Mamá está escribiendo… 15. La mujer que sabía dónde estaba
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15. La mujer que sabía dónde estaba

La mujer que sabía dónde estaba

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Teresa Borrell, que fue la asistente de mi madre durante veinticinco años, acepta verme con una condición.

—No en VALDERYN.

Nos encontramos en un bar de Sarrià donde nadie parece tener prisa. Ella llega cinco minutos antes, pide una infusión y coloca el bolso en la silla de al lado como si con eso pudiera impedir que la conversación se alargara.

Detrás de la barra chocan cucharillas contra tazas. En la mesa de al lado dos hombres leen el periódico sin levantar la voz. Todo parece demasiado normal para la conversación que he venido a tener.

Hace tres años que no la veo. Está casi igual.

Tiene cincuenta y ocho años y conserva la misma manera de sentarse al borde de la silla, espalda recta, bolso cerrado, como si una conversación pudiera desordenarle el resto del día.

Eso me sorprende más de lo que debería.

Durante ese tiempo, Teresa fue la persona que sabía dónde estaba mi madre incluso cuando mi madre no quería que nadie supiera dónde estaba.

Organizaba viajes, reuniones, crisis, aniversarios y silencios.

—Tienes los ojos de Gabriel cuando no ha dormido —me dice.

—Todo el mundo está opinando sobre mi cara estos días.

—Es más seguro que opinar sobre vuestra familia.

Se toma un momento antes de beber.

—¿Qué quieres saber?

—R-17.

Teresa apoya la taza.

—Entonces has venido a la persona equivocada.

—Trabajabas con mamá.

—No programaba cosas.

—No he dicho que lo hicieras.

—Lo estabas pensando. —Me quedo mirándola.

—Samuel ha dicho lo mismo.

—Samuel siempre creyó que había inventado las frases que usaba tu madre veinte años antes.

Eso me hace sonreír. Teresa también.

Es la primera persona desde el domingo que habla de Helena y consigue que no parezca una prueba judicial.

—No sé qué hacía R-17 por dentro —continúa—. Sé que ocupaba demasiado espacio por fuera.

—¿Qué significa?

—Que tu madre cancelaba cenas por él. Que Marc entraba en su despacho sin llamar.

Que Gabriel volvía a la oficina después de llevar meses diciendo que estaba retirado.

Que Inés aparecía más de lo normal por la planta de investigación.

Cuando algo empieza a cambiar la agenda de cuatro Vidal a la vez, yo lo noto.

—¿Mamá quería venderlo?

Teresa levanta una ceja como si la pregunta fuera demasiado pequeña.

—Tu madre quería muchas cosas incompatibles al mismo tiempo.

—Eso sí lo recuerdo.

—Quería que VALDERYN creciera. Quería que nadie pudiera controlarla. Quería retirarse y seguir decidiendo. Quería que Marc mandara y que le pidiera permiso. Quería que vosotros fuerais independientes siempre que eligierais bien.

—Según ella.

—¿Había otra definición?

La camarera deja mi café. Teresa espera a que se aleje.

—¿Por qué preguntas por R-17 ahora?

—Porque alguien está usando la cuenta de mamá para impedir la venta.

No parece sorprendida.

—Ya lo sé.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Inés.

—Claro.

—No digas «claro» como si eso significara algo.

—Últimamente todo significa algo.

—Ese es el problema.

Bebe un poco.

—Cuando alguien muere, los que quedan hacen una cosa muy cómoda: convierten cada gesto anterior en una pista. De repente una discusión no era una discusión, era un presagio. Una llamada no era una llamada, era la última llamada. Tu madre odiaba esa clase de sentimentalismo.

—Mi madre archivaba hasta los vídeos de vacaciones.

—Archivar no es ser sentimental. —Pienso en C84_D12_R3.

—No, supongo que no.

Teresa me observa.

—Has encontrado algo.

No es una pregunta.

—Cosas viejas.

—Con Helena las cosas viejas rara vez estaban viejas.

—¿Sabías que guardaba clips de nosotros tomando decisiones?

Algo cambia en su expresión. Muy poco.

—Sabía que guardaba de todo.

—No he preguntado eso.

—Ya veo que en esta familia habéis aprendido todos la misma frase.

—Teresa.

Suspira.

—La vi pedir vídeos antiguos varias veces. A asistentes, a tu padre, a gente de sistemas. Nunca pregunté para qué.

—¿Por qué?

—Porque llevaba veinte años trabajando para una mujer que no respondía bien a «para qué quieres eso».

—Y eso te bastaba.

—No siempre. Pero me pagaba por resolver problemas, no por educarla moralmente.

Teresa no suaviza la frase.

—¿La querías? —pregunto. Ahora sí parece molesta.

—Mucho.

—No lo parece.

—Podía quererla y estar enfadada con ella, Clara. No era tan raro.

Bebe un poco y se distrae con la calle.

—Cuando mi padre enfermó, Helena me dijo que me cogiera el tiempo que necesitara.

Le contesté que no podía desaparecer seis semanas.

Al día siguiente había reorganizado mi agenda entera y había explicado al consejo que estaba trabajando en un proyecto especial.

Nadie supo por qué faltaba. Ni siquiera me descontaron el bonus .

—Eso también era ella.

—Sí. Y dos meses después volvió y me preguntó por qué no había contestado un correo un domingo.

Sonríe sin ganas.

—Las dos cosas eran ella.

Remuevo el café aunque ya no tiene azúcar que disolver.

—Marc dice que mamá quería quitarle poder.

—Sí.

—¿Lo sabía mucha gente?

—No al principio. Después, suficiente.

—¿Crees que Marc podía hacerle daño?

Teresa deja que la pregunta permanezca entre las dos.

—Creo que Marc podía odiarla durante una hora y levantarse a las 03:00 para arreglarle un problema. Como tú. Como Inés. Como Gabriel.

—Te he preguntado otra cosa.

—Es la respuesta que tengo.

Se recuesta en la silla.

—Tu madre no era fácil de amar porque convertía el amor en una tarea. Siempre había algo que podías hacer mejor. Llamar antes. Pensar más. Elegir distinto.

—Protegerte.

—Ella habría usado esa palabra.

Queda entre las dos.

—¿Y R-17? —pregunto—. Si Marc quería cerrarlo, ¿qué quería ella?

Esta vez necesita un momento.

—Una semana antes de morir me pidió cancelar una reunión con unos abogados. Le pregunté si había cambiado de idea sobre el proyecto.

—¿Qué dijo?

—«No voy a vender algo solo porque otros tengan prisa. Y no voy a destruir algo solo porque les dé miedo».

Reconozco el tono antes que las palabras.

—¿Eso era sobre R-17?

—No dijo el nombre. Pero yo no tenía otro proyecto capaz de hacer que Marc gritara y Gabriel volviera a trabajar los domingos.

—Entonces quería conservarlo.

Teresa coge el bolso.

—Yo diría que quería decidir ella qué hacer con él.

Se pone de pie.

—No es lo mismo.

La veo marcharse. No.

No lo es.