Malenfant 51. MARLOWE
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51. MARLOWE

MARLOWE

Lo agarro por la espalda y lo arranco del cuerpo de Hazel.

Mis pulmones se quejan por el sobreesfuerzo y me arde la garganta de correr, pero después de ver la escena desde lejos, la carrera para quitárselo de encima se ha vuelto una lucha a contrarreloj contra el poco oxígeno que nos queda.

En lo alto del cielo parece que comienza a atardecer.

La luz del sol ya no es tan fuerte y las sombras que antes proyectaban los árboles ahora se fusionan con la oscuridad.

Agarro por la camiseta a mi falso doble y lo lanzo contra el tronco de un árbol. Él parece sorprendido, pero me observa con una mezcla de dolor físico, sorpresa y satisfacción.

—¿Cómo has hecho eso? —le espeto.

Pero él parece divertido.

—¿Hacer qué? ¿Esto? —pregunta, señalándose a sí mismo—. Tenía ganas de ver qué se sentía al convertirme en un ser despreciable como tú.

Suelto una risa.

—Me parece que te ha salido mal la jugada, Caleb —le digo.

Él jadea, intentando zafarse de las ramas que he hechizado para que lo mantengan atado al árbol. Me resulta extraño verlo todavía con mi apariencia, pero no me cabe duda de que es él quien se esconde bajo mi piel.

—Sabía que ella sería tu punto débil —murmura Caleb, con dificultad para tomar aire—. ¿Qué se siente al estar con una mujer usada? ¿Ha gemido contigo igual que lo hacía conmigo?

La sangre se me acumula en la cabeza. Mi plan era matarlo, sí.

Pero, ahora, quiero destrozarlo. Por la mente se me pasan mil formas de asesinarlo a sangre fría.

Desmembrarlo me parece la más atractiva, para después darle de comer cada una de sus extremidades a los cuervos.

Pero el oxígeno se agota, y puedo notarlo no solo en mí, sino también en ellos.

Puedo escuchar la fuerte respiración de Alec, y Hazel todavía no se ha repuesto del todo.

—No perderé más tiempo contigo, White. No vales la pena.

Junto las manos y crujo los nudillos, preparándome para matarlo, pero Caleb lo interpreta como una muestra de contención.

—Claro, Malenfant. Cómo no. ¿Vas a pedirle a tu amiguito que lo haga por ti? —me pregunta, con una sonrisa en los labios que no se le borra por más que las raíces aprietan su cuerpo.

Miro a mi alrededor hasta dar con una zona donde se han acumulado varias piedras.

Me acerco y cojo una de ellas, la más afilada.

La agarro, firme, notando sus aristas contra el cuero de mi guante, y me acerco a Caleb.

Pero, antes de llegar a él, me giro hacia Hazel.

Ella observa la escena de hito en hito, todavía asustada por el ataque de su exnovio.

—No mires —le advierto.

Aun así, ella niega con la cabeza y no aparta la vista de los dos Marlowe.

Acepto su decisión y me vuelvo de nuevo hacia el árbol.

Doy varios pasos al frente y, de una única estacada, le borro la sonrisa del rostro.

No creo que sea necesario darle más, pero por si acaso lo hago, asestando golpes con la piedra una y otra vez en la cara, el cuello y el pecho de Caleb, todavía con mi apariencia.

Y, cuando lo hago, siento una extraña liberación. Es como si me estuviera matando a mí mismo, a esa versión de mí que nunca quise ser. Como si me estuviera quitando unas cadenas que nunca me pertenecieron y ahora, por fin, pudiera renacer.

Caleb aguanta las estocadas sin gritar hasta que ha perdido tanta sangre que se desmaya. Lo dejo atado en el árbol, desangrándose, mientras su apariencia comienza a cambiar y se transforma en él mismo.

Miro hacia abajo y me doy cuenta de que tengo la piel y la ropa manchadas. Me seco en la camisa, donde puedo, y busco a Hazel con la mirada. Ella me observa como si hubiera visto… exactamente lo que acaba de pasar. Una escena de terror en primera persona.

—Larga vida a la Muerte —murmura Alec.

Pero no lo sigo. Me giro hacia él para ver su reacción y me doy cuenta de que está magullado por todo el cuerpo, como si se hubiese peleado con el bosque y este hubiese ganado.

Estoy a punto de preguntarle cómo se lo ha hecho cuando un aullido rompe el silencio.

Sin darnos cuenta, casi se ha hecho de noche.

La apacible brisa que mecía las copas de los árboles se ha convertido en el viento que anuncia una tormenta.

Se me eriza la piel. Reconozco ese sonido. Mi familia intentó criar huargos siglos atrás, pero la fuerza y la inteligencia de aquellas bestias era difícil de domar incluso para los Malenfant.

—Salgamos de aquí —mascullo, entre dientes, intentando no pensar en la amenaza que acecha en el bosque.

Pero, cuando me giro hacia Hazel, me doy cuenta de que hay algo a sus espaldas. Un enorme lobo, con una dentadura similar a la de un dientes de sable, está justo detrás de ella. La observa por la espalda sin que Hazel se percate del peligro que corre su vida ahora mismo.

Alec también parece haberse dado cuenta.

Lo miro, pero él señala hacia otro lado, donde aparece otro lobo exactamente igual.

Todos tienen el pelaje negro, revuelto. Uno de ellos está manchado de sangre, probablemente de Vale.

Con un movimiento lento, doy una vuelta completa y me doy cuenta de que estamos rodeados por una manada.

—Hazel, ten cuidado. Tienes uno detrás.

Pero ella no se gira. También ha visto a uno a mis espaldas, así que no necesita moverse para verlo cara a cara.

—¿Qué hacemos? —murmura Alec, con la voz más aguda de lo normal.

Todos los lobos se quedan quietos excepto uno, que se adelanta y se coloca entre nosotros, en el centro del triángulo que Alec, Hazel y yo hemos creado.

Camina unos pasos hacia ella y la olfatea.

Puedo sentir cómo Hazel contiene la respiración mientras el lobo, que medirá casi metro y medio de alto, da una vuelta a su alrededor.

Y, después, la ignora. Camina un poco más y su olfato lo conduce al cuerpo de Orion.

Entonces el lobo da un paso hacia atrás y aúlla.

El resto de la manada lo imita, creando una melodía de aullidos escalofriantes, y después se lanzan a por los cuerpos.

Algunos van directos a Orion. Otros se ensañan con el cuerpo de Caleb, que todavía estará caliente.

Los demás nos quedamos quietos, observando la escena.

Escucho cómo los lobos mastican la carne y enseguida llegan al hueso.

El sonido es estremecedor, pero empeora cuando empiezan los desmembramientos.

Los siguientes segundos se hacen eternos, hasta que los lobos terminan con sus piezas y pierden el interés en lo que queda de Caleb y Orion.

Busco la mirada de Hazel, que ahora sí ha apartado la vista de la carnicería. De hecho, me mira a mí. Intento imaginar todas las preguntas que estarán cruzando su mente ahora mismo, y me gustaría responderlas, pero no puedo. No me quiero mover.

Entonces los lobos se vuelven a reunir, con las fauces manchadas de sangre y con trozos de vísceras colgando de los enormes colmillos. Siguen olfateando y se acercan a Alec. Uno de ellos sigue el rastro de la sangre de sus rasguños y vuelve a aullar.

—¡No! —grita él y usa su magia para apartarlo.

Pero ese pequeño gesto se convierte en su condena. La manada de lobos gigantes responde al momento al ataque mágico, como si hubiera sido una traición a toda su especie. Todos se abalanzan sobre él, como si fuera un ataque perfectamente coordinado, y lo pierdo de vista en cuestión de segundos.

—¡Alec! —grito.

Extiendo las manos, preparado para lanzar un hechizo.

Cojo fuerzas y, por un instante, me da miedo el efecto que pueda tener.

Me preocupa que apenas quede oxígeno para los tres después de lo que voy a hacer, pero no pienso verlo morir así.

Sé que Alec no ha sido una buena persona, pero durante muchos años fue lo más cercano que tuve a llamar a alguien amigo.

Canalizo toda mi magia en las palmas de las manos, me arranco los guantes, y dejo que una onda expansiva salga de ellas, como tantas veces vi hacer a mis abuelos mientras domaban a las bestias.

Unos aros dorados emanan de mi piel e impactan de lleno en los lobos, que se apartan de Alec.

En cuanto uno de ellos se marcha, gimiendo, todos lo imitan, alejándose de él y perdiéndose en el bosque.

Sin embargo, en cuanto se apartan, veo a Alec de rodillas, que en ese momento pierde el equilibrio y se cae al suelo de lado.

—No… —murmuro.

Me acerco a él y Hazel me sigue por detrás, vigilando que los huargos no vuelvan a atacarnos.

Alec sigue con vida, pero tiene muy mal aspecto. Los lobos le han arrancado varios trozos de carne y sangra profusamente por la pierna. Me preparo para hacerle un torniquete.

—No gastes más magia… Usa… ropa —murmura con dificultad, ahogándose entre el dolor y la falta de oxígeno—. Hay una ma-manera de escapar, de que podamos… sobrevivir los dos. Confía en mí. Llévame a-al prado.

Pero, aunque quizá no sea consciente por el shock , Alec se está muriendo. La sangre abandona su cuerpo a borbotones y la muerte va llamando a su puerta cada segundo que pasa.

¿Una manera de escapar? Sus palabras hacen eco en mi mente mientras trato de buscar alguna manera humana de detener toda esta sangre.

Y entonces me acuerdo de la poción. El frasco parece quemarme en el bolsillo, recordándome que tiene una única misión, y que puedo mantener a Alec con vida durante un rato más mientras encuentro la manera de sacarlo de aquí.

En cuanto quito el tapón, un ligero vaho anaranjado se escapa, convirtiéndose en pequeñas chispas al entrar en contacto con el aire.

—No, no —murmura Alec—. Es tuya.

—Es para ti. Alec, bébetela.

Pero él se niega.

—Estás a punto de morir —le insisto—. Dijiste que esto podía ganar tiempo en caso de estar gravemente herido, así que déjate de tonterías. Tenemos un pacto, ¿recuerdas? Por favor, tómatela.

Le acerco el frasco a los labios, pero él aparta la cara. Me honra que Alec actúe así cuando está a punto de morir, pero no puedo abandonarlo. Por el pasado que nos unió. Por los niños que fuimos y lo que queda de ellos.

—No, no —continúa quejándose Alec, pero su voz suena cada vez más apagada.

La sangre sigue emanando de sus heridas y ya hay un enorme charco oscuro a nuestro alrededor.

— Damion … —murmura Hazel, nerviosa por si las bestias vuelven atraídas por el olor cobrizo que tiñe el aire.

—Lo siento. No puedo dejarlo así.

Y entonces le sujeto la cara con una mano y con la otra acerco el frasco a su boca. Se la abro a la fuerza y dejo caer la poción por sus labios. Alec se empeña en toser e intenta escupirla, pero le tapo la boca, obligándolo a tragarla hasta que, al fin, cede.

Espero unos segundos y siento que su cuerpo se relaja.

La herida sigue sangrando, pero sé que estará bien.

Que enseguida se pondrá mejor y sobrevivirá.

Pero entonces unos espasmos se apoderan de Alec.

Lejos de curarlo, sus heridas comienzan a sangrar todavía más.

Le brota sangre de los ojos, la boca y los oídos.

Lo miro, con una expresión de pánico que imita la suya.

No puede ser. Se suponía que esto lo tenía que salvar, que volvería a la vida gracias a esta poción que él mismo me dio…

La verdad cae sobre mí como un jarro de agua fría.

El frasco nunca contuvo una poción para salvarme en un momento de peligro.

En su interior había, en realidad, algo peor que un veneno.

Un brebaje con la marca Aurigae. Un filtro de muerte rápida, una condena líquida que acabaría con la vida de quien la tomara.

Me aparto de él, asqueado, en cuanto me doy cuenta de lo que ha hecho.

Pero él mismo se lo ha buscado. Así, Alec muere desangrado, con la cara manchada de lágrimas de sangre, envenenado por una poción que su propia familia preparó.

Cuando exhala su último aliento, aprieto los puños y murmuro una última burla entre dientes:

—Larga vida a la Muerte, amigo.