29. FND
FND
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Traen dos maletas negras, etiquetas adhesivas y la clase de cables que convierten una mesa de reuniones en un puesto de trabajo.
Son tres personas de la firma de respuesta a incidentes que Adriana ya tenía contratada. No vienen a resolver la muerte de mi madre, sino a preservar evidencia digital sin prometer qué demostrará.
La responsable se llama Laura Pons. Antes de tocar un teclado nos reúne a Samuel, Adriana y a mí.
—Separaremos producción, investigación y dispositivos personales. Documentaremos qué entra en alcance, quién lo custodia y por qué.
Me gusta inmediatamente porque no parece querer gustarme. Samuel entrega un inventario: repositorios, usuarios y permisos, registros de actividad en la nube, almacenamiento de R-17, configuraciones, incidencias y correo relevante.
—¿El grupo familiar? —pregunto.
—Preservaremos los mensajes desde los dispositivos. No prometo una IP con nombre y apellido.
Laura abre una hoja de custodia: origen, hora y responsable. La copia maestra queda verificada con una huella digital de integridad y sellada; otra queda para trabajo.
A los diez minutos aparece una investigadora de VALDERYN en la puerta. Tendrá treinta y pocos.
Lleva una acreditación torcida y el portátil apretado contra el pecho.
—Me han quitado acceso al entorno de pruebas —dice a Samuel—. Tengo una demo con seguros a las 12:00.
Samuel espera a Laura.
—Ese entorno entra en alcance.
—La demo lleva un mes cerrada.
—Lo sé.
—¿Y qué les digo?
Samuel busca una respuesta que no suene mejor de lo que es.
—Que se cancela por una incidencia interna.
La mujer permanece en la puerta como si esperara otra respuesta.
—Eso nos hace quedar fatal.
—Sí. —No intenta venderle tranquilidad. Ella se marcha enfadada.
Laura anota la interrupción como si también fuera parte del sistema.
—Esto es lo que significa preservar —dice—. A partir de ahora todo cuesta algo.
—Nadie investiga sobre el original si podemos evitarlo —añade—. Y quien administre infraestructura queda fuera de cualquier cambio sin control.
Samuel entrega temporalmente sus permisos más altos y firma sin discutir.
Mientras empiezan las capturas, una analista llama a Samuel.
—Aquí hay una familia de credenciales antiguas que no encaja con el esquema actual.
En la pantalla aparecen identificadores que empiezan por FND-.
—FND viene de founder, fundador —dice Samuel—. Son del primer entorno.
Una de las analistas amplía una fila.
—Hay una ejecución el viernes a las 16:38.
Nadie habla durante dos segundos. Viernes. Tres minutos antes de que se generara la solicitud de la eSIM.
Laura se acerca.
—No atribuyamos.
La analista abre el detalle. Se toma más tiempo del que me gustaría.
—Puede ser un proceso automático del repositorio de copias. La etiqueta encaja. La hora también podría encajar con una tarea programada.
—¿Puede ser? —pregunto.
—Puede. No voy a convertirlo en un hecho hasta comparar la configuración antigua.
Laura escribe en la pizarra: «FND NO IDENTIFICA A UNA PERSONA».
—Esto se queda abierto —dice—. Y mientras esté abierto no significa Gabriel, Samuel ni Helena solo porque una cuenta antigua se etiquetara como de fundador hace diez años.
Me fastidia que la advertencia sea necesaria. Ya había puesto una cara detrás de las tres letras.
—¿Siguen activas?
—No deberían.
Laura lo corrige.
—No deberían no es un estado técnico.
Revisan el registro de identidad. Algunas cuentas están revocadas, otras migradas y una aparece asociada a ejecuciones históricas del entorno de pruebas. El identificador no revela qué persona la utilizó en cada momento.
—¿De quién era? —pregunto.
Samuel tarda un segundo.
—De una clase de cuentas compartidas en desarrollo. Era una mala práctica.
La cadena FND se repite en la pantalla. Otra cosa que parece un nombre y todavía no lo es.