Mamá está escribiendo… 10. Diecisiete peldaños
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10. Diecisiete peldaños

Diecisiete peldaños

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La escalera tiene diecisiete peldaños. Lo sé porque los cuento.

No es la primera vez.

Durante los meses posteriores a la muerte de mi madre los conté tantas veces que llegué a odiar el número. Diecisiete peldaños de piedra. Un descanso corto. Una barandilla de acero que yo habría diseñado de otra manera.

Estoy sola en el recibidor de Vallvidrera.

Mi padre ha salido a cenar con un antiguo socio. Marc sigue en VALDERYN. Inés me ha escrito dos veces y no he contestado. La casa suena distinta cuando no hay nadie dentro. Más grande y bastante menos importante.

Dejo el bolso en el suelo. Me coloco donde estaba mi madre.

No del todo. Eso no puedo.

El informe del hospital hablaba de traumatismo craneoencefálico grave, hematoma subdural, contusiones. El informe forense describía lesiones compatibles con una caída por escalera interior. Las diligencias habían acabado archivadas como muerte accidental.

Durante tres años me he agarrado a esas dos palabras: caída accidental, como si con eso bastara para explicar lo ocurrido. Levanto la cabeza.

El cuarto peldaño conserva la reparación clara que vi esta mañana. La hicieron después de que la policía terminara. Mi padre se negó durante meses. Luego un día dejó que vinieran dos operarios y no estuvo en casa mientras trabajaban.

Me acerco al pie de la escalera. Aquella noche mi madre estaba ligeramente girada hacia la pared. La cabeza aquí. Un brazo debajo del cuerpo. El otro extendido.

Yo entré por la puerta principal. Dejé las llaves sobre la consola.

La llamé antes de verla. No respondió.

Di cuatro pasos. Entonces la vi.

Cierro los ojos. No busco su cara.

Busco la habitación. La lámpara del recibidor estaba encendida.

También la del pasillo que lleva a la cocina.

El portátil estaba abierto sobre la mesa baja, a unos tres metros del cuerpo.

La pantalla estaba encendida. Eso sí lo recuerdo demasiado bien.

Una ventana oscura. El nombre de Marc arriba.

La pequeña llave electrónica conectada al lateral. Mi madre respirando detrás de mí mientras yo miraba una pantalla.

Abro los ojos. Todavía no quiero llegar a esa parte.

Camino hacia la puerta lateral.

La ampliación de la casa creó este acceso cuando yo estudiaba. Une el pasillo con una terraza estrecha y, desde allí, con el jardín y el camino que baja hacia la zona de aparcamiento sin pasar por la entrada principal.

Mi madre quería que el personal pudiera entrar sin cruzar el salón.

Yo le dije que era una mala circulación. Ella me respondió que la gente rica llama privacidad a diseñar recorridos para no ver a quien trabaja para ella.

Años después, cuando ya era rica de verdad, siguió utilizando la frase como si la hubiera inventado yo.

Pongo la mano en el tirador. La puerta se cierra sola.

Siempre lo ha hecho.

Un muelle hidráulico oculto en la parte superior. Lo instalaron después de un robo menor en 2019. Si la sueltas, tarda unos segundos y encaja en la cerradura automática.

La abro por completo y la suelto. La hoja empieza a cerrarse despacio. El hidráulico la frena al principio y acelera al final.

En menos de medio minuto encaja. Vuelvo a abrirla, esta vez solo un palmo.

También se cierra sola. Me quedo mirando la cerradura.

Aquella noche la puerta estaba abierta. No de par en par.

Una franja negra de jardín ocupaba el hueco. Recuerdo haber pensado que mi madre había vuelto a olvidarse de cerrarla.

Pero esta puerta no puede olvidarse abierta. La abro otra vez y busco una posición en la que se mantenga sola.

No existe. Pruebo con la alfombra.

No llega. Con el felpudo exterior.

Tampoco. Aprieto el tirador hasta que me duele la mano.

Saco el teléfono. Busco el atestado que llevo tres años evitando abrir.

Lo tengo en una carpeta llamada HELENA, entre documentos del hospital y facturas que nunca he sabido por qué conservé.

Encuentro la página de la inspección de la vivienda.

Puerta principal cerrada. Sin signos de acceso forzado. Puerta terraza salón cerrada.

Accesos laterales cerrados. Releo la última línea.

Accesos laterales cerrados. Cuando llegó la policía lo estaban.

Cuando llegué yo, uno no. Puede que mi recuerdo sea incorrecto.

Eso es posible. También puede que mi madre hubiera usado la puerta justo antes de caer.

Y existe una tercera posibilidad. Que alguien hubiera pasado por ella poco antes de que yo entrara.

Oigo un coche en la grava y me aparto de la puerta.

Durante un instante vuelvo a tener treinta y nueve años y a creer que voy a encontrar a alguien detrás de mí. No hay nadie.

Solo el reflejo de mi cara en el cristal. Repaso de nuevo el recorrido.

Escalera. Portátil.

Puerta lateral. Entrada principal.

Hasta ahora he pensado en aquella noche como una línea que empieza cuando yo llego.

Me pregunto qué ocurrió antes de que yo entrara.