Mamá está escribiendo… 8. Agua con gas
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8. Agua con gas

Agua con gas

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La mesa es demasiado grande para tres personas. Hay una jarra de agua, tres vasos alineados y ninguna carpeta abierta todavía.

Daniel llega y pide agua con gas. No café. No whisky. Agua con gas.

Eso me decepciona un poco. Los compradores de empresas de tres mil millones deberían tener algún gesto que facilite odiarlos.

Daniel no ayuda.

Tiene cincuenta y pocos, traje sin corbata y el tipo de educación que hace que todo parezca razonable incluso cuando viene a explicarte cuánto vale la empresa que fundaron tus padres.

Habla un castellano de Madrid que se ha pasado demasiados años fuera y, cuando Adriana nos presenta, no intenta fingir que no sabe quién soy.

—Clara. Por fin.

—No sabía que me estabas esperando.

—Desde hace seis meses.

—Podías haber llamado.

—Lo intenté a través de Adriana. Mientras todos contábamos con el sí condicionado de Gabriel, tu firma no cambiaba el resultado.

—Ni yo.

—Y me dijeron que preferías no hablar de VALDERYN.

—En eso acertaron.

Adriana nos indica que nos sentemos alrededor de la mesa.

Daniel abre una carpeta de papel. Eso sí me sorprende.

Daniel advierte mi interés por la carpeta.

—Tu madre hacía lo mismo —dice.

—¿Traer papel a una empresa tecnológica?

—Corregirme presentaciones impresas. La primera vez que nos vimos tachó una página entera y escribió «esto solo explica por qué quieres comprar; no por qué debería vender yo».

—Eso también suena a ella.

—Luego pidió otra copia porque no quería llevarse la que había destrozado.

Sonríe al recordarlo, no al contármelo. Durante un segundo deja de parecer el hombre que representa a Calder Quay y se convierte en alguien que tuvo que aprender a discutir con Helena Vidal.

—¿Te caía bien? —pregunto.

—A ratos.

—Respuesta diplomática.

Daniel no intenta rescatar el silencio que queda. Empiezo a notar que esa es una de sus herramientas: espera hasta que el otro decide que callarse pesa más que hablar.

Daniel se encoge apenas de hombros.

—Es la que tengo.

Adriana esconde una sonrisa.

—Me han dicho que has decidido votar no —dice Daniel.

—De momento.

—Con la posición actual de la holding , es suficiente para bloquear la operación.

—Me han insistido mucho en que no lo llame veto.

—Entonces no lo llamemos así.

Daniel no responde al sarcasmo. Espera a que Adriana lo frene; no lo hace.

—¿Puedo hablar con ella con franqueza?

—Mientras no confundas franqueza con presión.

—Nunca.

Vuelve a mí.

—Calder Quay puede comprar VALDERYN sin la participación de vuestra holding si estructura otra operación. Sería más lenta, más cara y probablemente destruiría parte del valor. Nadie quiere hacerlo así.

—Eso suena bastante a presión.

Daniel deja pasar medio segundo.

—Sí. También es información.

Empiezo a entender por qué se dedica a comprar empresas.

—¿Conocías a mi madre? —La pregunta le cambia apenas la postura.

—Sí.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente para que no le gustara que dijera «la conocía».

—Eso sí suena a ella.

—Tuvimos conversaciones durante años. Algunas sobre VALDERYN. Otras sobre el sector.

—Tu nombre está en un documento suyo de once días antes de morir.

Adriana endereza la carpeta. No habíamos acordado que empezara por ahí.

Daniel no pregunta qué documento. Eso responde una parte.

—R-17 —digo.

Su mano se queda encima de la carpeta.

—¿Qué sabes de R-17?

—Hoy todo el mundo me hace esa pregunta en lugar de contestar a la mía.

—Porque tu pregunta presupone que R-17 es una cosa sencilla.

—¿No lo es?

—No sé qué es hoy.

—¿Y hace tres años?

Daniel vuelve a mirar a Adriana.

—Hace tres años era investigación.

—Eso pone el documento.

—Entonces el documento es correcto.

—Mi madre te lo iba a enseñar.

—Tu madre me enseñó muchas cosas.

—¿R-17?

—Una demostración muy limitada.

Algo cambia dentro de mí. No porque entienda más.

Porque hasta ahora todo el mundo había hablado de ese código como de una habitación cerrada. Daniel acaba de decir que estuvo dentro.

—¿Qué hacía?

—No puedo responder a eso sin saber qué te ha contado tu familia.

—No me han contado nada.

—Entonces el problema no soy yo.

Tiene razón y me irrita que la tenga.

—¿Calder Quay sabe que existe?

—Sí.

Adriana interviene.

—La operación contempla activos de investigación sujetos a due diligence específica. No significa que Calder Quay conozca el contenido completo.

Daniel asiente.

—Y no lo conocemos.

—Pero lo queréis.

—Queremos comprar VALDERYN entera. Si hay un activo material dentro de VALDERYN, queremos saber qué estamos comprando.

Me vuelve, exacta, la frase que mi padre soltó esa mañana en la cocina de Vallvidrera: «No sé qué creen que están comprando».

—Mi madre escribió que R-17 no se vendía.

Daniel se reclina un poco.

—Tu madre escribió muchas versiones de lo que quería hacer con R-17.

—¿Y cuál era la última?

—No lo sé.

—Estuviste en la lista de destinatarios once días antes de morir.

—Y no recibí esa versión. —Lo estudio. No parece incómodo. Tampoco relajado.

—¿Estabas negociando con ella?

—Estábamos hablando de una posible operación estratégica.

—¿Comprar VALDERYN?

—No necesariamente.

—Eso es una respuesta de comprador.

—Es una respuesta precisa.

Adriana comprueba la hora, pero no lo interrumpe.

—¿Por qué se detuvo? —pregunto.

Daniel cierra la carpeta.

—Porque Helena dejó de contestarme.

—Murió.

—Once días después de enviarme el borrador que tú acabas de encontrar. Entre una cosa y la otra canceló dos reuniones conmigo.

—¿Por qué?

—Nunca me lo dijo. —Ahora parece sinceramente molesto por no saber algo.

—¿Y ahora vuelves a comprar la empresa de sus hijos?

—Ahora represento a Calder Quay. VALDERYN está en venta. Es mi trabajo.

—Qué práctico.

—Lo es.

Se inclina hacia delante.

—Pero hay una diferencia importante entre lo que discutía con tu madre y la operación actual.

—¿Cuál?

—Helena quería mantener determinadas cosas fuera de cualquier transacción.

—R-17.

—Entre otras.

—¿Y Calder Quay?

—Calder Quay no firma una compra de este tamaño dejando fuera algo que pueda cambiar el valor o el riesgo de la compañía.

Ahora entiendo una parte de la pelea. Mi madre podía estar dispuesta a vender VALDERYN y negarse a vender lo que había dentro.

Marc e Inés quieren vender el paquete completo. Mi padre no quiere vender.

Y yo llevo un día creyendo que estamos discutiendo una sola cosa.

—Necesito tiempo —digo.

Daniel asiente.

—Tienes hasta el viernes.

—Adriana ha dicho lo mismo.

—Adriana es optimista.

Ella levanta una ceja. Daniel continúa.

—El comité de Calder Quay se reúne el viernes por la mañana. Si no tenemos una posición clara de Vidal Capital antes de las 12:00, retiraremos la propuesta actual.

—¿Y después?

—Después quizá haya otra propuesta. Quizá no. Quizá sea peor.

No amenaza. Simplemente coloca las consecuencias sobre la mesa.

—Casi cuatro días —digo.

—Algo menos.

—¿Y quieres que vote sí sin saber qué es R-17?

—No.

Esa respuesta no la esperaba.

—Quiero que sepas qué es antes de votar.

Daniel se levanta.

—Porque si firmas sin saberlo y lo descubres después, tendremos un problema. Y si votas que no sin saberlo, también.

Recoge la carpeta.

—Por cierto, Clara.

—¿Qué?

—Si esa persona solo quisiera parar la venta, habría enviado el documento a un periodista, no a ti.

—¿Entonces qué quiere?

Daniel abre la puerta.

—Que hagáis algo vosotros.

Se marcha. Me quedo mirando la puerta cerrada.

Hasta ahora todos queríamos saber quién escribía. Daniel quiere saber para qué.