7. LEE
LEE
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El siguiente mensaje no llega al grupo. Llega a mi correo.
Espero junto a una máquina de café en la planta del family office cuando el teléfono vibra con un remitente que no debería existir.
A esa hora el pasillo tiene el zumbido continuo del aire acondicionado y el ir y venir de gente que intenta no mirarme demasiado.
El asunto dice una sola palabra.
LEE.
No abro el archivo adjunto. Llamo a Adriana.
—Tengo un correo de mi madre.
—No abras nada.
—Eso ya me lo ha dicho Marc hoy.
—Entonces por una vez escuchad a la misma persona.
—Viene de VALDERYN.
La línea queda muda.
—¿Lleva algo adjunto?
—Sí. Un PDF.
—No lo abras ni lo reenvíes. Quédate donde estás. Seguridad va a preservar el mensaje directamente desde el buzón.
—Adriana, no tengo noventa años.
—Hoy prefiero asumir que sí.
Veinte minutos después, Adriana me hace pasar a una sala interior de Seguridad: sin ventanas, una mesa, dos portátiles y una pantalla apagada.
Con ella está Óscar, uno de los técnicos de Seguridad. Es quien ha preservado el correo desde el servidor y ha revisado el adjunto en un equipo aislado.
—No viene de internet fingiendo ser Helena —dice Adriana—. Ha salido de nuestra propia infraestructura.
—Su cuenta se cerró cuando murió.
—Su buzón personal, sí. Su archivo corporativo se conserva. Alguien con permisos elevados ha utilizado esa identidad como origen.
—¿La misma credencial de la eSIM?
—Aún no lo sabemos.
—¿Podría ser?
—Podría.
Óscar abre la copia del PDF en un portátil aislado de Seguridad y gira la pantalla hacia mí. No explota nada.
Es un documento de ocho páginas con el logo antiguo de VALDERYN y la palabra RESTRINGIDO en diagonal.
La fecha es de once días antes de la caída de mi madre. El título ocupa dos líneas.
REVISIÓN DE ACTIVOS DE INVESTIGACIÓN
ANTE POSIBLE CAMBIO DE CONTROL
—¿Esto es auténtico? —pregunto.
Adriana no contesta de inmediato. Se acerca a la pantalla.
—Sí.
—¿Lo habías visto?
—Una versión anterior.
—¿Y esta?
—No. —La respuesta no me gusta. Óscar desplaza el documento.
Las primeras páginas son lo que parecen: propiedad intelectual, repositorios, contratos, licencias, activos que pueden transferirse y otros que necesitan autorización específica.
No entiendo por qué mi madre habría querido que leyera eso.
Hasta que llegamos a la página seis. Hay un bloque marcado con una franja gris.
ACTIVO R-17
Clasificación: investigación restringida. Transferencia: no autorizada sin aprobación expresa del núcleo fundador.
Exposición a terceros: suspendida.
Debajo hay tres líneas más.
La segunda está tachada digitalmente. La tercera dice: «Riesgo principal: uso fuera del contexto para el que fueron obtenidos los datos de entrenamiento».
Vuelvo a la frase.
—¿Qué es R-17?
Adriana sigue mirando la pantalla.
—No lo sé.
—Eso no es verdad.
—Sé que existía una línea de investigación con ese código. No sé qué contenía.
Hasta ahora había dado por hecho que la investigación de VALDERYN terminaba, de una forma u otra, en los sistemas que vendía. R-17 no es un nombre comercial que reconozca. Ni siquiera parece un producto.
—¿Marc lo sabe?
—Probablemente.
—¿Inés?
—No puedo responder por ellos.
—¿Mi padre? —Esta vez no esquiva la pregunta.
—Tu padre fundó VALDERYN.
—Eso tampoco responde.
—Es la única respuesta que tengo.
Óscar amplía la parte inferior de la página.
—Hay comentarios incrustados.
A la derecha aparecen iniciales.
HV.
Mi madre. Uno de los comentarios sigue visible.
NO SE VENDE. NO TODAVÍA.
Lo que leo suena a alguien reclamando algo como suyo.
—¿Cuándo escribió eso?
—El mismo día del documento —dice Óscar—. Once días antes del accidente.
—De la caída —digo.
Adriana no corrige la palabra. Sigo leyendo.
El comentario siguiente es más largo: «Si esto sale de nuestro control antes de resolver la cuestión de origen, no podremos recuperarlo».
—¿Qué cuestión de origen?
Nadie responde. En la última página hay una lista de destinatarios previstos para la revisión final.
Marc Vidal. Gabriel Vidal.
Adriana Costa. Samuel Ortega.
El nombre de Samuel Ortega me suena: fue una de las personas del equipo técnico de los primeros años de VALDERYN, aunque no consigo ponerle una cara.
Y un quinto nombre que no conozco. Daniel Veiga.
—¿Quién es? —pregunto.
Adriana cierra los ojos un instante.
—Daniel Veiga, de Calder Quay. La persona con la que tienes una reunión a las 16:00.
—No tengo ninguna reunión a las 16:00.
—Ahora sí.