Mamá está escribiendo… 18. Otro país
28%

18. Otro país

Otro país

●    ●    ●

Inés vive a doce minutos de mi casa y consigue que parezca otro país.

Su piso está en una finca antigua del Eixample, con techos altos, dos balcones y una cocina demasiado bonita para la cantidad de comida preparada que hay en la nevera.

Va descalza y lleva el pelo sujeto con una pinza de plástico. Es una de las pocas veces que la veo sin la versión de sí misma que ofrece a una sala.

Llego pasada medianoche. No pregunta por qué he ido.

Me quita el abrigo, ve que llevo algo en el bolsillo y tampoco pregunta por eso.

—Hay tortilla —dice.

—Son las 00:30.

—La tortilla no lleva reloj.

—Por sí solo, no me dice nada.

—Siéntate.

Obedezco.

Durante diez minutos hablamos de Nora. De una profesora que odia. De una excursión a la que no quiere ir. Del mechón azul que se ha teñido sin preguntarme y que está convencida de que no he visto.

Inés se ríe.

—Claro que lo has visto.

—Soy su madre.

—Eres arquitecta. Ves una junta mal hecha a veinte metros.

—El mechón es azul.

—Eso ayuda.

La tortilla está comprada.

—Pensaba que cocinabas.

—Sé cocinar.

—Estás juntando dos cosas.

Nos reímos y entiendo por qué he venido aquí en lugar de volver directamente a casa.

Con Inés, incluso los silencios saben qué hacer.

—¿Te ha gritado? —pregunta finalmente.

—Marc no grita.

—Peor. ¿Ha bajado la voz?

—Mucho.

—Entonces sí.

Dejo el tenedor.

—Le he mentido.

Inés espera. No pregunta sobre qué. Deja un hueco y normalmente la gente siente la necesidad de llenarlo.

Yo no.

—No voy a contártelo todavía.

—Vale.

—¿Vale?

—Cuando quieras hablar, hablas.

—No eres así.

—¿Cómo soy?

—Preguntas hasta que la gente se rinde.

—Solo cuando me pagan.

Sonríe y no pregunta. Me desarma.

—Marc dice que no estaba en Vallvidrera —digo.

—¿Y tú le crees?

—Dice que estaba en una videollamada con Londres y Nueva York.

Inés deja de sonreír.

—Puede ser.

—¿Por qué lo dices así?

—Porque aquella noche hubo un problema con un cliente británico. Lo recuerdo.

—¿Estabas en la llamada?

—No.

—¿Hablaste con Marc?

—Antes. A última hora de la tarde. Estaba furioso con mamá.

—¿Por R-17?

—Por todo. En esa época ya no discutían sobre una sola cosa. Discutían sobre quién mandaba, sobre cuándo debía retirarse ella, sobre si Marc tenía derecho a poner límites, sobre si papá se había retirado demasiado pronto. R-17 era el sitio donde todas esas peleas se encontraban.

—¿Mamá quería echarlo?

—Quería que tuviera miedo de que podía hacerlo.

—Hay una diferencia.

—Con mamá, a veces era peor.

Bebe agua.

—Dos días antes de morir vino a verme al despacho. Estaba encantada consigo misma.

—Eso tampoco era raro.

—Me dijo que Marc llevaba veinte años creyendo que algún día la empresa sería suya y que quizá había llegado el momento de recordarle que no se hereda a la gente antes de que muera.

—Bonito.

—Era mamá.

—¿Y tú qué le dijiste?

Inés hace girar el vaso entre las manos.

—Que parara.

—¿Te hizo caso?

Las dos sabemos la respuesta.

—¿Qué crees que protegía? —pregunto.

—A veces VALDERYN. A veces R-17. A veces su sitio en el mundo.

—¿Y a nosotros?

Inés apoya los codos en la mesa.

—También. Pero ya sabes cómo era: si estaba convencida de que algo te convenía, dejaba de parecerle importante que tú estuvieras de acuerdo.

Cambio de tema.

—Daniel me ha dado hasta el viernes.

—Daniel te ha dado hasta el viernes porque el comité de Calder Quay se reúne el viernes.

—Eso ya lo sé.

—Lo que no te ha dicho es que no quieren levantarse de la operación.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque llevan nueve meses gastando dinero y reputación en comprar VALDERYN. Nadie llega hasta aquí para irse por un día malo.

—Adriana no lo ve tan seguro.

—Adriana piensa en qué pueden hacer. Yo pienso en qué quieren hacer.

—Y tú sabes qué quiere Daniel.

Inés recoge los platos.

—Sé negociar con él.

—¿Cuánto llevas hablando con Daniel de esta venta?

Abre el grifo.

—Más de lo que cree Marc.

Se gira antes de que pueda preguntar.

—Y menos de lo que estás imaginando tú ahora mismo.

—Eso ha sonado preparado.

—Todo suena preparado cuando desconfías de alguien.

Me devuelve el abrigo. Sus dedos rozan el bolsillo donde está 4C7.

No sé si nota la forma. Si lo hace, no dice nada.

—Clara.

—¿Qué?

—Si la coartada de Marc es real, no conviertas eso en otra razón para sospechar de él.

—No hago eso.

Inés sonríe con cariño.

—Lo hacemos todos.

Salgo al rellano. Cuando se cierra la puerta recuerdo una frase.

Más de lo que cree Marc. Adriana nunca me dijo que mi hermana llevara tanto tiempo hablando con el hombre que quiere comprar nuestra empresa.