EPÍLOGO. MARLOWE
EPÍLOGO
MARLOWE
Londres me recibe con frío, niebla y lluvia.
Una combinación perfecta para haber salido con tan solo un abrigo fino y unos zapatos con una adherencia cuestionable al pavimento.
Bajo del tren en la estación de King’s Cross, agarro con fuerza mi maleta y cojo aire en cuanto pongo los pies en la calle.
Londres tiene ese olor tan particular que no existe en ningún otro lugar del mundo y que, por algún motivo, me atrae como un imán a sus calles de ladrillo, el sonido de las bocinas de los coches y sus imponentes fachadas.
Me acerco a la calzada y llamo la atención del primer taxi que pasa. El vehículo negro frena justo delante de mí y me refugio en su interior con rapidez para evitar que se me siga mojando el pelo.
—Al Museo de Historia Natural, por favor.
Sé que va a ser un viaje tranquilo porque el conductor no responde. Tan solo asiente con un gruñido y se dedica a sortear el tráfico durante la media hora de trayecto hasta South Kensington.
Apoyo la cabeza contra el cristal de la ventanilla, con una ligera esperanza de conseguirlo esta vez, aunque sé que es la décima vez que me lo planteo en el último mes.
Las visitas a Londres se han vuelto tan rutinarias que a veces me siento como uno más en esta ciudad llena de humo y suelos mojados.
Desenfoco la mirada a través del cristal manchado de gotas de agua y pienso en el funeral de mi madre y en las pocas personas que han asistido esta mañana, una prueba más de que, siete años después del final de El Ascenso, los segadores no son ya más que un recuerdo oscuro y lejano en la historia de la magia.
Durante estos siete años todo ha permanecido agradablemente tranquilo.
Sin el liderazgo de Magnus, sus seguidores se fueron dispersando y acabaron aceptando su destino, abocado al fracaso.
Las familias se centraron en lamentar las pérdidas de sus seres queridos, ya fuera en la guerra o en el torneo.
Incluso el rencor en los días posteriores a El Ascenso se ha apagado para siempre.
Desde entonces es como si el mundo mágico no hubiera existido, como si todos hubiéramos pactado de forma silenciosa que viviríamos escondidos, cada vez más mezclados con la gente sin poderes, dejando que nuestra magia se debilitara hasta quedar diluida.
El taxi atraviesa unos baches que me devuelven al presente.
Han pasado siete años desde que vi a mi madre por última vez…
hasta hoy, que me la he encontrado en un ataúd.
La soledad, los delirios y el abuso de sustancias la han llevado a dejarme como único heredero del apellido Malenfant, un linaje que terminará conmigo.
Como un mal hijo que rompió con todo y acabó con toda su estirpe.
Tras un giro a la izquierda, el taxi acelera para apurar y pasar un semáforo antes de que se ponga en rojo.
Pasamos por delante de la fachada del Hotel Ritz, que ya ha colgado las decoraciones de Navidad, y también dejamos atrás el lugar exacto donde Hyde Park da paso a los jardines posteriores a Buckingham Palace.
El vehículo sube por Brompton Road, reduce la velocidad al pasar junto al icónico edificio de Harrods y se detiene unos metros más adelante.
—Museo de Historia Natural, señor.
Pago con un billete y le pido que se quede el cambio.
La tormenta no arrecia, pero, aun así, en cuanto me bajo del taxi me quedo quieto unos segundos en la acera para admirar el edificio que alberga la colección del museo.
Después, atravieso sus verjas y saludo a los guardias de seguridad mientras me refugio en su interior.
Una oleada de calor me recibe, llenándome de esperanza, aunque soy consciente de que, tras tantos años de búsqueda, las posibilidades de encontrarla son ínfimas.
Aun así, con una maleta pequeña en una mano y una promesa por cumplir en el corazón, me adentro en el museo.
Durante años he buscado cualquier conexión de Hazel y su pasado.
He recorrido decenas de pueblos cuyos nombres aparecían en su diario, desesperado por encontrar algún rastro de su presencia.
Siete largos años tratando de dar con alguna pista, algún mensaje secreto.
.. sin éxito. Hasta esta mañana. Abro el bolsillo exterior de mi maleta y saco la postal que he recibido hace apenas unas horas.
A simple vista, podría ser un recuerdo cualquiera de Londres, una fotografía sencilla del Museo de Historia Natural, pero el corazón todavía se me acelera cuando leo el mensaje escrito por la parte trasera:
Siempre le gustaron las nutrias.
—S.
Es curioso cómo el cerebro humano es capaz de memorizar una caligrafía, incluso después de todo este tiempo.
Siempre recordaré la extraña forma que tenía Serenity Spic de dibujar las eses de su nombre.
Vuelvo a sonreír al releer su breve nota al reverso de la postal.
Está viva. Y seguramente aquí, en Londres.
La simple sensación de tener un nuevo hilo del que tirar, una nueva oportunidad de encontrarla, me ha hecho levantarme de un salto y comprar el primer billete que saliera hacia Londres sin mirar el precio.
Esquivo a un montón de personas que han hallado aquí un lugar en el que guarecerse de la lluvia. Algunas se detienen a consultar el mapa. Otras, miran fijamente los animales al otro lado de la vidriera, como si fueran a cobrar vida por arte de magia.
Como si no conociese el recorrido de memoria, me dejo guiar por los carteles del museo hasta llegar al lugar donde está la nutria disecada.
Me acerco a ella, despacio, observando sus ojos negros, idénticos a los del dibujo que hizo Hazel en su pared de la mansión.
La miro como si pudiera darme alguna respuesta.
Y entonces recuerdo que puedo usar mi magia.
Después de tantos años ocultándola, se me olvida muchas veces que hubo un día, casi en otra vida, donde fuimos a un colegio para que nos enseñaran a controlarla y potenciarla.
Sin que nadie me vea, hago un movimiento rápido con la mano para buscar trazos de magia.
Unos restos morados se iluminan en esta zona.
El corazón se me acelera. Tiene que ser aquí.
Me doy la vuelta, pensando en que Hazel estará esperándome, pero me doy de frente con un turista que está esperando a que me aparte para poder ver la nutria de cerca.
Agacho la cabeza mientras salgo de ahí.
Por supuesto, no iba a ser tan fácil. Además, esos trazos podrían ser de cualquier persona, incluso llevar ahí muchos más años de los que yo llevo buscando a Hazel.
Me siento en un banco y paso las siguientes horas observando a los visitantes hasta que los trabajadores avisan de que el museo va a cerrar.
Apuro hasta el último minuto, pero no aparece nadie que pueda reconocer.
Quizá el contrato de mi madre siga funcionando, a pesar de que haya muerto.
En teoría, en el momento de su fallecimiento debería haber perdido su efecto legal.
Pero, después de tanto tiempo buscando a Hazel, comienzo a pensar que quizá nunca pueda reconocerla, incluso si la tuviese a tan solo unos centímetros de mí.
Abandono el museo por la entrada principal y, justo cuando están cerrando las puertas a mis espaldas, me doy cuenta de que me he olvidado la maleta en el banco donde he pasado horas sentado.
Me giro y le explico la situación al guardia de seguridad, que me ve tan desesperado que accede a dejarme volver, aunque ya están apagando las luces.
El corazón se me encoge solo de pensar en perder la posible pista de Serenity, pero, sobre todo, su diario, lo último que me queda de Hazel. Ese cuaderno de letra irregular que contiene la mitad de su vida y es lo único que me aferra a mí a la mía.
Camino por los pasillos con paso acelerado, haciendo el mismo camino de vuelta, y al final corro hasta llegar a la vitrina de la nutria y me detengo de golpe, a tan solo unos metros.
Veo a alguien frente a ella. Una figura mediana, de pelo oscuro y rizado, observa fijamente al animal, separada de él tan solo por el cristal.
Me detengo antes de que pueda escucharme y me acerco despacio.
Doy un paso detrás de otro, compensando el miedo con la ilusión.
Me detengo cuando estoy justo a su lado.
No me atrevo a tocarla. No me atrevo a llamarla por su nombre.
Ella se percata de que estoy ahí, a su lado, y se gira muy lentamente, como si hubiera esperado siete años para encontrarme y ahora quisiera apurar unos segundos más.
Entonces la veo. Mis ojos azules se pierden en el verde de los suyos, que me sonríen, y la oscuridad se enciende en sus pupilas.
Toda una vida después, por fin he encontrado mi verdadero hogar.