30. Bolsas numeradas
Bolsas numeradas
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La mesa ya está cubierta de bolsas numeradas, cargadores y hojas de custodia; apenas queda espacio para apoyar una taza.
Antes de soltarlo cierra una ventana que contiene una foto antigua del equipo fundador.
Helena está de pie en el centro. Gabriel tiene más pelo. Samuel parece un estudiante que ha entrado por error en una reunión de adultos.
La inclinación hacia delante es la misma que tiene ahora cuando algo no le cuadra. Ha envejecido alrededor de ese gesto.
—¿Cuántos años tenías? —pregunto.
—Veintinueve.
—Pareces diecinueve.
—Dormía menos.
Se queda mirando la fotografía.
—Tu madre fue la primera persona que me dejó decirle que una idea suya era mala delante de veinte personas.
—¿Y qué hizo?
—Me pidió que demostrara por qué. Luego estuvo tres semanas intentando demostrar que me equivocaba.
—Eso sí suena a ella.
Samuel cierra la tapa.
—No era fácil trabajar con Helena. También era la razón por la que la mitad de nosotros seguíamos aquí cuando podríamos habernos ido a empresas que pagaban más.
Me fastidia que el recuerdo me caiga bien. Preferiría que Samuel me diera una versión sencilla de mi madre y no lo hace.
Laura le da un recibo. Samuel entrega portátil, cargador y el dispositivo físico de autenticación; ofrece también el móvil.
—Solo lo necesario —dice Laura—. No tu vida entera.
Adriana me encuentra mirando.
—No lo exculpa.
—No he dicho nada.
—Tu cara otra vez.
Todavía no abren correos ni documentos. Buscan algo más básico: quién ejecutó qué y desde dónde.
Samuel traduce la arquitectura a un idioma que puedo seguir. Algunas acciones llevan un nombre y un usuario. Otras salen firmadas por servicios automáticos que alguien autorizado puede poner en marcha.
—¿Los mensajes salen de aquí? —pregunto.
—No —dice Samuel—. R-17 no envía mensajes al grupo familiar. Puede producir análisis y material de trabajo. Para que un texto llegue allí, alguien tiene que sacarlo de este entorno y usar el canal que ya hemos investigado.
Laura me pide el teléfono.
—No para quedármelo. Quiero que mires conmigo.
Abre la cronología de los mensajes junto a un calendario de los últimos días.
Primer mensaje: domingo por la noche, cuando la familia está separada y la venta entra en su semana final.
El de los noventa y siete segundos llega después de que Marc me presione por teléfono.
El de Inés aparece después de que la investigación haya empezado a estrechar la noche.
El de esta mañana coincide con una reunión conocida por calendarios corporativos.
—Nada de esto requiere que el sistema os vea a través de una cámara —dice Laura—. Requiere que alguien tenga acceso a información bastante ordinaria y sepa qué hacer con ella.
—Calendarios. Llamadas. Reuniones.
—¿Y a vosotros?
Eso último no está en ningún log . De pronto se unen dos mitades que yo todavía mantenía separadas.
Sistema y canal. Herramienta y mano.
Laura señala tres ejecuciones recientes: dos vinculadas a la cuenta administrativa de Samuel y una a un servicio antiguo.
—¿Eso qué significa? —pregunto.
—Que todavía no podemos ponerle una cara.
—Hoy nadie debería poder entrar directamente con esa cuenta. Pero quedó un camino automático antiguo. Alguien con permisos podía darle instrucciones desde otro sitio.
—¿Quién podía hacerlo?
Samuel pide la lista y la recorre con el dedo.
—Yo podía. Gabriel también, a través de una ruta de continuidad de fundador. Marta y Youssef figuran revocados.
—¿Gabriel seguía teniendo acceso?
—No como operación diaria. Como recuperación. Esa diferencia importa.
Laura interviene.
—Actuales. Revisaremos cuándo y cómo se revocaron. Y antes de que lo preguntes: que alguien pudiera modificar el repositorio no demuestra que lo hiciera.
Antes de salir, Samuel me dice:
—Si quieres pensar que fui yo, hazlo. Pero no dejes que eso te haga perder la arquitectura.
—¿Qué arquitectura?
—La persona que hizo esto no necesitaba controlar VALDERYN. Necesitaba conocer un camino que seguía abierto.