41. Las 2147
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MAMÁ
Inés, diles a qué hora te fuiste de casa aquella noche.
No hay nada más.
Ni una acusación. Ni una hora.
Ni siquiera dice que estuviera allí. Solo formula la frase como si la respuesta ya existiera.
Me quedo mirando la pantalla. Nora está en su habitación. Oigo música baja detrás de la puerta.
Junto a la foto de Inés aparece el indicador de escritura: tres puntos que laten. Desaparece.
Vuelve.
INÉS
¿Quién está haciendo esto?
Marc responde.
MARC
No contestes.
El mensaje queda allí.
Inés no escribe nada más. Yo tampoco.
Llamo. Al cuarto tono contesta.
—Clara. —No dice hola.
—Estuviste allí.
No responde.
—Inés.
—No hagas esto por teléfono.
—Llevas cuatro días diciéndome que confíe en ti.
—Y puedes.
—Estuviste en Vallvidrera la noche de la caída de mamá.
La respiración cambia al otro lado.
—Sí. —No siento sorpresa. Siento una especie de frío ordenado.
Durante un segundo veo a Inés con diecinueve años sentada en el suelo de mi habitación después de que yo rompiera con mi primer novio serio. No dijo que él fuera idiota ni que yo estaría mejor. Se quedó hasta que me dormí y, por la mañana, mintió a mamá diciendo que habíamos estudiado juntas.
Inés ha sido muchas veces la persona a la que llamo cuando necesito que alguien esté sin convertirlo en un problema.
Ahora acaba de admitir que estuvo en la casa la última noche de nuestra madre.
Las dos cosas tienen que caber en la misma persona.
La pieza entra justo donde no quería que entrara.
—Me dijiste que la última vez que hablaste con ella de R-17 fue tres días antes.
—Te dije la última conversación sobre R-17.
—No juegues con las palabras.
—No estoy jugando.
—¿A qué fuiste?
—A hablar del acuerdo con Calder Quay.
—Eso era R-17.
—Era el side letter .
—Inés.
—Sí. Era todo lo mismo. Ya lo sé.
Me apoyo en la encimera.
—¿Por qué lo ocultaste?
—Porque cuando murió, lo último que necesitaba la familia era que la policía creyera que yo había ido a discutir con ella por un acuerdo que podía valer una fortuna.
—La policía no sabía que existía.
—Exacto. —La respuesta me da ganas de colgar.
—¿A qué hora llegaste?
—Sobre las 21:30.
La agenda.
PRIVADO — CASA.
—¿Y te fuiste?
No contesta enseguida. Solo lo suficiente para que lo note.
Lo suficiente.
—A las 22:20. Quizá 22:25.
—¿Por dónde?
—La lateral.
Cierro los ojos. La franja negra de jardín.
La puerta abierta cuando llegué.
—¿Por qué no la principal?
—Porque estábamos discutiendo y no quería cruzar el salón para salir como si acabáramos de cenar juntas.
—No tiene sentido.
—En ese momento sí.
—¿Mamá estaba bien cuando te fuiste?
—Estaba viva.
La elección de palabra me molesta.
—Viva no es lo mismo que bien.
—Estaba de pie. Enfadada. Con el portátil abierto. Perfectamente capaz de seguir gritándome.
—¿Gritaba?
—Mamá casi nunca gritaba. Ya sabes cómo era.
Preguntaba. La palabra no hace falta decirla.
Las dos la pensamos.
—¿La tocaste?
—No.
—¿Hubo forcejeo?
—No.
—¿Intentaste quitarle algo?
Al otro lado solo oigo su respiración.
—No.
No le creo. Todavía no sé si es por lo que dice o por todo lo que lleva días sin decir.
—¿Qué discutisteis?
—El acuerdo. La demo. Calder Quay. Que yo había prometido más de lo que ella quería prometer.
—¿Y MIRROR?
—Sí.
—¿VIDAL-LONG?
—No sabía que existía.
—¿Daniel?
—Mamá decía que yo había confundido acceso con derecho.
—Eso suena a ella.
—Lo era.
Inés deja escapar aire.
—Clara, me dijo que iba a apartarme de Alianzas. Que iba a revisar todo lo que había hecho con Calder Quay y que, si hacía falta, explicaría al consejo que había ido demasiado lejos.
—Tenías mucho que perder.
—Sí.
No lo matiza. Me deja sin la excusa que esperaba.
—Pero no la maté.
Se adelanta a la acusación que todavía no he hecho.
—Yo no he dicho eso.
—Todavía.
El mensaje sigue abierto: «Inés, diles a qué hora te fuiste de casa aquella noche».
El remitente no ha dicho que la viera. No ha dicho que supiera cuánto tiempo se quedó.
Solo ha hecho una pregunta en forma de recuerdo.
—¿Quién sabía que habías ido?
—Mamá.
—Alguien más.
—No.
—Daniel.
—No.
—Gabriel.
—No.
—Teresa.
—No lo sé.
—Adriana.
—No.
—¿Entonces cómo lo sabe quien escribe?
Esta vez la respuesta tarda bastante más en llegar.
—Quizá no lo sabía.
Aunque no pueda verla, sé que está esperando mi reacción.
—¿Qué?
—Quizá quería que contestara.
Vuelvo al principio.
Uno de vosotros me mató.
Explícales qué hiciste antes de llamar al 112. Diles a qué hora te fuiste.
Preguntas que suenan como certezas.
—No vuelvas a escribir en el grupo —digo.
—No pensaba hacerlo.
—Mañana vamos a reconstruir tu visita desde el principio.
—Clara.
—¿Qué?
—No fue mañana.
—¿Qué?
—Quiero decir que no tenemos que esperar.
Se oye una llave al otro lado.
—Estoy bajando al coche.
—¿Dónde vas?
—A Vallvidrera.
La pantalla marca casi las diez.
—Son casi las diez.
—Ya lo sé.
—Inés.
—Si vas a decidir si me crees, prefiero hacerlo en la casa y no por teléfono.
Cuelga. Me quedo mirando la pantalla.
Por primera vez desde que empezó todo, el mensaje de mi madre acaba de producir algo que quizá no sabía antes de enviarlo. Una confesión.