9. NIÑOS
NIÑOS
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El archivo de mi madre ocupa tres estanterías, dos discos duros y una cantidad ofensiva de cajas etiquetadas con su letra.
FOTOS.
VIAJES.
NIÑOS.
La palabra me hace sonreír. Los niños tenemos cuarenta y seis, cuarenta y dos y treinta y nueve años, pero para Helena seguimos siendo una categoría de almacenaje.
Estoy en su antiguo despacho, en Vallvidrera. Son casi las 19:00 y fuera empieza a oscurecer. He vuelto después de VALDERYN porque necesito ver algo que no haya pasado por los servidores de la empresa, por Adriana o por un abogado.
Algo que fuera de ella. La habitación conserva el orden de cuando estaba viva porque mi padre no ha hecho nada con ella.
Ni museo ni limpieza. Simplemente nada.
En el escritorio sigue una piedra lisa que recogió en Menorca y utilizaba para sujetar papeles. Hay una taza con bolígrafos secos. Un libro abierto por una página que ya nadie recuerda por qué era importante.
Me siento en su silla. No debería hacerlo.
Lo hago igualmente. El primer disco duro contiene lo que espero: años de fotografías, vídeos domésticos, cumpleaños, vacaciones, cenas en las que todos hablamos demasiado alto.
Abro un vídeo de 2001.
Inés tiene catorce años y lleva un bañador amarillo imposible.
Marc intenta encender una barbacoa y mi padre le explica por tercera vez que está haciendo exactamente lo contrario de lo que debería.
Yo aparezco al fondo con diecisiete años, un libro y la expresión de alguien que considera que su familia existe principalmente para interrumpirla.
Mi madre está detrás de la cámara.
En el reflejo de la puerta de cristal aparece un instante: la cámara en una mano y la otra levantada para apartar a Marc del humo de la barbacoa. Incluso filmando está dirigiendo algo.
—Clara —dice su voz—. Una pregunta.
La Clara de diecisiete años ni siquiera levanta la vista.
—No.
—No sabes qué voy a preguntar.
—Por eso.
Oigo a Inés reírse fuera de plano. Yo también me río ahora.
Había olvidado esa tarde. Había olvidado el sonido exacto de la risa de mi madre cuando no estaba intentando convencer a nadie de nada.
El vídeo dura doce minutos. Durante nueve no ocurre nada importante.
Marc quema la primera tanda de carne. Inés se cae de una silla. Mi padre acaba haciendo la barbacoa mientras finge que no la está haciendo.
Marc se queda al lado de papá hasta que la segunda tanda sale bien, como si abandonar una barbacoa quemada fuera admitir una derrota. Inés convierte el desastre en un chiste antes de que él pueda tomárselo demasiado en serio. Los tres seguimos siendo reconocibles.
Luego mi madre vuelve a preguntarme.
—Si pudieras saber que una decisión te va a salir mal antes de tomarla, ¿querrías saberlo?
En el vídeo cierro el libro.
—¿Seguro que va a salir mal?
—No. Muy probable.
—Entonces no.
—¿Por qué?
—Porque si me lo dices ya has cambiado la decisión.
Detrás de la cámara nadie dice nada.
—Sigo sin tener la respuesta.
—Sí responde. —La imagen se mueve. Mi madre apunta un momento al suelo.
—¿Y si pudiera evitarte un error?
—Sería tu error, no el mío.
A los diecisiete años debía de ser agotadora. Cierro el vídeo.
Antes de seguir abro otro vídeo al azar.
NAVIDAD_2014.
Nora tiene cinco años y está intentando montar una casa de muñecas que claramente necesita un adulto. Yo leo las instrucciones. Marc busca una pieza que falta. Inés sostiene una pared al revés y defiende que también podría funcionar así.
Mi madre está sentada en el suelo. Lleva diez minutos diciendo que no necesita las instrucciones.
En el minuto once coloca el tejado al revés. Nora la mira.
—Abuela, está mal.
Helena observa la casa.
—Está diferente.
—Está mal. —Mi madre aguanta dos segundos. Después se ríe tan fuerte que tiene que apoyarse en la mesa.
No intenta ganar. No convierte el error en una lección.
Simplemente desmonta el tejado y deja que Nora le explique cómo va. Veo el clip entero.
No contiene ninguna pregunta. Ninguna decisión importante.
Ningún gesto que ahora pueda convertir en pista. Solo seis personas perdiendo veinte minutos con una casa de madera.
Por eso me cuesta cerrarlo. Durante unos segundos no hago nada.
La conversación no me parece extraña. Mi madre hacía aquello constantemente. En el coche. Cenando. De vacaciones. Dilemas absurdos, decisiones imposibles, preguntas que convertían un helado en un examen oral.
Lo extraño está en el nombre del archivo. No dice MENORCA_2001.
Dice: «C84_D12_R3». Abro las propiedades.
El vídeo original se digitalizó en 2016. Quince años después de grabarlo.
Y esta copia, la que acabo de ver, dura doce minutos y cuarenta segundos aunque el archivo original de aquella tarde dura más de una hora. Busco el original.
Está en otra carpeta, con un nombre normal.
MENORCA_AGOSTO_2001_04.
Alguien creó después una versión recortada solo con esa conversación. Abro otra.
C84_D19_R1.
Tengo veinte años. Discuto con Marc porque ha contado a mi madre que he rechazado unas prácticas que ella quería que aceptara. Otra.
C84_D27_R4.
Veintitrés. Mi madre me pregunta por qué sigo con una pareja que claramente me hace infeliz. Otra.
C84_D31_R2.
Veinticinco. Estoy explicando por qué he votado contra una decisión menor en una reunión de la fundación. No son recuerdos.
Son momentos de decisión. Pienso en VALDERYN: riesgo, patrones, decisiones. Tres palabras demasiado amplias para explicar por qué mi madre convirtió nuestra infancia en un archivo. Busco Marc.
M80.
Aparecen decenas de archivos. Inés.
I87.
Lo mismo. El sistema de nombres cambia con los años, pero la lógica no.
Persona. Situación.
Respuesta. Me digo que puede ser una forma de ordenar material. Mi madre ordenaba hasta los cajones de los hoteles si se quedaba más de tres noches.
Pero nadie necesita cuarenta y dos clips de su hijo discutiendo sobre decisiones para hacer un álbum familiar.
Encuentro una carpeta que no contiene vídeo.
ÍNDICES.
Dentro hay tres subcarpetas.
MARC.
INÉS.
CLARA.
Abro la mía. Hay documentos de distintos años. La mayoría tienen nombres que no entiendo.
El más antiguo es de 2014. No debería abrirlo.
Lo abro. Es una hoja de una sola página.
No hay logo de VALDERYN. No hay explicación.
Solo mi nombre, mi fecha de nacimiento y una lista de números junto a palabras que reconozco demasiado bien.
AUTORIDAD.
RIESGO.
LEALTAD.
PÉRDIDA.
CONTROL.
Al final de la página aparece una línea. «ÍNDICE DE CONSISTENCIA: 0,81». Debajo, en letra más pequeña: «estabilidad estimada de respuesta en situaciones comparables».
No sé si 0,81 es alto o bajo. Sí sé lo que no significa.
Esto no es un álbum familiar.