52. HAZEL
HAZEL
La voz de Marlowe resuena en el bosque cuando se despide del que fue su mejor amigo.
—Me intentó matar. Nos intentó matar a los dos. Me dio este frasco por si alguno de nosotros lo necesita a lo largo de El Ascenso —dice él, girándose hacia mí.
Da un paso hacia mí, alargando las manos desnudas hacia mí, pero yo me aparto. No lo reconozco, y ni siquiera sé si es él.
—Hemos ganado, Hazel —me dice él, dolido por lo que acabo de hacer. Como si no entendiera por qué lo estoy rechazando.
Pero yo niego con la cabeza.
—Todavía queda Serenity —le recuerdo, casi sin aliento.
Tras los enfrentamientos y la magia que he utilizado para alejar a los huargos, siento que el oxígeno apenas me alcanza los pulmones.
—Serenity ha huido. Por eso nos hicieron participar en la quinta prueba, porque alguien tenía que jugar por ella, así que entró Alec… y también todos los demás —me informa Marlowe.
Debería estar aliviada. Si lo que dice es verdad, si Serenity ha huido, nosotros hemos ganado El Ascenso y es posible que ella siga con vida, muy lejos de aquí, escondida de los segadores. Pero sigo sin estar convencida.
—¿Cómo sé que eres tú?
Marlowe no parece entender la pregunta.
—¿A qué te refieres?
—¿Cómo puedo estar segura de que tú eres tú de verdad? Hace un momento has intentado matarme…, pero eras Caleb.
—Ese nunca fui yo, Hazel. Utilizó un hechizo muy potente para cambiar de forma. Por eso el oxígeno se ha ido agotando tan rápido.
Inclino la cabeza, todavía con las dudas reflejadas en el rostro.
Marlowe suspira.
—Demuéstrame que eres tú —insisto.
Él me mira, intentando encontrar las palabras con las que convencerme, pero no sabe qué más decir.
Entonces da un paso adelante y me coge las manos, las acerca a sus labios y las besa con delicadeza, despacio, y después las baja y las sigue sosteniendo mientras me mira a los ojos.
El corazón se me acelera y con ello la respiración.
Me cuesta coger aire, pero eso no me impide hacer lo que mi cuerpo y mi mente piden a gritos.
Doy un paso al frente, sin pensarlo un segundo. Y lo beso.
Las manos de Marlowe se agitan en las mías en cuanto rozo sus labios. Él me suelta y me abraza, agarrándome por la espalda con tanta fuerza que temo que me vaya a dejar sin aire antes que este maldito torneo.
El beso no es delicado, ni lento. Es más bien voraz. Marlowe me sujeta con firmeza y yo llevo las manos a su cuello, notando sus latidos en las yemas de los dedos.
Su respiración arde contra mi boca, como si quisiera recuperar el tiempo perdido que ni siquiera sabíamos que teníamos.
Se acerca más a mí, obligándome a dar un par de pasos hacia atrás.
Mi espalda choca con el tronco del árbol más cercano y nos separamos un instante, pero sus labios vuelven a buscarme con desesperación.
Nuestras lenguas bailan, se reconocen y acarician con el alivio de sabernos vivos, juntos.
Nos aferramos con fuerza al otro intentando volcar en el roce de nuestras bocas todo lo que no nos hemos dicho y que ahora es innegable.
Siento que una parte de mi alma cuelga en sus manos abrasadas.
Siento que la misma parte de él grita mi nombre y lo reclama para sí.
Dos pedazos de nosotros que rellenan las grietas del otro. Para siempre.
Suspiro sobre sus labios, cálidos y suaves. Enredo los dedos entre hebras de pelo plateado mientras él se aferra a mi cintura y apoya su frente sobre la mía.
—Hazel…
Un ruido nos obliga a separarnos, como un resorte, como si estuviéramos haciendo algo prohibido, y un par de figuras aparecen detrás de Marlowe. Me cuesta acompasar la respiración, bien por esta atmósfera asfixiante, bien por lo que acabamos de hacer.
Las dos figuras terminan de materializarse y aparecen las dos últimas personas que esperaba ver aquí: Aaron Aurigae acompañado de Gwendoline Malenfant.
—¡Mi hijo! ¡Alec! —exclama él en cuanto sus ojos encuentran el cuerpo de su heredero en el suelo, en una posición extraña, de lado, tal cual ha muerto hace unos minutos—. ¡Mi hijo ha muerto!
Aaron se gira hacia mí y me señala con el dedo.
—Lo habéis matado, igual que hicisteis con su hermano, puta indigna. ¡Me habéis dejado sin descendencia!
Miro a Marlowe, confundida. No entiendo qué hacen aquí. En todas las ocasiones en las que me imaginé el final de El Ascenso, siempre aparecía Magnus dando un discurso final, felicitando al participante y al mentor ganadores. Sin embargo, no hay ni rastro de su figura hecha de fuego y cenizas.
—Hemos ganado, madre —dice Marlowe, mientras Aaron sigue gritando y lamentándose.
Camina hacia Gwendoline Malenfant y la intenta coger de las manos, pero ella lo rechaza.
Me paro a analizar la expresión facial de la mujer.
No ha pronunciado palabra desde que ha aparecido, y no entiendo por qué está tan seria.
Debería estar feliz de que su hijo haya conseguido lo que tanto ha anhelado, ese triunfo por el que incluso llegó a pactar conmigo.
Me imagino que esta victoria llega en un momento complicado, con el duelo presente por la muerte de su marido, pero, por muy agridulce que sea, me sorprende, por lo poco que la he podido conocer, que no reaccione.
—Hemos ganado —insiste él, buscando una respuesta, un mínimo gesto de reconocimiento, pero no lo encuentra.
Algo malo sucede. Lo siento en la forma en la que Aaron grita, en la que Gwendoline no reacciona y en la ausencia de Magnus.
—Esto no tenía que haber sido así —murmura ella.
Aaron intenta todo tipo de conjuros para revivir a su hijo…, pero nada funciona.
Marlowe abre la boca para preguntarle a su madre qué está sucediendo, pero entonces Aaron se adelanta. Se levanta del costado de su hijo y se acerca hacia él, señalándolo con un dedo acusador.
—¡Esto es culpa tuya! —ruge, empezando a ponerse rojo.
—¡Intenté salvarlo! —se defiende Marlowe, acortando la distancia entre ambos y plantándole cara—.
Intenté salvarlo incluso sabiendo que solo podía quedar uno de los dos, porque él fue la única persona que estuvo a mi lado durante estos últimos años.
Y me lo pagó intentando matarme con ese veneno. Pero eso tú ya lo sabes, ¿verdad?
Marlowe está fuera de sí. Da unos pasos hacia Aaron y lo agarra del cuello de la camisa, quedándose a unos centímetros de su cara.
—¡¿Él lo sabía?! —le exige—. ¡¿Alec sabía lo que había en ese frasco?!
Por primera vez desde que ha llegado, Aaron sonríe.
—Sí —responde.
La confesión, tan sencilla como rápida, me deja tocada. Por eso Alec se resistió tanto a tomarla, porque sabía que ese regalo envenenado no era para él, sino para Marlowe… o para mí.
Gwendoline se gira hacia el lugar en el que está Aaron, guiada por su voz.
—¿Tú le diste ese frasco para que matara a mi hijo? —le pregunta, pero él no responde.
—Parece que la jugada os ha salido mal —sigue hablando Marlowe, cargado de rabia.
Tengo miedo de lo que pueda pasar a continuación. Si Marlowe y Aaron se enfrentan, cualquier uso de la magia hará que nos quedemos sin oxígeno y muramos los cuatro. Quiero preguntar cómo salir de aquí cuanto antes, pero sé que ninguno de ellos me dará la respuesta si la tiene.
—Cállate, Marlowe —le dice su madre—. No tienes ni idea de hasta dónde te has equivocado matando a Alec. —Entonces se gira hacia Aaron—. Y tú… eres escoria. Pensaba que podía confiar en ti, pero ya veo para qué querías hacer todo esto…
Aaron jadea, todavía sujeto por el fuerte agarre de Marlowe, pero este lo suelta al fin.
—Sea lo que sea que tuvieseis entre manos, no me importa. Hazel y yo hemos ganado El Ascenso, así son las reglas que puso Magnus.
—El Magno —le corrige su madre— no puso esas reglas. Las hicimos nosotros.
Observo la escena como si estuviera viendo una obra de teatro.
Todo me parece tan irreal que, por un instante, dudo que esté sucediendo de verdad.
Quizá sea otra de mis pesadillas y acabe despertándome en la mansión Malenfant, cubierta de sudor, gritando y sin que haya empezado todavía la quinta prueba.
Pero sé que no es así. Sé que todo esto es real, porque todavía siento los labios de Marlowe sobre los míos, que arden con el recuerdo.
—¿Qué? —pregunta el chico, mirando a su madre y a Aaron.
—Y tú lo has echado todo a perder, sabandija —le acusa Aaron, hablando entre dientes.
—¿Todas estas pruebas, todo este torneo…? ¿La carta que llegó en mitad de la noche…? ¿Era todo un montaje? —insiste Marlowe.
—Lo creamos Aaron y yo —confiesa Gwendoline—. ¿De verdad creías que llegarías hasta el final por tu cuenta, hijo? ¿Nunca se te ocurrió que, para que muchas cosas sucedieran tal y como tenían que pasar, alguien debía interceder por ti?
El corazón me late desbocado mientras en mi mente se agolpan un millón de preguntas.
—Montamos este torneo desde cero para que, llegados al final, solo sobrevivierais los dos y tomarais el control del nuevo orden de forma conjunta.
Las dos familias más poderosas, por fin unidas…
Pero tenías que arruinarlo todo en el último momento, como buen hijo de tu padre que eres —le reprocha Aaron—.
Bien dicen que la manzana no cae lejos del árbol.
—Mientes —dice entonces Marlowe—. Sé que hubo un testamento, unas instrucciones especiales dirigidas a mi padre sobre el torneo.
Pero su madre niega con la cabeza. Incluso, para mi horror, me parece descubrir un ligero atisbo de una sonrisa macabra en su rostro.