17. El piso ejecutivo
El piso ejecutivo
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Lo que me sorprende es que esté solo.
El piso ejecutivo está casi a oscuras. Las salas de reuniones han apagado sus pantallas y Barcelona se refleja en los cristales como otra oficina vacía al otro lado.
Marc está en la misma mesa donde lo vi esta mañana.
Tiene una bandeja de comida abierta que no ha tocado.
—Inés me ha dicho que venías —dice.
—Inés habla demasiado.
—Hoy, menos que tú.
Cierro la puerta.
—¿Has visto el grupo?
—Sí.
—¿Quieres explicarlo?
—Ya te he explicado lo de la llave.
—No todo.
Saco 4C7 del bolsillo. La dejo sobre la mesa.
El plástico hace un ruido pequeño. Marc no se mueve.
Durante un segundo ni siquiera respira de una forma que pueda ver.
—¿Dónde la has encontrado?
—No la he encontrado.
Levanta la vista.
—Clara.
—La tenía yo.
Necesita un segundo para entenderlo.
—¿Desde cuándo?
Marc vuelve a mirar la llave.
—Desde aquella noche.
No es una pregunta.
—Sí.
Se levanta muy despacio.
—Me has mirado a la cara esta tarde y me has dicho que no la habías visto.
—Sí.
—Adriana lleva dos días intentando reconstruir una posible manipulación de pruebas y tú tenías esto en tu casa.
—Sí.
—La policía estuvo en Vallvidrera.
—Lo sé.
—Mamá estaba viva cuando llegaste. —No digo nada. Marc descarga la palma sobre la mesa. La bandeja de comida se desliza unos centímetros.
—¿Qué coño hiciste aquella noche?
—No he venido a hablar de mí.
Se ríe una vez. Sin humor.
—Claro que no.
—Tu llave se usó en su ordenador a las 22:39.
—Ya lo sé.
—Y faltaba de tu despacho.
—También.
—Mamá iba a quitarte competencias. Amenazó con revisar tu posición como CEO. Tú estabas bloqueando R-17 esa misma noche.
Marc se queda quieto como si llevara dos días esperando esa acusación.
—¿Y?
—¿Estabas en Vallvidrera?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Puedes demostrarlo?
—Sí. —La respuesta me frena.
—¿Cómo?
Marc señala la pared de cristal.
—A las 22:15 entré en una videollamada de crisis con Londres, Nueva York y dos abogados externos. Salí después de las 23:00.
—Una videollamada no demuestra dónde estabas.
—La hice desde la sala 31B. Había seis personas conmigo físicamente y otras siete conectadas.
—¿Está grabada?
—No lo sé. Probablemente no. Pero había gente.
—Gente que trabaja para ti.
—Dos de los abogados no. Tampoco el representante del cliente de Londres.
Me irrita que la respuesta sea tan concreta.
—¿Por qué no lo contaste antes?
—Porque hasta hace una hora nadie me había acusado de estar físicamente en la casa.
—El mensaje acaba de hacerlo.
—No. El mensaje ha dicho que mi llave estaba allí.
Me quedo callada. Marc apunta a la mesa.
—Tú también sabes la diferencia. Por eso no me has preguntado si la llave es mía. Has venido a preguntarme dónde estaba yo.
Odio que tenga razón.
—¿Entonces cómo llegó allí?
—No lo sé.
—Mamá sabía dónde estaba la de respaldo.
—Sí.
—Podía cogerla.
—Sí.
—Y no dijiste nada cuando faltó.
—Ya hemos hablado de eso.
—No. Me has contado una versión que te deja como el tipo ocupado que no tuvo tiempo de mirar un cajón.
Marc rodea la mesa.
—¿Quieres mi versión menos cómoda?
—Por favor.
—Cuando seguridad me dijo que la llave no aparecía, pensé que mamá se la había llevado.
—¿Por qué?
—Porque llevaba semanas intentando entrar en el entorno que yo estaba cerrando.
—¿Y no lo investigaste?
—Estaba en una UCI. —Me detengo.
—Cuando murió —continúa—, Seguridad revocó las credenciales que seguían activas. La llave dejó de servir. El cierre técnico del entorno vino después.
—Hasta ahora.
—Hasta ahora.
4C7 queda entre los dos.
—Si mamá tenía tu llave, la noche de la caída estaba intentando entrar en R-17.
—Eso parece.
—Mientras tú bloqueabas el acceso desde VALDERYN.
—Sí.
—¿Qué había pasado para que estuvierais haciendo eso a las 22:30?
Marc aparta la mirada.
—Eso es una conversación más larga.
—Tengo tiempo.
—Yo no.
—Son más de las 23:00.
—Por eso.
Veo que está temblando un poco. No de miedo.
De cansancio.
—Dame la llave —dice.
La cojo antes de que pueda hacerlo.
—No.
—Clara.
—Va a Adriana.
Marc se queda quieto. Después asiente.
—Bien. —No intenta discutir.
—Mañana a primera hora se la das tú delante de mí.
—¿Por qué delante de ti?
—Porque acabas de admitir que ocultaste una prueba relacionada con la muerte de mamá durante tres años y que me mentiste hace seis horas. A partir de ahora prefiero testigos.
Duele porque no contiene ninguna exageración. Guardo 4C7.
—Voy a comprobar tu coartada.
—Hazlo.
—¿Y si no se sostiene?
Marc aprieta la mandíbula.
—Se sostiene.
Abro la puerta.
—Clara. —Me giro.
—Cuando la compruebes, vas a tener un problema peor.
—¿Cuál?
Su atención cae al bolsillo de mi abrigo.
—Que mi llave estaba con mamá y yo no.