Mamá está escribiendo… 36. Sin corbata
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36. Sin corbata

Sin corbata

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A primera hora de la tarde vuelvo a la sala de reuniones del piso treinta y uno. Daniel llega sin corbata y con dos abogados; Adriana ya está conmigo.

—Quiero hablar contigo sin ellos —digo.

—No puedo.

—Entonces yo tampoco puedo venderte nada.

Los deja fuera. Los abogados se quedan al otro lado de la pared de cristal, visibles pero fuera de la conversación.

Nos sentamos en la misma sala donde el lunes habló de sinergias y continuidad como si fueran objetos que pudieran meterse en cajas. Hoy no abre la presentación.

—Necesito saber qué creías que comprabas —digo.

—VALDERYN.

—No.

Daniel suspira.

—La capacidad de anticipar fricción en decisiones complejas. Retención, negociación, riesgo de abandono, respuesta a presión. En agregado. Con controles.

—¿MIRROR?

—Ese nombre no estaba en el proceso formal.

—¿R-17?

Una pausa mínima.

—Vi resultados experimentales.

—¿Quién te los enseñó?

—Inés organizó una demostración. Gabriel preparó parte técnica. Ya lo sabes.

—¿Y VIDAL-LONG?

—No sé qué es.

Lo dice demasiado rápido, pero rapidez no es mentira. Me obligo a no convertir gestos en pruebas.

—¿Sabías que parte del rendimiento podía venir de datos familiares?

—No.

—¿Lo habrías comprado igual?

Daniel alinea la carpeta con el borde de la mesa.

—No puedo responder una hipótesis sin saber qué significa «venir de».

Es una respuesta de comprador. También es una respuesta correcta.

Le enseño únicamente lo que Adriana ha autorizado: la existencia del índice, no los contenidos personales. Daniel pierde color.

No teatralmente. Solo se queda quieto y deja de tocar el borde de la carpeta.

—Si parte del rendimiento que vi dependía de un corpus familiar no declarado, necesito que eso quede separado de cualquier conversación comercial —dice.

—Porque es ilegal.

—Porque puede ser ilegal, impropio o simplemente imposible de defender. Son cosas distintas y las tres pueden matar una compra.

—Hablas como Adriana.

—Hoy es un buen día para parecerse a los abogados.

Vuelve a la referencia a VIDAL-LONG.

—La tecnología me interesaba porque parecía trasladable. Si funciona solo porque conocéis durante veinte años a cinco personas concretas, el valor es otro. Y si funciona porque alguien utilizó datos que no debía, el problema también.

—Así que también te preocupa que no valga lo que pensabas.

—Claro.

La franqueza me sorprende.

—Clara, si compro esto y dentro de seis meses aparece que parte del rendimiento venía de datos que nadie podía usar, el comité no va a felicitarme por haber sido sensible. Me van a preguntar por qué no lo vi y probablemente me echen.

—Muy humano.

—Muchísimo. Y además puede ser éticamente grave. No necesito ser buena persona para que las dos cosas me preocupen.

Me resulta tranquilizador que no intente parecer mejor de lo que es.

—¿Hay menores? —pregunta. No esperaba esa pregunta.

—Hay referencias a mi hija.

Daniel espera a que añada algo. No lo hago.

—Si eso alimentó alguna métrica que Calder Quay recibió, la operación se detiene hasta saber qué se utilizó y con qué base.

—Pensaba que venías a comprar.

—Vengo a comprar una empresa, no una defensa regulatoria de diez años.

No intenta quedar bien. Está haciendo cuentas, y le creo.

—¿Y si los resultados que viste mejoraban gracias a nosotros?

—Entonces quiero saberlo antes de poner mi firma debajo de nada.

—Aunque haga caer la operación.

—Especialmente si puede hacerla caer después de comprar.

Daniel ya no parece alguien intentando convencerme de vender. Parece alguien intentando saber si aquello que llevaba meses valorando era realmente lo que le habían enseñado.

—Esto no estaba en el data room , el repositorio documental de la venta.

—¿Qué sí estaba?

—Métricas de una capa experimental. Curvas de mejora. Casos anonimizados.

—¿Quién te enseñó los primeros resultados, antes de la demo formal?

Él deja pasar un instante.

—No fue una reunión.

—Daniel.

—Una cena. Meses antes de la demostración formal.

—¿Con Inés?

—No.

—¿Gabriel?

—No.

Parece incómodo de verdad.

—Fue alguien de tu familia.

—¿Quién?

Daniel consulta a Adriana antes de responder.

—No voy a convertir una conversación antigua en una acusación improvisada. La cena no era secreta, pero tampoco estaba dentro de la operación que estamos revisando ahora.

—Me acabas de decir que fue mi familia.

—Porque eso importa para que entiendas que Calder Quay no inventó el interés por R-17. Existía antes de la venta. El nombre concreto puede esperar a que lo contrastemos.

Al principio de la semana habría insistido hasta que dijera un nombre.

Hoy pienso en la puerta lateral, en 4C7 y en todo lo que hemos roto preguntando demasiado pronto.

—Vale.

Daniel parece sorprendido.

—Eso es nuevo.

—No te acostumbres.

No pregunto quién. Todavía.

Porque ya he aprendido que una respuesta demasiado rápida puede destruir una investigación más deprisa que una mentira.

Y porque, en ese instante, mi teléfono vibra sobre la mesa. No es Helena.

Es Adriana: «Hemos encontrado un documento lateral de la negociación. Necesito que vengas sin avisar a nadie».