42. La hora de salida
La hora de salida
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Mi padre abre la puerta de Vallvidrera en pijama. Primero ve a Inés.
Después a mí.
—No.
—¿Qué no? —dice Inés.
—Lo que sea que vais a hacer a las 22:30.
—Solo necesitamos ver la casa.
Detrás de mi padre, el recibidor está iluminado solo por la lámpara del pasillo. La escalera aparece a la izquierda antes de que yo quiera mirarla.
—La casa seguirá aquí mañana.
—Papá —digo. Me observa un segundo más. Después se aparta.
—No rompáis nada.
—Qué confianza —dice Inés.
Gabriel vuelve hacia el pasillo sin preguntar por qué hemos venido.
Eso, en otra familia, sería extraño. En la nuestra es una forma de supervivencia.
La escalera queda frente a nosotras. Inés evita mirarla.
—¿Por dónde entraste? —pregunto.
—Por la principal.
—¿A qué hora?
—21:30. Un poco antes, quizá.
—Mamá te esperaba.
—Sí.
—¿Dónde?
—En la cocina.
Vamos. Inés se mueve por la casa sin dudar. No debería impresionarme. Vivió aquí media vida.
—Estaba sentada ahí —dice.
Señala la silla donde esta mañana estaba mi padre.
—¿Tenía el portátil?
—No.
—¿El teléfono?
—En la mesa.
—¿Qué dijo cuando llegaste?
Inés se apoya en la encimera.
—«Has confundido una oportunidad con un permiso».
Puedo oír a Helena.
—¿Y tú?
—Le dije que el acuerdo no vendía nada. Que solo daba una primera negociación.
—Lo mismo que me has dicho a mí.
—Porque sigue siendo verdad.
—¿Y luego?
—Me preguntó si Daniel había visto perfiles reales.
—¿Qué respondiste?
—Que no.
—¿Era verdad?
—Sí. —No aparta los ojos.
—¿Mamá te creyó?
—No del todo.
—¿Por qué?
—Porque había encontrado VIDAL-LONG o algo relacionado. No me enseñó el nombre. Solo dijo que el origen de algunos resultados era más grave de lo que nos habían contado.
—Te dijo que éramos nosotros.
—No.
—Nora.
—No.
Inés cierra los ojos un segundo.
—Si hubiera sabido que Nora estaba dentro, no habría hecho ninguna demo.
—Eso no cambia lo que hiciste.
—Ya lo sé.
No hay defensa. Solo cansancio.
—¿Cuánto duró la discusión?
—Casi una hora.
—Entonces llegamos a las 22:30.
—No. Empezamos hablando. Dejamos de discutir. Volvimos a discutir.
—Inés.
—Me fui sobre las 22:20.
—Has dicho que estuviste casi una hora.
—He dicho que la conversación duró mucho. Llegué antes de las 21:30.
La precisión aparece tarde. Anoto mentalmente la corrección.
—¿Dónde estaba mamá cuando te fuiste?
Inés sale de la cocina. La sigo hasta el pasillo.
—Aquí.
Se detiene cerca de la mesa baja donde aquella noche estaba el portátil.
—Entonces ya lo tenía abierto.
—Sí.
—Con la llave de Marc.
—No me fijé.
—A las 22:39 alguien la utilizó.
—Yo ya no estaba.
—Eso dices.
Inés me mira.
—Sí. Eso digo.
—Y saliste por la lateral.
Seguimos hasta la puerta. La abre.
El aire de la noche entra frío.
—Mi coche estaba abajo, junto al muro —dice—. No quería dar la vuelta por delante.
—¿Por qué lo habías aparcado allí?
—Porque cuando venía sola solía dejarlo junto al muro. Era más fácil salir sin maniobrar.
La puerta empieza a cerrarse sola cuando Inés la suelta. La detengo con la mano.
—La noche que encontré a mamá estaba abierta.
Inés no responde.
—Si te fuiste a las 22:20, esta puerta se cerró sola poco después.
—Entonces mamá la volvió a abrir.
—O alguien.
—Sí. —No se defiende de la posibilidad. Eso también puede ser inteligencia.
—La dejaste abierta.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Cuando saliste, mamá estaba de pie.
—Sí.
—Hablando.
—No conmigo.
—¿Con quién?
—Con nadie.
—¿Entonces qué hacía?
Inés se queda mirando el jardín.
—Volvía al portátil.
—¿Cómo lo sabes si ya estabas saliendo?
—Porque la vi girarse.
—¿Desde dónde?
—Desde aquí.
Se coloca junto a la puerta.
—Yo estaba fuera. Ella en el pasillo.
—Y no volviste a entrar.
—No.
Inés permanece junto a la puerta.
—¿Qué fue lo último que te dijo?
Esta vez necesita recordar antes de hablar.
—«Mañana hablaremos con Daniel sin ti».
Eso explica bastante.
—¿Y tú?
—Nada.
—Nada.
—Cerré la puerta.
El hidráulico queda encima de la puerta.
—Se cerró sola.
Inés aprieta los labios.
—Vale. Se cerró sola.
—¿Entonces por qué la recuerdo abierta?
—No lo sé.
Subimos de nuevo hacia el pasillo. La escalera está a pocos metros.
Inés pasa junto a ella demasiado deprisa.
—Mírala.
Se detiene.
—No quiero.
—Yo tampoco quería durante tres años.
—Para mí no son la misma cosa.
—No. —Esta vez se obliga a hacerlo. Diecisiete peldaños.
Piedra. Barandilla.
Una caída que durante tres años cabía en dos palabras. Inés cruza los brazos.
—Cuando me fui estaba viva, Clara.
—Me lo has dicho.
—No. Escúchame.
La voz se rompe un poco. Primera vez.
—Estaba viva. De pie. Enfadada conmigo. No había sangre. No había caído. No había nada que yo pudiera haber llamado una emergencia.
Quiero creerla. Eso importa.
—¿Por qué mentiste?
—Porque cuando murió al día siguiente entendí cómo sonaría que yo hubiera sido la última persona discutiendo con ella por una tecnología que Calder Quay quería comprar.
—No sabes si fuiste la última.
—No.
—Y ocultarlo hizo que nadie pudiera saberlo.
—Sí. —Mi padre aparece al fondo del pasillo con un vaso de agua. No dice nada.
Nos ve junto a la escalera y se queda quieto.
—Papá —dice Inés.
Gabriel se fija en la puerta lateral abierta.
—Cerrad eso. Entra frío.
La cierro. Clic.
Todo lo que Inés me ha contado puede ser verdad. Llegó.
Discutió. Salió.
Helena siguió viva. El problema es que solo hay una parte de la historia que depende exclusivamente de su palabra.
La hora a la que cruzó esa puerta.