Mamá está escribiendo… 12. Las persianas abiertas
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12. Las persianas abiertas

Las persianas abiertas

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El despacho de Marc en VALDERYN tiene una pared de cristal y pasa la mitad del día con las persianas bajadas. Cuando entro están abiertas.

Está de pie junto a la mesa, hablando por teléfono.

—No, mañana no. Hoy —dice—. Si tienen miedo por la operación, quiero que lo escuchen de nosotros antes que de un periódico.

Me ve y levanta un dedo.

—Y que no cancelen la formación de Valencia. Pase lo que pase con Calder Quay, la gente sigue trabajando.

Cuelga. El teléfono vuelve a sonar antes de que pueda guardarlo.

Sobre la mesa hay una taza vacía, tres carpetas abiertas y una corbata doblada que parece llevar allí desde ayer.

Marc deja de moverse al leer la pantalla.

—Es mi hijo.

No sé cuál de los dos.

—Cógelo.

—No hace falta.

El teléfono sigue sonando.

—Marc.

Resopla y contesta.

—Dime.

No oigo la otra voz, solo las respuestas.

—No, no pasa nada.

Pausa.

—He dicho que no pasa nada que te afecte hoy.

Otra pausa.

—No tienes que venir.

Marc se gira hacia la ventana.

—Porque no quiero que hagas prácticas aquí por obligación.

Lo dejo terminar. La pausa no ayuda.

—Ya sé lo que dije el año pasado.

Otra.

—Pues estaba equivocado. —No parece cómodo pronunciando la frase.

—Si no quieres trabajar en VALDERYN este verano, no trabajas en VALDERYN. Busca otra cosa. Viaja. Suspende una asignatura si hace falta. No me importa.

Eso último es mentira. A Marc le importa todo lo que puede ordenarse en un calendario. Escucha.

—Sí. Te quiero también.

Cuelga y deja el teléfono boca abajo.

—No sabía que no quería venir —digo.

—No quiere.

—Y tú le dejas.

—¿Qué quieres, que lo ate a una silla?

—Mamá habría encontrado una forma más elegante.

Eso le hace mirarme.

—Precisamente. —Por primera vez entiendo que cuando Marc dice que le parece bien que sus hijos no entren en VALDERYN quizá no está fingiendo indiferencia. Quizá está intentando romper algo que empezó mucho antes que ellos.

No digo nada. Él tampoco.

—¿Vienes como hermana o como accionista?

—Samuel dice que intentaste cerrar R-17.

Al menos ya sé dónde colocar R-17: una línea de investigación dentro de VALDERYN, no un producto comercial. Lo que sigo sin saber es qué hacía para que Marc quisiera cerrarla y mi madre la protegiera.

Marc deja el teléfono sobre la mesa.

—Entonces vienes como problema.

—¿Es verdad?

Camina hasta la ventana y pulsa un botón. Las persianas empiezan a bajar.

—Sí. —No esperaba que fuera tan fácil.

—¿Por qué?

—Porque debía cerrarse.

—Eso tampoco es una respuesta.

—Lo es si sabes lo que significa gobernar una empresa.

—Ilumíname.

Se gira.

—Hay investigación. Hay producto. Y entre ambas cosas hay controles. Gente que firma, revisa, cuestiona, dice que no. R-17 llevaba años viviendo en una excepción porque mamá consideraba que las reglas eran para tecnologías que ella entendía peor.

—¿Era ilegal?

—No era eso lo que decía.

—¿Era peligroso?

—Tampoco.

—Estás haciendo un trabajo fantástico aclarando las cosas.

Marc se sienta.

—En 2023 pedí una revisión externa y congelé cualquier prueba nueva hasta que terminara.

—¿Y mamá?

—Se negó.

—¿Podía hacerlo?

—Helena Vidal podía hacer muchas cosas que formalmente no podía hacer.

Es la primera vez que utiliza su nombre conmigo.

—¿Qué prueba quería hacer?

Marc ordena dos papeles que ya estaban ordenados.

—No importa todavía.

—Importa si alguien está matando operaciones de tres mil millones usando su cuenta.

—No todo gira alrededor de los mensajes.

—Desde anoche, bastante.

Se levanta de nuevo. Marc nunca permanece sentado cuando una conversación deja de obedecerle.

—Mamá llevaba demasiado tiempo tratando un proyecto experimental como propiedad personal.

—¿Y tú querías quitárselo?

—Quería que VALDERYN funcionara como una empresa y no como una extensión de su voluntad.

—Eso debió de gustarle.

Marc apoya las manos sobre la mesa.

—Me llamó burócrata delante de ocho personas.

—Ha dicho cosas peores.

—Sí.

Hay algo en la forma en que responde que me hace bajar un poco el tono.

—¿Qué pasó después?

—Bloqueé el entorno.

—Samuel dice que varias veces.

—Porque varias veces volvió a abrirlo.

—¿Cómo?

—Tenía permisos de fundadora, acceso histórico, gente que le debía media carrera. Siempre encontraba una forma.

Pienso en la llave electrónica que todavía guardo.

—¿Cuándo fue la última vez que lo bloqueaste?

Marc no contesta de inmediato.

—La noche de la caída.

La oficina parece encogerse un poco.

—¿A qué hora?

—No me acuerdo.

—Claro que te acuerdas.

—No del minuto.

—¿Antes o después de la caída?

—Antes de que me llamaras desde el hospital.

Eso deja demasiadas horas posibles.

—¿Por qué no se lo contaste a la policía?

—Porque no era relevante para una caída por las escaleras.

—Ahora suena bastante relevante.

—Ahora estás buscando significado retrospectivo en todo lo que pasó aquella semana.

—¿Y no debería?

Marc se frota la cara con las dos manos.

Ahora parece cansado en lugar de enfadado.

—Clara, discutíamos casi todos los días.

—No así.

—Tú no estabas aquí. —No tengo una respuesta rápida.

—No.

—Te fuiste. Inés entraba y salía cuando le convenía. Papá llevaba años medio retirado. Yo estaba aquí.

Se queda mirando el escritorio.

—¿Sabes qué recuerdo yo de VALDERYN cuando tenía dieciocho años?

No las oficinas. Las noches en que papá volvía a casa y no sabía si podía pagar a todo el mundo el mes siguiente.

Mamá diciendo delante de nosotros que estaba todo bien y después discutiendo con él en la cocina.

Tú tenías catorce. Inés once. Para vosotras la empresa era una cosa que ocupaba demasiado espacio.

Para mí era la cosa que podía hundir la casa.

No lo había oído decir nunca así.

—Ahora vale miles de millones.

—Ya lo sé. Y una parte de mí sigue esperando el mes en que no lleguemos a nóminas.

—No te obligó nadie.

—No he dicho que me obligaran.

—Lo dices cada vez que me recuerdas que me fui.

Marc se vuelve hacia la ventana, ahora oculta tras las persianas.

—Mamá y yo habíamos convertido discutir en una forma de trabajar juntos. A veces no sabía dónde acababa una cosa y empezaba la otra.

Eso sí lo entiendo.

—¿Y aquella semana?

Se queda callado.

—Aquella semana era distinto.

—¿Por qué?

Marc abre un cajón, saca una carpeta fina y la deja delante de mí. No la abre.

—Dos días antes de morir, mamá pidió a Adriana que preparara una propuesta para el consejo.

—¿Qué propuesta?

—Retirarme temporalmente las competencias sobre investigación avanzada.

—¿Temporalmente cuánto?

—Hasta que dejara de «obstruir el futuro de la compañía».

Suena tanto a Helena que casi puedo oírla.

—¿Iba a echarte?

—No del todo.

—Solo de la parte por la que os estabais peleando.

—Y convocar una revisión de mi posición como CEO si me negaba.

Me quedo mirando la carpeta.

—¿Quién sabía esto?

—Adriana. Papá. Quizá Inés.

—¿Samuel?

—No lo sé.

—¿Y tú qué hiciste cuando te enteraste?

Marc apoya las manos en la mesa.

—Lo que hago siempre.

—Eso no me tranquiliza.

—Preparé argumentos. Hablé con consejeros. Intenté ganar la votación.

—¿Y con mamá?

—También.

—¿Cuándo la viste por última vez?

Marc endereza la espalda.

—El día antes de que cayera.

—¿Cómo acabó?

—Mal.

—Define mal.

—Me dijo que, si para proteger R-17 tenía que apartarme de la empresa, lo haría.

No sé qué responder. Marc tampoco añade nada.

La carpeta queda entre nosotros. Por primera vez desde que empezaron los mensajes tengo delante algo que se parece a un motivo: un hijo a punto de perder la empresa a la que había dedicado toda su vida.