2. El intervalo
El intervalo
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—Clara.
Marc sigue al teléfono.
Sigo en la cocina, con el portátil abierto y el café que me serví antes del primer mensaje ya frío.
—Estoy aquí.
—¿Qué significa eso? —Sé a qué se refiere. Vuelvo al último mensaje del grupo.
Clara, explícales qué hiciste antes de llamar al 112.
—No significa nada.
—No te he preguntado eso. —Mi hermano siempre ha tenido una forma irritante de separar una respuesta de la pregunta que pretendía contestar.
—Llegué, encontré a mamá y llamé.
—¿En ese orden? —No respondo.
Al otro lado, el silencio se alarga. Marc ha entendido lo que no he dicho.
—Joder, Clara.
—No empieces.
—¿Qué hiciste?
—Nada que tenga que ver con esto.
—Entonces dime qué hiciste.
Cuelgo. Durante dos segundos me quedo mirando mi nombre en el mensaje de una mujer muerta.
Después bloqueo el teléfono y lo dejo boca abajo sobre la mesa. No sirve de nada.
La cocina sigue siendo la misma. El vaso de Nora junto al fregadero. Una taza con restos de café. Las muestras de madera del piso que estoy reformando apiladas junto al portátil. Todo sigue donde estaba cinco minutos antes.
Yo no. Abro el grifo y me mojo las manos.
No sé por qué. En la casa de Vallvidrera también me lavé las manos aquella noche.
El recuerdo llega antes de que pueda apartarlo. La puerta abierta.
La luz del pasillo encendida. Mi madre al pie de la escalera.
Un zapato varios peldaños más arriba. Y la pantalla del portátil iluminándole un lado de la cara.
No pienso en lo que hice después. Pienso en lo que hice primero.
Me arrodillé. Le dije «mamá» dos veces.
La segunda movió los ojos. Eso es lo que recuerdo con más claridad. No la sangre. No el ruido de mi voz. Sus ojos buscando los míos.
Estaba viva.
Cuando llegó la ambulancia seguía respirando. La operaron de madrugada. Murió al día siguiente sin volver a hablar conmigo.
Durante tres años he utilizado esa última parte como una pared. Murió al día siguiente.
Como si todo lo que ocurrió antes dejara de importar por eso.
La policía estuvo en la casa aquella madrugada.
Fotografió la escalera, el zapato, el portátil.
Preguntaron si mamá había bebido, si se mareaba, si había discutido con alguien.
Yo dije que la había encontrado sola. Nadie aportó nada que obligara a mirar la escena de otra manera.
Cuando murió al día siguiente se abrieron diligencias judiciales y hubo autopsia forense.
Las lesiones eran compatibles con una caída por la escalera.
Dos días después el juzgado había autorizado la entrega del cuerpo y estábamos organizando un funeral.
Las diligencias acabaron archivadas como muerte accidental.
El teléfono vuelve a vibrar. No es el grupo.
Es Inés. Contesto.
—Dime que es una broma de Marc.
Su voz no suena como la de alguien que cree que sea una broma.
—Marc piensa que he sido yo —digo.
—Marc piensa que todo lo que no controla es una amenaza.
—¿Y tú qué piensas?
—Que alguien tiene el teléfono de mamá.
—Eso es evidente.
—No, Clara. Quiero decir el teléfono. El de verdad.
Me apoyo en la encimera.
—¿No estaba guardado?
—Eso creía.
—¿Dónde?
—Pregúntale a papá. —La respuesta llega demasiado rápido.
—¿Por qué a papá?
—Porque fue él quien se ocupó de sus cosas después del hospital.
Antes de que pueda contestar, oigo a Nora detrás de mí.
—Mamá. —Me giro. Está descalza en la puerta de la cocina, con una camiseta enorme y el pelo recogido de cualquier manera. Frunce el ceño al ver el teléfono en mi mano.
Nora tiene diecisiete años y una habilidad irritante para parecer adulta justo cuando quiero tratarla como a una niña.
—¿Qué pasa?
—Nada. —Lo digo sin pensar. Nora me observa un segundo.
—Perfecto —dice—. Entonces tienes la cara que pones cuando no pasa nada.
—Vuelve a dormir.
—Son casi las 00:00.
—Precisamente.
—No consigo seguirte.
—Nora.
Levanta las manos.
—Vale.
Da dos pasos hacia el pasillo y se detiene.
—¿Es por la abuela? —No sé qué ha visto. Quizá el nombre en la pantalla. Quizá mi cara. Con Nora suele ser peor intentar averiguarlo.
—Mañana te lo explico.
—O sea que sí.
Se marcha antes de que pueda detenerla. Inés sigue al teléfono.
—¿Está Nora ahí?
—Sí.
—No le digas nada todavía.
El pasillo ya está vacío.
—Eso mismo acabo de hacer.
—Bien. —La palabra me molesta más de lo que debería.
—¿Bien?
—Hasta que sepamos quién está haciendo esto.
—Mamá habría dicho lo mismo.
Inés no responde. El grupo familiar vuelve a moverse.
Esta vez es Marc.
MARC
No borréis nada. No contestéis. Mañana, nueve de la mañana, en Vallvidrera.
—Marc ha escrito —digo.
—Lo sé.
—¿Y papá?
—No me coge.
En el grupo, mi padre sigue sin escribir.
—Llámalo otra vez.
—Llevo tres. —Durante unos segundos ninguna de las dos dice nada.
—Mañana le preguntamos dónde está el teléfono —digo.
—¿Y quién puede tocarlo?
Cuelgo. Entonces llega otro mensaje.
MAMÁ
No fue enseguida.
Debajo aparece una segunda línea.
MAMÁ
Un minuto y treinta y siete segundos.
No necesito calcularlo. Sé de qué intervalo habla.