Mamá está escribiendo… 1. Los tres puntos
2%
Mamá está escribiendo…

Mamá está escribiendo…

Por Nicolas Soler

© inepub.com

1. Los tres puntos

Los tres puntos

●    ●    ●

Mi madre lleva muerta tres años cuando vuelve a escribir en el grupo de la familia.

No llega un mensaje. Al principio solo aparece el indicador de escritura junto a la foto de mi madre: tres puntos que laten en la parte baja del chat. Mamá está escribiendo.

Miro la pantalla del teléfono sin tocarla.

Son las 23:48 de un domingo. Tengo abierto en el portátil el plano de un piso que mañana debería presentar a un cliente y llevo diez minutos decidiendo si una puerta debe abrir hacia el pasillo o hacia el dormitorio. Hace un momento ese problema me parecía importante.

La cocina está casi a oscuras. La pantalla del portátil deja un rectángulo blanco sobre la mesa y el teléfono añade otra luz, más fría, cada vez que se despierta.

El grupo se llama FAMILIA. En mayúsculas. Lo creó mi madre cuando todavía creía que poner a cinco personas en una misma conversación era una forma de mantenerlas unidas.

No lo usamos desde su funeral. Podríamos haberlo borrado. Ninguno lo hizo.

La foto sigue siendo la misma: los cinco en una terraza, demasiada luz, mi padre mirando a otra cámara, mi hermano Marc con una copa en la mano, mi hermana Inés riéndose de algo fuera de plano. Mi madre en el centro.

Mi madre está ligeramente girada hacia Inés, como si en el instante de la foto hubiera detectado algo fuera de cuadro. Incluso quieta parece estar atendiendo a una cosa que los demás todavía no hemos visto.

Los tres puntos desaparecen.

Espero. Vuelven.

Me irrita antes de asustarme. Alguien ha entrado en su cuenta. Marc habrá hecho algo con los teléfonos antiguos. Inés habrá tocado donde no debía. Alguno de los que todavía se ocupan de sus cosas habrá encendido un dispositivo antiguo sin pensar.

Durante unos segundos me aferro a cualquiera de esas explicaciones. El teléfono vibra.

MAMÁ

No me caí.

Leo la frase dos veces. Después una tercera.

La puerta del dormitorio de mi hija Nora está cerrada al final del pasillo. Bajo el brillo de la pantalla por un impulso absurdo, como si pudiera despertarla desde allí.

Los tres puntos aparecen junto a la foto de Inés.

INÉS

¿Quién coño es?

Marc responde antes.

MARC

No respondáis.

Los tres puntos vuelven.

Esta vez el indicador permanece varios segundos.

No me muevo. Ni siquiera cuando el portátil entra en reposo y el plano desaparece de la mesa, dejándome mi propio reflejo en negro.

MAMÁ

Uno de vosotros me mató.

El teléfono empieza a sonar en mi mano. Marc.

Lo dejo sonar. Inés vuelve a escribir.

INÉS

Papá, contesta.

Mi padre no escribe nada.

Eso me inquieta más que los mensajes.

Abro la información del contacto de mi madre. La fotografía que guardé hace años. Su número. El mismo número. No una cuenta nueva con su nombre. No un contacto duplicado.

Sé que eso no demuestra nada. El número puede conservarse, la cuenta recuperarse y el teléfono estar en manos de otra persona.

Lo sé y, aun así, vuelvo al grupo. Los tres puntos aparecen otra vez.

Pienso en la última vez que vi a mi madre escribir en ese grupo. No consigo recordarla.

Sí recuerdo, en cambio, su último mensaje normal.

Compra pan.

Ni una despedida. Ni una frase importante. Compra pan.

Durante meses fui incapaz de borrar aquella conversación por eso. El siguiente mensaje aparece.

MAMÁ

Clara, no dejes que vendan VALDERYN.

VALDERYN es la empresa que fundaron mis padres y que mi familia está a punto de vender.

Esta vez contesto a Marc.

—¿Lo estás viendo? —pregunta antes de que pueda hablar.

—Sí.

—No escribas nada en el grupo.

—No pensaba hacerlo.

Oigo voces detrás de él. Teclas. Una puerta que se cierra.

—¿Dónde estás?

—En casa.

—Quédate ahí. Voy a llamar a seguridad.

—Marc.

Al otro lado no se oye nada.

—¿Qué?

—Mamá está muerta. —La frase me sale antes de pensarla. La respuesta de Marc llega después de un hueco demasiado largo.

—Ya lo sé.

El teléfono vibra otra vez contra mi oreja. Aparto la pantalla.

Los tres puntos vuelven.

—Clara, no lo abras —dice Marc.

Pero ya ha llegado.

MAMÁ

Clara, explícales qué hiciste antes de llamar al 112.

La llamada de Marc continúa abierta. No digo nada.

Porque durante tres años todos han creído que llamé en cuanto la encontré. Y no fue así.