Mamá está escribiendo… 21. La agenda negra
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21. La agenda negra

La agenda negra

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Mi madre escribía las citas importantes dos veces. Una en el calendario del teléfono.

Otra en papel. Decía que la nube era una forma elegante de llamar al ordenador de otra persona.

Ahora resulta menos divertida.

De vuelta en Vallvidrera, encuentro la agenda de 2023 en el segundo cajón del escritorio de mi madre, debajo de dos libretas, un sobre vacío y unas gafas que no recuerdo haberle visto nunca.

Es pequeña, negra, sin marca visible. Helena podía dirigir una empresa tecnológica y pasarse veinte minutos eligiendo una agenda porque ninguna tenía el papel adecuado.

Vuelvo a sentarme en su silla. Busco la semana de su muerte.

Las páginas están llenas de letra inclinada, flechas y tachones. Lunes.

Consejo 08:30. Dentista 13:15.

Nora — ensayo 18:30. Llevar bocadillo. Me quedo mirando esa última línea.

Yo había olvidado el ensayo.

Nora tenía catorce años y llevaba meses preparando una función del instituto en la que apenas decía cuatro frases. Yo llegué tarde porque una obra se complicó. Mi madre no.

Recuerdo verla en la tercera fila con un bocadillo envuelto en papel de aluminio dentro del bolso porque estaba convencida de que todos los adolescentes pasaban hambre a todas horas.

Después de la función Nora salió enfadada consigo misma porque se había equivocado en una frase.

Helena no le explicó cómo hacerlo mejor. No la corrigió.

Solo le dijo: «Yo no me he dado cuenta». Era mentira.

Mi madre se daba cuenta de todo. Pero aquella vez eligió que no importara.

Cierro los ojos un momento. La extraño con una violencia que no tiene nada que ver con R-17, Calder Quay o una escalera.

Eso es lo peor de los muertos. No respetan la versión que necesitas tener de ellos. Sigo pasando páginas.

Martes. Miércoles. Jueves. La semana está llena de reuniones con nombres que conozco y otros que no.

Viernes aparece Daniel V. a las 16:00, tachado. El sábado casi vacío.

Domingo. La mañana tiene dos anotaciones domésticas.

«Comprar regalo Gabriel. Llamar Clara».

No recuerdo ninguna llamada. A las 14:00: «comida familiar — cancelada».

A las 21:30 hay una línea gruesa que ocupa hora y media.

PRIVADO — CASA.

Nada más. Ni nombre.

Ni iniciales. Paso a la página.

La caída fue poco después de las 22:45.

Helena había bloqueado hora y media en casa aquella noche.

El teléfono suena sobre el escritorio. Teresa.

He dejado dos mensajes desde esta mañana.

—¿Qué has encontrado ahora? —pregunta sin saludar.

—La agenda de mamá.

Nadie habla.

—La de papel.

—Sí.

—No la tires.

—No pensaba hacerlo.

—Con vosotros nunca se sabe.

—El domingo de su muerte tiene un bloque que dice «Privado — casa».

Teresa se toma un momento.

—Puede ser cualquier cosa.

—Hora y media. De 21:30 a 23:00.

—Helena bloqueaba tiempo cuando quería trabajar sin que la llamaran.

—¿Recuerdas si esperaba a alguien?

Escucho ruido de calle al otro lado.

—No. —La respuesta es demasiado rápida.

—Teresa.

—No estaba trabajando ese domingo.

—Te he preguntado si lo sabías.

—Y yo te estoy diciendo lo que sé.

—Sabías cuándo iba al dentista.

—Porque me pagaban para saberlo de lunes a viernes.

—Sabías que iba al ensayo de Nora.

Esta vez nadie llena el hueco.

—Eso no estaba en su calendario corporativo —digo.

—No todo lo que hacía tu madre pasaba por mí.

—Pero algo sí.

—Clara.

Su tono cambia. No es evasivo.

Es cansado.

—No conviertas cada línea que escribió en una confesión.

—No lo hago.

—Llevas una semana haciéndolo.

—Desde el domingo.

—Parecen más.

A pesar de mí, sonrío. Teresa aprovecha el segundo.

—Guarda la agenda. No saques conclusiones todavía.

—¿Por qué?

—Porque «privado» con Helena podía significar una reunión, una discusión, una cena o que quería ver una película sin que nadie la molestara.

—¿Veía películas?

—Malas. Y no admitía que eran malas.

La imagen me sorprende.

—¿Qué películas?

—Películas francesas lentísimas que luego defendía durante una hora aunque se hubiera dormido a la mitad.

Me río. De verdad.

Teresa también. La conversación se detiene.

—Hay algo que no me estás diciendo —digo.

—Hay muchas cosas que no te he dicho en cuarenta años.

—Sobre ese domingo.

—Sobre ese domingo, no tengo nada que pueda afirmar con seguridad.

Ha elegido cada palabra. Puede que sepa más de lo que está diciendo.

Antes de que pueda insistir, Teresa interviene.

—Pregunta en casa si faltaba algo en la mesa del comedor.

—¿Qué?

—Tu madre tenía una costumbre cuando esperaba a alguien fuera de horario. Ponía agua antes de que llegara. Odiaba levantarse en mitad de una conversación.

—¿Por qué no me has dicho eso antes?

—Porque hasta hace treinta segundos no me había acordado.

Eso sí me lo creo. Cuelga.

Voy al comedor. La mesa está vacía ahora.

No sirve de nada mirar tres años después. Pero yo estuve aquí aquella noche.

Cierro los ojos. La escalera.

Mi madre. El portátil.

La puerta lateral. Y, más allá, sobre la mesa del comedor, algo que nunca consideré importante.

Dos vasos. Abro los ojos.

No sé si es un recuerdo. O si acabo de fabricarlo porque Teresa me ha dicho qué buscar.

También recuerdo una luz encendida en el camino lateral y, durante unos segundos, estoy segura de que aquella noche no estaba allí. Después me acuerdo de que el jardinero cambiaba el sensor cada invierno porque se activaba con los gatos.

Otra pista que dura menos que el deseo de tenerla.

Esa duda me asusta más que los vasos.