4. La casa que no cambia
La casa que no cambia
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La casa de Vallvidrera no ha cambiado y eso me parece una falta de educación.
La misma grava bajo las ruedas. Los mismos cipreses junto al muro. La misma casa antigua de piedra, interrumpida por la ampliación de vidrio que mi madre mandó construir cuando empezó a ganar suficiente dinero para decidir que una casa no tenía por qué seguir siendo como era.
Yo tenía veintidós años y acababa de terminar Arquitectura.
Le dije que aquella unión no funcionaba. Ella contrató a otro arquitecto.
Veinte años después todavía creo que tenía razón. Aparco detrás del coche de Marc.
Son las 08:56. La puerta principal está abierta.
No me gusta. Desde que murió mamá nadie deja esa puerta abierta.
Entro. La escalera queda a la izquierda.
No la miro. Eso también es mentira.
La miro lo suficiente para saber que han cambiado la alfombra del pasillo de arriba y que en el cuarto peldaño continúa la pequeña marca clara de la piedra que nunca consiguieron igualar después de la caída.
—Clara.
Inés aparece desde la cocina y me abraza antes de que pueda decidir si quiero que lo haga. Huele a perfume y café.
Incluso después de una noche así, parece haber decidido qué parte del cansancio va a enseñar: pelo recogido, pendientes pequeños, nada fuera de sitio salvo la prisa con la que me abraza.
—Tienes una cara horrible —dice junto a mi oído.
—Nora me ha dicho algo parecido.
—Nora es lista.
—Tú no tienes esa excusa.
Inés se separa y sonríe. Por un instante volvemos a tener veinte años menos.
Después veo a Marc detrás de ella. Camisa blanca. Sin corbata. Portátil bajo el brazo. Lleva despierto tantas horas como yo y parece que haya aprovechado para contestar correos.
Las canas le han ganado terreno en las sienes desde el funeral. Es casi el único cambio visible en él.
Sus dos hijos están ya casi fuera de casa. Ninguno quiere entrar en VALDERYN. Marc dice que le parece bien cada vez que sale el tema, con una insistencia que en él siempre me hace dudar de si está informando o intentando convencerse.
—Llegas pronto —dice.
—Tú también.
—Vivo aquí media vida.
—Ese es el problema. —No sonríe. Mi padre está sentado en la mesa de la cocina con una cafetera italiana delante.
En una casa con dos máquinas de café que cuestan más que mi primer coche, Gabriel Vidal sigue utilizando una Bialetti abollada que compró antes de que naciera Inés.
Sus manos parecen mayores que el resto: nudillos anchos, uñas cortas, una cicatriz fina en el índice que recuerdo de antes de VALDERYN. Manos de alguien que todavía prefiere arreglar una cosa a sustituirla.
Tiene el periódico abierto en papel. Eso tampoco ha cambiado.
—Hola, papá.
Levanta la vista.
—Has dormido poco.
—Buenos días a ti también.
Se levanta, me besa en la mejilla y vuelve a sentarse. No menciona los mensajes.
Adriana Costa, directora jurídica de VALDERYN y asesora habitual de la familia, está al otro extremo de la mesa, revisando un documento con un bolígrafo.
Traje oscuro, pelo recogido, una carpeta demasiado fina para justificar que esté aquí a las 09:00.
Antes de saludarme coloca el bolígrafo paralelo al borde de la carpeta. No sé si es una manía o una declaración de principios.
—Buenos días, Clara.
—Adriana.
—Siento que tengamos que vernos así.
No sé si se refiere a la venta, a mi madre muerta escribiéndonos o a ambas cosas.
Inés me sirve café sin preguntar. Recuerda cómo lo tomo.
Abre un armario y saca un plato pequeño con cuatro galletas de almendra.
Inés siempre recuerda esas cosas: cómo toma el café cada uno, quién está enfadado con quién, quién necesita una pregunta y quién necesita cinco minutos sin ninguna.
De pequeña parecía curiosidad. De adulta ha convertido algo muy parecido en trabajo: dirige alianzas y relaciones institucionales de VALDERYN.
—¿Todavía compras estas? —pregunto.
—Papá.
Gabriel no levanta la vista del periódico.
—Las compraba vuestra madre.
Nadie toca las galletas.
Durante años estuvieron siempre en esta cocina aunque a ninguno de nosotros le gustaran especialmente. Helena las compraba porque una vez, cuando éramos niños, Marc dijo que eran sus favoritas. Marc tenía nueve años y probablemente quería agradarle.
Inés empuja el plato hacia el centro.
—Pues alguien tendrá que terminarlas antes de 2040.
Marc coge una.
—Problema resuelto.
No sé por qué ese gesto me duele más que ver la escalera.
—Vamos a hacer esto rápido —dice Marc.
—Eso suele decir la gente antes de una reunión larga.
Adriana cierra la carpeta.
—Hay dos asuntos distintos y sería conveniente no mezclarlos.
—Ya están mezclados —digo.
—Legalmente, todavía no.
Marc apoya el portátil sobre la mesa.
—Calder Quay no va a esperar a que resolvamos un episodio familiar.
Calder Quay es el grupo que negocia la compra de VALDERYN.
—¿Un episodio familiar?
—Sabes a qué me refiero.
—Nuestra madre muerta ha acusado a uno de nosotros de matarla.
Mi padre deja la taza en el plato. La porcelana golpea un poco más fuerte de lo necesario. Marc deja de teclear.
—Precisamente por eso no deberíamos tomar decisiones en función de mensajes que no sabemos quién manda.
—En eso estoy de acuerdo.
—Perfecto. Entonces votamos.
—No.
Inés se apoya en la encimera.
—Eso ha durado menos de lo que esperaba.
Adriana abre de nuevo la carpeta.
—Clara, para que no haya ninguna confusión: no tienes un derecho de veto individual sobre la venta de VALDERYN.
—Gracias. Me tranquiliza saber que no me he perdido esa parte de mi propia vida.
—Vidal Capital sí tiene que aprobar la venta de su participación. Los estatutos de la sociedad limitada familiar —la holding que concentra vuestra participación— exigen tres votos de cuatro para una operación de este tipo.
Miro a Marc.
—Tú sí.
—Sí.
A Inés.
—Sí. —Mi padre dobla una página del periódico.
—No. —Lo dice sin levantar la voz. Inés suspira.
—Y aquí estamos.
Miro a Adriana.
—Así que no tengo veto. Solo soy la persona que decide si hay tres votos.
—Ahora mismo, sí.
—Mucho mejor.
Marc gira el portátil hacia mí. En la pantalla hay una cifra con demasiados ceros.
No necesito leerla completa.
—La oferta es buena —dice—. Muy buena. No solo para nosotros. Para los fondos, para empleados con acciones, para todo el mundo.
—Eso suena a discurso.
—Porque llevo seis meses teniendo que repetirlo.
—A mí no.
—Porque llevas quince años procurando no saber nada.
—Me mandáis resúmenes.
—Que reenvías a Adriana sin abrir.
—Los abro. A veces.
Inés deja la taza.
—Hasta la semana pasada tu voto no decidía nada. Papá había dado un sí condicionado a qué activos entraban finalmente en la operación. Lo retiró y, de pronto, tú eras el tercer voto.
Miro a Gabriel.
—¿Y nadie pensó en empezar por ahí?
—Adriana te llamó —dice Marc.
—Adriana me dejó dos mensajes que decían «Calder Quay».
Adriana levanta la vista de la carpeta.
—Y te pedí que me devolvieras la llamada.
—Lo sé.
—No lo hiciste.
—También lo sé.
Inés empuja el plato de galletas hacia el centro, aunque nadie quiere otra.
—Podemos odiarnos después del café.
—No te odio —digo.
—Yo hablaba de vosotros dos.
Marc ignora el comentario.
—Calder Quay nos abre Estados Unidos y Asia de una forma que solos tardaríamos años en conseguir. Mantienen Barcelona, el equipo y la marca.
VALDERYN había crecido vendiendo a grandes organizaciones tecnología para analizar riesgo, detectar patrones y apoyar decisiones.
—Y vosotros salís.
—Yo sigo tres años.
—Eso no es quedarse.
—Es una operación empresarial, Clara, no un matrimonio.
Mi padre pasa una página. Marc lo mira.
—¿Quieres participar en algún momento?
—Ya he votado.
—Te he preguntado si quieres participar.
A Gabriel le aparece una pequeña sonrisa. Marc no la aprecia.
—Papá cree que estamos vendiendo demasiado barato —dice Inés.
—No. Eso lo estás diciendo tú.
—Crees que no deberíamos vender.
—Eso sí lo he dicho.
—¿Por qué? —pregunto. Mi padre deja el periódico. Mira primero a Marc. Después a Inés.
—Porque no sé qué creen que están comprando.
Nadie responde. Inés deja la taza en la encimera.
—Calder Quay ha hecho una due diligence —una revisión exhaustiva de la empresa— de nueve meses —dice Marc.
—Eso responde a otra pregunta.
—Papá —dice Inés. El tono es suave. Casi cariñoso. También es una advertencia.
Adriana interviene.
—Hay activos y líneas de investigación que todavía están sujetos a revisión específica. Es normal en una operación de este tamaño.
—¿Qué activos? —pregunto.
Marc espera a Adriana. Ella no le da nada.
Mi padre vuelve al periódico.
—Necesitáis mi voto para vender algo que todavía no queréis explicarme.
Marc se frota la frente.
—Necesitamos que entiendas la operación completa antes del viernes.
—Empieza por la parte que os estáis saltando —dice Gabriel.
Inés se acerca y se sienta frente a mí.
—Clara. Nadie te pide que firmes hoy.
—Calder Quay sí.
—Calder Quay pide una decisión antes del viernes.
—Hoy es lunes.
—Sé qué día es.
—Entonces tengo cuatro días.
Marc niega con la cabeza.
—No conviertas esto en una investigación privada.
—Nuestra madre acaba de hacerlo por mí.
—No es mamá —dice Marc.
—Entonces averiguaremos quién es.
—¿Y mientras tanto qué hacemos con una empresa de ochocientas personas?
Por un instante vuelve a ser solo mi hermano, el que siempre ha creído que si algo se cae cuando él se aparta, la única solución es no apartarse nunca.
Miro a mi padre.
—¿Dónde está el teléfono de mamá?
La cafetera deja escapar un pequeño sonido metálico al enfriarse.
Gabriel deja pasar un segundo de más.
—Guardado.
—Eso me dijeron anoche.
—Pues sigue siendo verdad.
—¿Quién puede acceder?
Adriana contesta antes que él.
—Lo averiguaré.
—Hoy.
—Sí.
Marc cierra el portátil.
—Entonces hemos terminado.
—No —digo.
Todos me miran.
—Yo sí tengo una decisión que comunicar.
Inés se queda quieta. Mi padre también.
—Hasta que sepamos quién está utilizando la identidad de mamá y qué quiere realmente de esta venta, mi voto es no.
Marc aprieta la mandíbula.
—Eso no es investigar. Es dejar que alguien que nos está chantajeando dirija la compañía.
—Puede ser —digo mientras me levanto—. Pero si queríais que votara sin saber qué compran, habéis elegido una semana bastante mala.
Adriana comprueba la hora.
—Entonces tenemos cuatro días.
Inés me acompaña hasta la puerta. Antes de salir, baja la voz.
—Si de verdad quieres saber quién escribe, no empieces por los mensajes.
—¿Por dónde?
Inés mira hacia el interior de la casa.
—Por el teléfono —dice—. Averigua quién ha podido tocarlo desde que murió mamá.