31. CORPUS
CORPUS
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Seguimos en la sala de revisión, con la pizarra de Laura frente a nosotros y los equipos de preservación funcionando al otro lado de la puerta.
—¿Seguro? —pregunto.
—De esto, sí. De lo demás, no.
Me molesta haber pasado dos horas mirando esas tres letras como si escondieran una persona. Laura no hace ningún comentario. Supongo que ya ha visto a gente enamorarse de pistas mejores.
Después deja una cosa clara: para explicar lo que ha ocurrido no necesitamos una inteligencia artificial actuando sola.
Estamos en la misma sala sin ventanas. Hay vasos de café, botellas de agua y papeles abiertos por todas partes. Inés ha vuelto a la negociación. Marc habla con el consejo. Gabriel ha enviado un mensaje diciendo que está con Teresa y que vendrá después.
Laura dibuja cuatro columnas en la pizarra.
CORPUS.
OBJETIVO.
DESTINATARIO.
ACCIÓN.
—Para conseguir algo parecido a esos mensajes necesito cuatro cosas —dice Laura—. Material para sonar a Helena. Algo que queráis o temáis. Alguien que decida a quién y cuándo apretar. Y un canal que haga llegar el texto.
—La última parte puede automatizarse —dice Adriana.
—Sí —responde Laura—. Pero automatizar el envío no inventa el objetivo.
Pienso en Samuel, en Inés, en mi padre. Demasiada gente encaja por partes; nadie encaja todavía entero.
Pienso en la primera noche. En cómo todos miramos la pantalla y preguntamos si mamá seguía allí de alguna forma.
Era la pregunta equivocada.
—¿R-17 podría elegir el momento? —pregunto.
Samuel ya no está, así que responde una de las analistas.
—Puede señalar cuándo alguien está bajo presión si le das señales suficientes. Pero alguien tiene que darle esas señales o elegir el momento.
—Dame un ejemplo que no suene a ciencia ficción —digo.
Laura señala mi teléfono.
—Tu calendario dice que a las 08:00 tenías la sesión con Calder Quay. Tus correos muestran presión. Si el historial dice que cierras decisiones con urgencia, basta para estimar que un mensaje sobre prisa puede afectarte más a las 08:20 que a las 03:00.
—Eso es casi decepcionante.
—La mayor parte de la vigilancia útil lo es.
—¿Y si lo ignoro?
—Entonces falla. Lo peligroso es que alguien pueda probar otra vez.
—La reunión de esta mañana estaba en calendarios —dice Adriana.
—Y la discusión de anoche la conocían varias personas —añado.
Laura asiente.
—No necesitamos omnisciencia para explicar ninguna de las intervenciones que tenemos hasta ahora.
No sé por qué eso me da más miedo que la versión fantástica.
Si no hay milagro, queda alguien. Mi teléfono vibra.
NORA
¿Vas a comer en casa o me apaño?
Leo el mensaje dos veces.
Una adolescente aburrida preguntando por comida. No un sistema observando mi vida. No una señal. No una variable.
Le escribo: «Aún no lo sé. Te aviso». Responde con un pulgar arriba.
No hay nada oculto en el mensaje. Necesitaba recordar que la mayoría de las personas siguen hablando sin intentar producir una reacción calculada.
Adriana abre la tabla de mensajes: primero impacto emocional, después conocimiento familiar, luego presión sobre decisiones concretas.
—¿Qué cambia? —pregunta. Lo veo antes de responder.
—Que al principio quería que creyéramos en mamá.
—¿Y ahora?
—Quiere que reaccionemos a ella.
—Con lo que tenemos, hace falta intervención humana —dice Laura—. Alguien elige el objetivo, prepara o selecciona material y ejecuta el envío. No sabemos quién ni si es una sola persona. Pero no hace falta ninguna máquina actuando por voluntad propia.
La máquina no necesita querer nada. Basta con que alguien quiera algo de nosotros.