Mamá está escribiendo… 37. Una sola copia
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37. Una sola copia

Una sola copia

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Veinte minutos después del mensaje, Adriana me espera en una sala pequeña de VALDERYN con las persianas bajadas y una sola copia impresa sobre la mesa. No hay nadie más. Eso ya me parece información.

Necesito que vengas sin avisar a nadie.

—¿Qué has encontrado?

—Un documento que no estaba en el data room de la venta.

—¿R-17?

—Relacionado.

Deja una copia impresa sobre la mesa. No lleva membrete de VALDERYN. En la parte superior dice: «MARCO DE EVALUACIÓN Y DERECHO PREFERENTE DE NEGOCIACIÓN».

Calder Quay Systems.

VALDERYN.

Fecha: cuatro meses antes de la muerte de mi madre.

—¿Qué es esto?

—Un side letter . Un acuerdo lateral.

—Sé leer el título.

—Entonces lee antes de decidir qué significa.

Me siento. El documento tiene siete páginas y una cantidad de lenguaje diseñado para que nadie pueda explicar después qué creyó estar firmando.

La parte importante cabe en tres párrafos: Calder Quay puede ver resultados demostrativos limitados y, si VALDERYN comercializa o transfiere esa tecnología durante los cuarenta y ocho meses siguientes, obtiene sesenta días para negociar primero.

No compra nada automáticamente, pero tampoco es una demo inocente.

—¿Quién firmó?

Adriana señala la última página. Daniel Veiga.

Inés Vidal. No está la firma de Helena.

No está la de Marc. No está la de mi padre.

—¿Inés podía firmarlo?

—Podía firmar acuerdos comerciales dentro de ciertos límites. La demostración estaba autorizada; este derecho preferente no aparece en el correo de Helena. Estoy comprobando si entraba en sus facultades.

—¿Y por qué no estaba en la due diligence ?

—El área de Alianzas lo archivó como exploratorio no vinculante, no como contrato material. Eso explica por qué no saltó. No demuestra que la clasificación fuera correcta.

Paso página. Hay una cláusula que nombra a los responsables del seguimiento.

Daniel por Calder Quay. Inés por VALDERYN.

No hay dinero para ella. Ni bonus extraordinario. Ni comisión.

Eso me decepciona de una forma que me avergüenza. Un soborno sería más fácil.

—¿Qué ganaba Inés?

—No todo incentivo lleva un porcentaje.

—Gracias.

—Si esta tecnología se convertía en negocio, ella era la persona que había abierto la relación y lideraba la parte institucional y comercial.

No ganaba dinero. Ganaba un sitio propio en la mesa. Sigo leyendo.

La cláusula de confidencialidad obliga a mantener fuera de materiales generales cualquier detalle sobre metodología, fuentes de datos y arquitectura individual.

—Esto explica por qué Calder Quay sabía que había más.

—Explica que sabía que existía una capacidad experimental con posibles aplicaciones comerciales.

—Y que Inés se la enseñó antes de que mamá muriera.

—Eso ya lo sabíamos.

—No sabíamos que había prometido una ventana preferente.

Adriana asiente.

—No.

—¿Sigue vigente?

—Por fecha, sí. Calder Quay conserva una ventana contractual que cualquier operación sobre esos activos tendría que revisar.

—¿Marc lo sabía?

—Dice que conocía conversaciones exploratorias. No este documento concreto.

—¿Papá?

—Todavía no le he preguntado.

—¿Helena?

Adriana gira el portátil hacia mí.

—Aquí empieza la parte que me interesa.

Es el historial de acceso del repositorio jurídico. No demuestra quién leyó cada línea con atención. Solo quién abrió el archivo y cuándo.

Mi madre lo abrió once días antes de caer. Durante diecisiete minutos.

Al día siguiente envió dos instrucciones. Suspender nuevas demostraciones externas.

Revisar cualquier compromiso comercial relacionado con R-17.

—Lo encontró —digo.

—Parece que sí.

—¿Y qué hizo Inés?

—No tenemos un correo de respuesta.

—Pero discutieron.

—Eso nos lo tendrá que decir ella.

La firma de mi hermana queda al pie de la página. Cuatro meses antes de la muerte de nuestra madre, Inés había convertido una demostración autorizada en una relación comercial con derechos futuros.

No es un crimen. Ni siquiera sé si es una infracción.

Pero ahora entiendo qué podía perder ella si Helena cerraba R-17. No millones.

Algo quizá más importante para Inés. La oportunidad de demostrar que sabía construir algo que no hubiera heredado.

—Hay una última cosa —dice Adriana.

Señala un anexo.

PROCEDIMIENTO DE EVALUACIÓN.

Una línea enumera el alcance que Calder Quay podía ver. Resultados agregados.

Perfiles sintéticos. Escenarios preparados.

Y una frase añadida a mano en la copia escaneada: «Sin perfiles reales». H.V.

—Mamá puso ese límite.

—Sí.

—¿Sabemos si se respetó?

Adriana cierra la carpeta.

—Todavía no. —Pienso en VIDAL-LONG. En Daniel perdiendo color cuando vio el nombre.

En Inés diciendo que había enseñado resultados, no datos.

La diferencia entre esas dos cosas deja de parecer semántica.

—No la llames —dice Adriana.

Ya tengo el teléfono en la mano.

—¿Por qué?

—Porque quiero preservar primero los archivos de Alianzas y la correspondencia de esa época.

—Es mi hermana.

—Ese es el problema.

Bajo el teléfono. Inés sigue en el edificio.

Adriana necesita cuarenta y seis minutos para preservar los archivos. Se los doy.

En el minuto doce, Marina me escribe para preguntarme si el baño del Eixample va en blanco roto o blanco cálido. Le contesto «BLANCO». Me responde: «ESO NO EXISTE».

Estoy a punto de mandarla a la mierda y termino escribiendo: «EL QUE TÚ QUIERAS». Su respuesta llega cinco segundos después.

Eso sí que me preocupa.

En el minuto treinta y uno bajo a por agua y descubro que no llevo monedas para la máquina. Un empleado que no conozco me regala una botella y no me pregunta nada.

Los cuarenta y seis minutos no me hacen estar más preparada. Solo consiguen que el mundo siga ocurriendo mientras espero.

Cuando Adriana abre la puerta, guardo el móvil. Esta vez mi hermana no sabrá qué sé antes de que se lo pregunte.