53. MARLOWE
MARLOWE
Hazel se desvanece en el aire. Sus palabras me acompañan como un eco que dudo que se extinga de mi mente jamás. Todavía puedo sentir su aroma durante unos segundos, pero poco después solo queda el frío y el silencio.
Me pongo de pie con dificultad y me acerco a mi madre. A nuestro alrededor están los cuerpos de Alec y Aaron Aurigae. Ella da un paso a tientas hacia mí y trata de ponerme la mano en el hombro, pero la aparto. Su tacto me repugna.
—Hijo… —murmura ella.
Pero no la quiero escuchar. No quiero saber nada de lo que tenga que decirme, porque ahora al que le toca hablar es a mí.
—Yo no soy tu hijo, nunca te has comportado como mi madre —le espeto con los dientes apretados—. Nunca has pensado en mí. Tu propia avaricia te ha consumido y, al final, te has quedado sin nada. Has perdido todo lo que tenías y hoy también me vas a perder a mí.
Pero ella chasquea la lengua.
—Entiendo que estés enfadado, cariño…
—¡Basta! —grito.
Una bandada de pájaros huye del bosque.
—¿Por qué no nos vamos de aquí? —me propone ella, haciendo oídos sordos a lo que le digo.
Pero yo no tengo ningún lugar al que ir. Y eso, por difícil que parezca, hace que me sienta libre. No puedo ir a ningún lugar y, al mismo tiempo, puedo ir a donde quiera. Puedo pasar la noche en una taberna, en un parque o incluso en un barco en dirección a América.
—No me iré contigo.
—Marlowe, entiendo que todo esto es muy difícil para ti —vuelve a insistir—. Pero tienes que entender que siempre he actuado pensando en nosotros.
—¡Mataste a mi padre! —le suelto, con dificultad para coger aire después. La atmósfera es asfixiante, pero no hay nada peor que comprender que siempre has vivido una mentira. Que nunca tuve un suelo real bajo mis pies, que siempre viví sobre unas arenas movedizas que otros controlaban por mí.
Ella exhala, con una expresión abatida que ya no me creo.
—No lo maté. Tu padre ya estaba enfermo y nunca sería el mismo. Lo ayudamos a reunirse con la Muerte de una forma pacífica. Eso, aunque no lo creas, es un acto de amor, Marlowe.
Se me escapa una risa, porque no me esperaba ese comentario.
—¿Amor? ¿Alguna vez has sentido amor en tu vida, Gwendoline?
Creo que confundes esa palabra con las ansias de poder, con controlar a los demás, con tener a todo el mundo a tu servicio, actuando por ti mientras tú te quedas en casa después de mover todos los hilos.
Pero yo ya me he cansado de ser una marioneta rota.
Y ya no quiero tu atención, tu compasión ni tu supuesto amor.
Mi madre agita la cabeza. Y su rostro se contrae en una mueca de desagrado. Bajo la luz de la luna, con la extenuación del duelo y el desgaste de la guerra, parece mucho más mayor de lo que nunca la he visto.
—Nunca podrás encontrarla, Marlowe. Lo sabes, ¿verdad?
Firmó un contrato conmigo con una cláusula que ella misma exigió.
Ahí se decía que ningún miembro de la familia Malenfant podría dar con ella en el futuro —me informa.
Sus ojos ciegos están fijos en los míos, aunque no pueda ver el dolor en ellos a medida que comprendo lo que Hazel quería decirme—.
Su rostro se convertirá en un borrón. Si te la cruzas por la calle, será como si no la hubieras visto.
Si le escribes una carta, nunca llegará a su destino, probablemente se perderá por el camino.
Déjala vivir y recuerda que ha tenido suerte de haber sobrevivido a todo esto.
Ha sido muy afortunada, Marlowe. Ahora olvídala.
Pero no entro en su juego, porque sé que eso es lo que quiere: distraerme para ablandarme y después aprovechar mis debilidades para controlarme. Y eso ya se acabó.
—A mí tampoco me encontrarás —asevero con la voz rasgada—.
No quiero saber nada de vuestros estúpidos juegos y manipulaciones mentales.
Los segadores podrán haber ganado la guerra, pero tu ambición desmedida ha sido la culpable de destruirlos desde dentro.
Nadie quiere dar la vida por una causa vacía y la Muerte no te esperará al otro lado para darte la enhorabuena, madre . Ni yo tampoco.
Sin esperar su respuesta, me desvanezco. Todo se vuelve confuso a mi alrededor mientras pienso a qué lugar quiero viajar. Podría ir a cualquier sitio en el que ya haya estado antes y justamente eso me hace dudar sobre mi próximo destino. Pero antes, hay otro lugar al que debo ir.
Sigo viajando, rodeado de un humo espeso, hasta que aparezco en un lugar que conozco muy bien.
Me recibe el olor a humedad, que nunca me ha resultado tan desagradable como ahora.
Tomo una bocanada de aire, acostumbrándome a esta nueva sensación de respirar sin problemas, y me doy cuenta de que no estoy solo.
El basilisco no se sorprende al verme. Parece que me estuviera esperando.
Hasss ganado. Enhorabuena .
Pero ni siquiera me molesto en responderle.
—Vete. Te libero de toda esclavitud hacia la familia Malenfant, a ti y a tus descendientes. A partir de ahora eres libre.
La bestia se agita, sin parecer entender la magnitud de mis palabras. Y entonces, sin dar las gracias ni despedirse, se marcha en dirección al lago.
Subo de dos en dos las escaleras del vestíbulo y voy al segundo piso como una exhalación. Me abalanzo al interior de la habitación de Hazel. Pero, por supuesto, no está ahí. En su lugar, las tres chicas mirrorem me lanzan una mirada de pánico.
—¿Dónde está? ¿Dónde está Hazel? —les pregunto, atacado de los nervios.
Ellas niegan con la cabeza al unísono, asustadas de establecer contacto visual conmigo. Por desgracia, las entiendo, y me siento mal por haberlas ignorado durante tantos años.
—¿No ha pasado por aquí en los últimos minutos?
Pero las tres vuelven a negar.
Se me cae el mundo encima y, sin ser consciente de lo que mi cuerpo está haciendo, me apoyo sobre el marco de la puerta y suelto un grito de rabia. Dejo salir toda la tensión que he estado acumulando en las últimas horas, días y semanas.
Desesperado, me abalanzo sobre la mesilla de noche y me aferro a su diario. Quizá este cuaderno ajado sea lo último que me quede de ella, y antes que perderlo prefiero que me arranquen un brazo.
Las tres chicas se miran entre ellas sin comprender lo que está sucediendo.
—Por favor, marchaos. Abandonad la mansión. Coged el dinero que encontréis y salid de aquí cuanto antes. Yo os libero de todas vuestras cargas y vuestra servidumbre a la familia Malenfant. Desde ahora mismo sois libres. —Pero ninguna de ellas se mueve, y pierdo la paciencia—. ¡Marchaos!
Mi grito las hace reaccionar y las tres se levantan de un salto. Corren hacia la puerta y, cuando están a punto de pasar por mi lado, las paro con un gesto con el brazo.
—¿Sabéis dónde ha podido ir?
Vuelven a negar. Un suspiro escapa entre mis labios.
Dos chicas se marchan, huyendo a la planta baja, pero una se queda mirándome.
—Por favor —le suplico—. Necesito encontrar a Hazel.
Hemos ganado El Ascenso, pero no quiero seguir aquí.
No quiero ser una marioneta de su juego.
Solo necesito encontrarla para asegurarme de que está bien.
Pasaré el resto de mi vida tratando de compensar los errores que cometí y cargaré con ese peso para siempre.
Solo te pido que me digas si tengo alguna forma de encontrarla. Si alguna vez te mencionó algo…
La chica se muerde el labio y se lleva la mano a la boca. Solo entonces me acuerdo de cuando, años atrás, mi madre les amputó a cada una un dedo diferente para diferenciarlas. Se me revuelve el estómago.
—Dibujó en la pared. Debajo del papel.
Nada más escuchar su voz, se me para el corazón. No sabía que podían hablar, pero eso implicaba una cosa importante: el hechizo estaba mal hecho. Si mi madre se había equivocado con ese, quizá también dejó alguna laguna en el contrato con Hazel que me permita encontrarla.
—Muchas gracias…
—Nicole —termina ella.
—Nicole —respondo, pronunciando su nombre por primera y última vez—. Ten mucho cuidado.
—Y tú. Suerte.
Me despido con un asentimiento de cabeza y ella se va, siguiendo a sus clones.
Corro hacia el interior de la habitación y busco algún lugar en el que se haya despegado el papel de pared previamente.
Alguna grieta, cualquier indicio que me sugiera que puede haber una pista debajo.
Con el corazón desbocado, utilizo mi magia para arrancarlo todo, hasta que justo encima del cabecero de su cama aparece un dibujo.
Doy unos pasos hacia él y distingo una nutria.
Memorizo cada detalle, cada uno de los trazos…, y salgo de ahí. Subo al cuarto de mis padres y rebusco entre los cajones para encontrar el contrato, pero no puedo perder tanto tiempo. Salgo de ahí con las manos vacías y bajo las escaleras a toda prisa, llegando entre jadeos al vestíbulo.
No echo un último vistazo a la que fue mi casa durante todos estos años.
No me giro para decirle adiós. Solo lo hago cuando estoy en el jardín, lejos de esa puerta que atravesé el día que terminó la guerra.
Con el diario bajo el brazo, extiendo los brazos hacia ella y me quito los guantes para canalizar mi poder.
Y entonces le prendo fuego. El mismo fuego que un día me quemó las manos.
Lucho contra la humedad hasta asegurarme de que el fuego penetra en el interior de la mansión, llamando a todas las puertas, creciendo piso por piso hasta empezar a consumirlo todo.
La fachada se va oscureciendo, aunque esté iluminada por las llamas naranjas.
En el torreón, los cuervos alzan el vuelo, libres al fin.
Me quedo unos segundos mirando mi creación, recuperándome del esfuerzo que acabo de hacer, y grabo la escena en mi mente. La casa empieza a doblarse en formas extrañas, cediendo ante las llamas que devoran con rapidez la madera, las moquetas y los cuadros.
Y entonces le doy la espalda y me alejo caminando.
No sé a qué lugar me dirijo, pero estoy seguro de que, con cada paso que doy, estoy más cerca de llamarlo hogar.