3. Lo que se puede corregir
Lo que se puede corregir
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El plano del piso continúa abierto en el portátil de la cocina. La puerta que anoche no sabía dónde colocar sigue en el mismo sitio.
Fuera empieza a aclarar, pero la luz de la mañana todavía no ha conseguido borrar del todo el reflejo de la pantalla en el cristal.
Durante un segundo envidio esa clase de problema. Nora aparece ya vestida para ir al instituto, con una tostada en la boca y el móvil en la mano.
—No vas a ir a trabajar —dice.
No es una pregunta.
—Tengo una reunión a las 09:00.
—Eso tampoco es trabajar.
—Gracias por la precisión.
Abre la nevera.
—¿Te escribió la abuela?
Nora saca leche, cierra la puerta con la cadera y evita mis ojos. Eso significa que lleva horas pensando cómo preguntarlo.
—Alguien está usando su cuenta.
—No he preguntado eso.
Marc estaría orgulloso.
—No es la abuela.
—Ya sé que está muerta, mamá.
Lo dice sin crueldad. Y así duele más. Se sienta frente a mí.
—Vi el grupo anoche cuando pasé por detrás. Ponía su nombre.
—No deberías mirar mi teléfono.
—No estaba mirando tu teléfono. Estaba ocupando media cocina.
—Nora.
—Vale. Perdón. ¿Qué dijo?
Podría contarle la parte fácil. Que alguien dice que la muerte de mi madre, Helena Vidal, no fue un accidente.
Que quiere impedir la venta de VALDERYN. Que en unas horas volveré a una casa en la que no he dormido desde hace tres años.
La parte difícil está formada por dos frases. Qué hiciste antes de llamar al 112.
Un minuto y treinta y siete segundos.
—Cosas sobre la empresa —digo.
Nora mastica despacio.
—¿Solo eso?
—De momento.
—Entonces no entiendo tu cara. —Me levanto con la taza y la llevo al fregadero aunque está vacía.
—No tengo ninguna cara.
—Tienes la cara de cuando perdisteis el concurso del hotel.
—Eso fue distinto.
—Dijiste que no te importaba y luego te encerraste en el baño veinte minutos.
—No me encerré.
—Cerraste con pestillo.
—Tenía una hija de dieciséis años en casa.
—Exacto.
—Tienes que irte.
—Tengo tiempo.
—Yo no.
Nora se apoya en el respaldo de la silla.
—¿Vas a vender?
—No lo sé.
—Pensaba que nunca querías saber nada de VALDERYN.
—No es tan sencillo.
—Siempre dices eso cuando algo es bastante sencillo pero no te gusta la respuesta.
La observo.
—¿Desde cuándo eres insoportable a esta hora?
—Desde que tú eres misteriosa antes del café.
Sonríe un poco. Yo también. Durante un segundo dejamos de hablar como si hubiera que resolver algo. Vuelvo a sentarme.
—Hay alguien utilizando el número de la abuela. Sabe cosas de la familia. Y está intentando que no votemos la venta.
—¿Votemos?
—La empresa no es solo de Marc.
—Ya sé que eres rica, mamá.
—Gracias de nuevo.
—Lo escondes fatal.
—No lo escondo.
Nora abarca el piso con un gesto.
—Vivimos en un piso enorme en Barcelona y te enfadas cuando enciendo el aire acondicionado con la ventana abierta. Lo escondes de una manera muy específica.
No puedo evitar reírme.
—Cierra la ventana y podrás encenderlo.
—Eso confirma mi teoría. —Durante unos segundos ninguna habla de Helena. Es una de esas treguas diminutas que solo existen entre personas que se conocen demasiado.
Nora termina la leche.
—¿Y si no vendes?
—No depende solo de mí.
—Pero te necesitan.
No sé quién se lo ha explicado. Probablemente mi padre, Gabriel. Con Nora habla de dinero de una forma que nunca utilizó con nosotros: sin convertirlo en una lección.
—Necesitan mi voto —digo.
—Entonces sí depende de ti un poco.
—Un poco.
—¿Y vas a hacer lo que diga un mensaje de alguien que finge ser la abuela?
La pregunta me detiene.
—No.
—Bien.
—Voy a averiguar quién lo manda.
Nora se levanta, deja el vaso en el fregadero y recoge la mochila.
—Eso sí suena a ti.
—¿Qué?
—Hacer una lista.
—Vete al instituto.
—Ya voy.
En la puerta se gira.
—Mamá.
—¿Qué?
—Si hay algo sobre ti en esos mensajes, prefiero que me lo cuentes tú antes de enterarme por una señora muerta.
Me arranca una sonrisa que no llega a durar.
—No hables así de tu abuela.
—Sabes lo que quiero decir.
Asiento.
—Te lo contaré.
Nora se queda un segundo valorando la promesa. Después se marcha.
La puerta se cierra. Espero a oír el ascensor.
A las 06:45 llama Marina, mi socia.
—Dime que estás despierta.
—Estoy despierta.
—No era lo mismo que preguntaba.
Miro el plano abierto en el portátil. Llevamos tres meses trabajando en la rehabilitación de un piso del Eixample para una pareja que ha cambiado de opinión tantas veces sobre la cocina que ya considero que forma parte del concepto arquitectónico.
Hoy, a las 10:00, teníamos que presentar la última versión.
—No voy a llegar —digo.
Marina necesita un segundo.
—Tú nunca dices eso.
—Hoy sí.
—¿Nora?
—Está bien.
—Entonces es familia Vidal. —No me gusta que pueda identificarlo por descarte.
—Tengo una reunión.
—¿VALDERYN?
—Sí.
—Creía que para ti VALDERYN era como fumar: algo que habías dejado y del que seguías hablando cuando te enfadabas.
—Yo no sigo hablando de VALDERYN.
—Exacto. —Me apoyo en la encimera.
—Puedes presentar tú.
—Puedo. Pero la puerta del dormitorio sigue abriendo hacia el sitio equivocado y el cliente va a preguntarme por qué.
El plano sigue abierto. Anoche ese problema consiguió ocuparme diez minutos completos. Ahora parece pertenecer a otra persona.
—Que abra hacia el pasillo —digo.
—Ayer defendías dormitorio.
—Ayer dormí.
Marina deja el tono de broma.
—¿Ha pasado algo serio?
Podría decirle que mi madre muerta ha vuelto a escribirnos. En lugar de eso digo:
—No lo sé todavía.
—Vale. Yo cubro la reunión. Pero me llamas antes de mediodía, aunque solo sea para decirme que sigues viva.
—Qué dramática.
—Trabajo contigo.
Cuelgo.
El estudio es pequeño. Ocho personas si contamos a dos colaboradores que vienen por proyecto. No necesito cada reforma para pagar la hipoteca, y todo el mundo que me conoce lo sabe. Precisamente por eso llevo quince años intentando que el trabajo no sea un hobby caro de una heredera.
Marina nunca me ha tratado así.
Cerrar una obra bien, conseguir que una familia viva mejor en ochenta metros cuadrados o convencer a alguien de no tirar una pared que sostiene media finca me ha resultado siempre más fácil de entender que VALDERYN.
En arquitectura, casi todo se reduce a una secuencia que entiendo: problema, límite, decisión, consecuencia. En el estudio, al menos, una mala decisión suele dejar una medida concreta que todavía puedes corregir.
Entonces vuelvo a coger el teléfono. Abro el grupo.
No hay mensajes nuevos. El último sigue ahí, pero no necesito leerlo otra vez.
Acabo de prometerle a mi hija que le contaré la verdad.
Y llevo tres años sin contármela entera ni a mí misma.