como prueba de que funcionaba.
Inés asiente.
—Eso fue lo que me hizo perder la cabeza —dice.
—¿Qué pasó?
—Le dije que si aquello era MIRROR funcionando, había demostrado lo contrario. Que nadie debía tenerlo.
—¿Y ella?
—Dijo que yo confundía uso con abuso.
Otra distinción cómoda.
—Entonces subió.
—¿A dónde?
—A su despacho.
—¿Por qué?
—Dijo que tenía los originales en papel. Notas de años. Que si quería indignarme, al menos leyera de dónde había salido todo.
—Y tú la seguiste.
—Sí.
Veo la escalera antes de que continúe.
—Con el portátil.
—El portátil se quedó abajo.
Eso encaja con mi recuerdo.
—Mamá llevaba el teléfono.
—Sí.
—Y subió.
—Sí.
—Tú detrás.
Inés entrelaza los dedos.
—No llegamos arriba.
No pregunto todavía. Sé cuál es la siguiente parte de la historia.
Diecisiete peldaños. Y dos personas demasiado enfadadas para recordar que una escalera no participa en una discusión.
Fuera de la sala alguien prueba la impresora grande del estudio. Empieza a escupir planos.
Una de mis socias ha debido venir sin avisarme. Oigo también a alguien discutir porque falta papel A3, una emergencia que esta mañana envidio.
Inés atiende al ruido detrás del cristal esmerilado.
—¿Hay gente?
—Probablemente.
—No quiero que me vean salir llorando.
—Todavía no estás llorando.
—Dame tiempo.
Durante unos segundos ninguna dice nada. Sobre la mesa hay una maqueta de cartón de una casa que no tiene escalera porque el cliente insistió en hacer todo en una planta. Me sorprendo mirando esa ausencia como si tuviera sentido.
—Podemos parar —digo.
Inés niega.
—Si paro ahora, vuelvo a hacerlo mañana. Llevo tres años haciendo eso.
La impresora continúa al otro lado del cristal.
—Sigue —digo.