20. Bajo luz blanca
Bajo luz blanca
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La llave queda en el centro de la mesa, dentro del plástico transparente, absurda de pequeña bajo la luz blanca del techo.
Adriana deja anotado que la procedencia anterior a hoy está incompleta. No escribo por qué. Todavía.
Los dos responsables firman la recepción. Marc espera fuera hasta que Seguridad se lleva la bolsa.
Entra después y se queda de pie junto a la mesa.
—Ya has comprobado la llamada.
—Sí.
—Entonces no estaba en Vallvidrera.
—No.
—Puedes decirlo sin que te duela.
—No abuses.
Se sienta. Adriana cierra la puerta.
—Ahora que hemos eliminado una hipótesis, quiero entender la otra parte —digo—. Tú estabas en VALDERYN bloqueando el acceso a R-17. Desde el portátil de mamá alguien estaba usando tu llave para entrar. ¿Qué estaba pasando?
Marc mira a Adriana.
—¿Tenemos que hacerlo ahora?
—Sí —dice ella.
Él suspira.
—No era una pelea de película. No había una pantalla roja con un botón de destruir.
—Gracias por la aclaración.
—Había un entorno de trabajo al que yo había retirado acceso operativo. Mamá encontró una vía de contingencia usando mi llave de respaldo.
—Y tú lo viste.
—Recibí una alerta.
—A las 22:39.
Marc asiente.
—Yo estaba en la llamada de crisis. Abrí el panel desde el portátil y vi una sesión desde la cuenta de mamá utilizando mi segunda credencial.
—¿Qué hiciste?
—La cerré.
—¿Sin llamarla?
—Primero la cerré.
—Muy Marc. —No responde.
—Después la llamé.
—¿Contestó?
—No.
Algo se mueve dentro de mí.
—¿A qué hora?
Adriana consulta una hoja.
—La llamada saliente está registrada a las 22:43.
—¿Cuánto duró?
—No llegó a conectar.
—¿Volviste a llamar?
Marc niega con la cabeza.
—Estaba en mitad de una incidencia con un banco que tenía pagos bloqueados en tres países. Pensé que estaba enfadada y que me estaba ignorando.
—Pocos minutos después podía estar en el suelo.
—Lo sé. —Lo dice sin defenderse, y eso me duele más.
—¿Te escribió?
Marc se toma un momento.
—Sí.
—Enséñamelo.
Saca el teléfono, busca algo y lo deja sobre la mesa.
No es el teléfono de entonces. Es una captura exportada del archivo de mensajes corporativos.
HELENA
No vuelvas a cerrarme algo que no entiendes. Hora: 22:41.
MARC
No es tuyo. 22:42.
HELENA
Eso es lo que sigues sin entender.
No hay nada más.
—¿Por qué no enseñaste esto cuando murió?
—Porque en ese momento eran tres mensajes de una discusión de trabajo.
—Una discusión sobre un sistema secreto que estabas cerrando mientras ella estaba en casa.
—Y ahora ni siquiera sabemos si estaba sola.
Se queda en el aire.
—Todavía no sabemos que hubiera alguien —dice Adriana.
—La puerta lateral.
—Tu recuerdo de la puerta lateral.
—Sí.
Marc desliza el teléfono hacia sí.
—Hay otra cosa.
—Por supuesto.
—Después de cerrar la sesión, hubo un segundo intento.
Adriana interviene antes de que él decida si contestar.
—Eso no estaba en el primer extracto.
—Porque el primer extracto era del acceso correcto. Este fue rechazado.
—¿Hora?
—22:45.
Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza.
—¿Con la misma llave?
—Sí.
—Desde el portátil de mamá.
—Sí.
—¿Y después?
—Nada.
—¿Nada qué?
—No hubo más actividad desde ese equipo esa noche.
Las horas escritas en la hoja de Adriana son precisas; la historia no. 22:39. Entrada.
22:42. Marc la cierra. 22:43. Llamada no contestada.
22:45. Segundo intento rechazado. Después, nada.
Yo llego unos minutos más tarde.
—¿Crees que cayó justo después? —pregunto.
Marc no contesta. Adriana sí.
—No lo sabemos.
No sabemos si Helena intentó entrar personalmente por segunda vez.
No sabemos si la puerta lateral que recuerdo estaba realmente abierta.
No sabemos quién estaba con ella, si había alguien. Pero una cosa ha cambiado.
Durante tres años imaginé los últimos minutos de mi madre como una mujer bajando una escalera y perdiendo el equilibrio.
Ahora sé que, poco antes de caer, alguien utilizaba su ordenador y la llave de Marc para pelear por el acceso a un sistema que mi hermano intentaba cerrar desde el otro extremo de la ciudad.
Y que a las 22:41 mi madre todavía estaba escribiendo.