6. Cosas que sí podemos cambiar
Cosas que sí podemos cambiar
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No porque tenga sentido venir. Porque durante años he utilizado este sitio para demostrarme que mi vida existe aunque VALDERYN haga ruido.
Marina está de pie frente a una mesa llena de muestras.
La luz de la mañana entra por los ventanales y cae sobre madera, piedra y cartón pluma; durante un segundo todo aquí vuelve a ser un problema que cabe sobre una mesa.
—La puerta abre al pasillo —dice.
—Bien.
—El cliente la quiere hacia el dormitorio.
—¿Entonces para qué me preguntas?
—Para mantener viva nuestra tradición de discutir cosas que sí podemos cambiar.
Hay cuatro personas trabajando. Una maqueta a medio hacer. Música baja. Una impresora escupiendo planos. El olor a cartón y café recalentado.
Nada sabe que mi madre está escribiendo. Eso me parece un lujo.
Marina me cuenta la reunión. El cliente ha aceptado casi todo y ha vuelto a pedir que movamos un baño cuarenta centímetros, como si las bajantes fueran una opinión.
Durante veinte minutos consigo concentrarme. Corrijo una cota, respondo dos correos y le digo a un colaborador que no puede esconder un pilar dentro de un armario solo porque queda mejor en el render .
Entonces miro el teléfono. No hay nada.
Tres minutos después vuelvo a mirarlo. Marina lo ve.
—Puedes irte.
—No quiero irme.
—Pues disimulas fatal. Llevas veinte minutos mirando una bisagra como si fuera a confesarte algo.
Se sienta frente a mí.
—Clara, vete. Si vas a pasar el día esperando noticias de tu familia, prefiero que lo hagas sin fingir que estás revisando carpinterías y poniéndonos nerviosos a todos.
—Tengo que volver a VALDERYN.
—Ya.
—No sé cuánto va a durar esto.
—Yo tampoco sé cuánto va a durar el cliente del baño y aquí seguimos.
Me levanto. Antes de salir miro el estudio.
No parece amenazado. Pero ahora entiendo algo muy sencillo: si dejo que VALDERYN vuelva a ocuparlo todo, no necesitaré ningún mensaje de mi madre para perder la vida que construí fuera.
A las 12:15 Adriana me envía la lista de accesos posibles. Siete.
Tres pertenecen a sistemas. Uno al family office . Marc conserva permisos de emergencia por su cargo. Los otros dos son credenciales de continuidad creadas hace años para incidencias de fundadores y consejeros.
La llamo.
—¿Mi padre está en la lista?
—No como usuario nominal.
—Eso no ha sido un no.
—Porque todavía estamos reconstruyendo quién puede utilizar las credenciales de continuidad.
—¿Inés?
—No.
—¿Tú?
—Tampoco.
—Qué casualidad.
—Clara, esto sirve para acotar accesos, no para fabricar culpables.
Antes de que pueda responder, añade:
—Hay algo más que deberías saber antes de empezar a señalar personas. La línea de tu madre se ha renovado cada año desde que murió.
—¿Renovado cómo?
—La tarifa. El contrato. Nadie la dejó caducar.
—¿Quién paga?
—Vidal Capital.
—¿Quién autorizó mantenerla?
Adriana responde casi al instante.
—Tu padre.
No digo nada.
—Era el representante de la herencia —añade—. Había autenticaciones, servicios y contactos ligados al número. Mantenerlo activo no es raro.
—Tres años.
—Tres años no convierten una decisión administrativa en un crimen.
—No he dicho que lo haga.
—Lo estás pensando con bastante volumen.
Cuelgo poco después. Veinte minutos más tarde estoy de nuevo en Vallvidrera. Mi padre está en el taller del fondo de la casa.
En los planos originales era una habitación para el servicio. Gabriel la transformó poco a poco en el único lugar de Vallvidrera que mi madre nunca consiguió ordenar.
Hay cajas con cables de décadas distintas, radios, placas, tornillos en botes de mermelada y herramientas colocadas con una lógica que solo él entiende.
Está sentado frente a un amplificador abierto.
En una estantería, encima de una caja de válvulas, hay una radio portátil amarilla que reconozco de nuestra infancia. Mi madre la compró en un aeropuerto después de que una maleta desapareciera y pasó años llevándola de una habitación a otra aunque solo sintonizaba bien dos emisoras.
Mi padre la ha reparado tantas veces que casi no queda nada original dentro.
Cuando éramos pequeños, Helena dejaba cualquier cosa rota en una silla junto a la puerta del taller: un reloj, un secador, un juguete, una lámpara. Nunca preguntaba si Gabriel podía arreglarla. La dejaba allí como si el objeto y mi padre hubieran llegado a un acuerdo sin ella.
Después de morir, la silla estuvo vacía meses. Ahora hay unos auriculares de Nora encima.
—¿Te los ha dejado ella? —pregunto.
Mi padre toca uno de los auriculares de Nora.
—Solo falla un lado.
—Eso significa sí.
—Significa que falla un lado. —Por un instante me resulta imposible verlo como alguien relacionado con nada peligroso.
Solo es mi padre, rodeado de cosas que otras personas han dado por perdidas.
—¿Qué haces?
—Intento que deje de zumbar.
—Podrías comprar otro.
—Este ya lo tengo. —Me apoyo en el marco de la puerta.
—¿Por qué sigues pagando el teléfono de mamá?
No levanta la cabeza.
—Porque cancelarlo daba problemas.
—¿Qué problemas?
—Bancos. Cuentas. Verificaciones. Tu madre dejó instrucciones sobre qué conservar y qué cerrar, pero media vida digital seguía atada a ese número. Mantenerlo activo evitaba romper servicios mientras se cerraban uno a uno.
—Han pasado tres años.
—Sí.
—Podrías haberlo dado de baja después.
Ahora sí deja el amplificador.
—Podría haber hecho muchas cosas después.
No pide compasión. Tampoco la rechaza. Entro en la habitación.
—Anoche alguien pasó el número a otro teléfono.
La mano que sostiene el destornillador se queda quieta. Solo un instante.
—¿Estáis seguros?
—Sí.
—¿Cuándo?
—La activación fue a las 21:12. La solicitud se abrió el viernes.
Asiente lentamente.
—Entonces no fue una improvisación.
Es lo mismo que he pensado yo.
—¿Tú puedes entrar en el portal que gestiona esas líneas?
—No.
Gabriel vuelve al amplificador antes de que yo pueda leer nada en su cara.
—Adriana dice que no figuras como usuario.
—¿Entonces para qué preguntas?
—Porque tú autorizaste mantener el número.
Vuelve al amplificador.
—Eso no me da acceso al sistema del operador.
—Pero conoces a todo el mundo que sí lo tiene.
—Conozco a mucha gente.
—Papá.
—Clara.
Odio cuando hace eso. Repetir mi nombre como si fuera una respuesta completa.
—¿Dónde estabas el viernes a las 16:41?
Se quita las gafas.
—No lo sé.
—Puedes mirarlo.
—Podría.
—¿Lo harás?
—Si alguien serio me lo pide dentro de una investigación seria.
—¿Y yo qué soy?
Se toma un momento antes de responder.
—Mi hija que lleva despierta desde ayer y acaba de descubrir que alguien está usando la voz de su madre muerta.
No esperaba que lo dijera así.
—No es su voz.
—Ya sé que no.
—¿Entonces por qué lo has dicho?
Gabriel vuelve a ponerse las gafas.
—Porque a ti te parece su voz. Eso es lo que importa.
El zumbido del amplificador vuelve cuando toca una conexión con la punta del destornillador. Se aparta.
—Ahí está.
—¿El qué?
—El problema.
—Ojalá todos fueran así.
—La mayoría lo son.
—No. —Mi padre sonríe apenas.
—La mayoría de los problemas son simples. Lo difícil es saber cuál estás intentando arreglar.
Quiero preguntarle qué problema cree que estamos intentando arreglar ahora. El teléfono me vibra antes.
Es Adriana. Solo hay una línea.
«Tenemos el registro de aprobación». Debajo llega una segunda.
«La solicitud se completó con autorización de emergencia de dirección». Le enseño la pantalla a mi padre.
—¿Qué pasa? —pregunta. No aparto la vista de él. La solicitud no se aprobó con la cuenta de Marc ni con la de ninguno de los administradores de la lista.
Se completó con una credencial de continuidad de fundadores.
Llevaba años sin utilizarse. Hasta el viernes.