50. HAZEL
HAZEL
Mi cuerpo se paraliza, pero mi mente va a mil por hora. Vuelvo de nuevo al día en el que perdí a Jack. No ha pasado tanto tiempo, pero, a la vez, parece que ha sido hace cinco años. Recuerdo sus ojos verdes apagándose para siempre y tengo que mirar hacia otro lado para dejar de pensar en ello.
—¿Están muertos los dos? —pregunta Orion. La ceja le sangra del golpe que ha recibido y continúa arrastrando la pierna en cada paso, pero, por lo demás, parece estar bien.
Marlowe avanza un poco y se acerca al lugar en el que descansan los cuerpos de la segadora y su rebelde. Le aparta la maraña de pelo negro, ahora apelmazada por la sangre, y le toma el pulso, aunque está claro que no lo va a encontrar.
—Muerta —anuncia, con cierto toque ceremonioso. Como si lo estuviera disfrutando.
Una sensación de incomodidad me recorre el cuerpo y cambio el peso de un lado a otro.
Después, Marlowe se gira hacia Theo. Por un momento deseo que diga que está bien, que ha sobrevivido a la caída.
Pero, en realidad, lo mejor que podría pasarle ahora mismo es esto, porque en el improbable caso de que Theo ganara, su vida sería un infierno, los Ravenscroft jamás permitirían que saliese airoso tras acabar con su heredera.
Si Eleanor lo había torturado los primeros días, no puedo imaginar qué habrían hecho en el futuro, si hubiera llegado a ostentar el título de El Ascenso.
—Muerto —repite Marlowe.
Trago saliva y deseo que, allá donde esté, Theo pueda encontrar la paz. La situación es tan injusta que me dan ganas de gritar, pero sé que no serviría de nada. Theo era solo un niño, demasiado inocente para luchar en una guerra tan cruel. Su vida se había terminado demasiado pronto.
No me doy cuenta de que estoy apretando los puños y los dientes hasta que me empiezan a doler por la fuerza que estoy ejerciendo.
Marlowe se aparta del cadáver de Theo y yo me acerco para cumplir su deseo. No me hace gracia tener que quemar su cuerpo, pero pienso igual que él: si me muero, no quiero dejar rastro. No quiero que nadie pueda mancillarlo en uno de sus estúpidos sacrificios.
Está boca abajo y no lo muevo. Prefiero que sea así.
Espero a que Marlowe esté lo suficientemente lejos para prenderle fuego.
No sé si le hará mucha gracia ver esto después de lo que su madre le ha estado haciendo durante años.
Aun así, él no reacciona cuando las primeras llamas comienzan a florecer de mis manos y las dejo crecer hasta que alcanzan a Theo.
El olor es desagradable, así que me aparto, y estoy a punto de tropezar con Eleanor.
Dudo un segundo sobre qué hacer. No se merece que la proteja, pero, al mismo tiempo, no deja de ser una persona.
Vuelvo a levantar las manos y la incendio también.
El fuego mágico va consumiendo sus cuerpos con rapidez, sin propagarse por el bosque, como si hubiera entendido su único cometido.
—Larga vida a la Muerte —murmura Marlowe, sin quitarle ojo al cuerpo de Eleanor.
—Larga vida a la Muerte —dice Orion, y Alec lo secunda. Un brillo sádico le ilumina la mirada.
—No. De eso nada —estallo, con las mejillas ardiendo de rabia, molesta por la actitud de Marlowe.
Si está tratando de aparentar normalidad, no es que lo esté consiguiendo, sino que se está pasando de la raya—.
No quiero que Theo se marche con una de vuestras frases.
La Muerte no los ayudará. No los estará esperando en ningún lado.
Vuestras ansias de poder desmedidas son las que han llevado a todo esto.
Y son las que os matarán. Si tantas ganas tenéis de reuniros con Ella, no sé a qué esperáis…
—¡¿Te puedes callar de una puta vez?!
El grito de Marlowe suena por encima de los sonidos del bosque. Una bandada de pájaros alza el vuelo, despavorida, indicando nuestra posición. Intento concentrarme en que así Serenity sabrá dónde estamos, si es que mi amiga está aquí.
Miro a Marlowe a los ojos y no veo nada del hombre que he conocido en las últimas semanas.
No queda rastro de su compasión ni de la humanidad que me mostró días atrás.
De su porte relajado a los pies de mi cama, su sonrisa velada mientras discutíamos sobre alguna asignatura compartida y la calidez de su presencia al despertarme de cada pesadilla…
No queda nada. El Marlowe que tengo delante vuelve a ser un extraño y empiezo a plantearme si está actuando para no levantar sospechas o si todo lo que ha pasado estas semanas ha sido una gran mentira, la actuación de su vida.
—Diré lo que me dé la puta gana, Malenfant —respondo, dando un paso hacia él y escupiendo su nombre con una expresión de asco.
—Siempre tan altiva. Tu soberbia será tu fin.
En ese preciso momento me doy cuenta de que esto ya no es un teatro. De que la rabia con la que suelto estas palabras es real y crece con cada gesto que hace Marlowe porque está, simplemente, comportándose como la persona que siempre ha sido. Una rata miserable.
No sé cómo he podido ser tan estúpida. ¿En serio pensé que iba a cambiar de verdad?
¿Que dejaría toda su vida atrás solo porque yo le había hecho cambiar de opinión?
Está claro que Marlowe ha jugado muy bien sus cartas y, para mi sorpresa, ha ganado.
Porque ahora mismo, cuando lo miro a esos ojos azules cargados de odio, no lo reconozco.
De pronto, solo puedo ver al Marlowe que me tatuó en su casa el día en que Magnus anunció El Ascenso.
Ese es el hombre que siempre ha sido, y nada podrá hacerlo cambiar.
Me arden las mejillas solo de pensar en cómo besé sus manos, tratando de curar una herida que no me correspondía a mí cuidar.
Con tan solo pensar en ello, en el recuerdo de ese beso en la fiesta de Halloween que mi mente ha olvidado, siento náuseas en el estómago.
Qué estúpida, sentirme traicionada por alguien a quien nunca conocí realmente.
Jadeo, dejándome llevar por la rabia, sin apartar la mirada de él. No dejaré que sobreviva, no después de esta humillación. No me importará morir si por el camino me lo llevo conmigo.
—¿Podéis dejar el espectáculo para otro momento? Y dejad de gritar, ya que estamos —interviene Orion, que se apoya jadeante sobre una de las ramas caídas. La frente le ha dejado de sangrar, pero la herida abierta le da un aspecto que hace que mirarlo resulte bastante incómodo.
—¿Por qué? —le responde Marlowe de una forma no muy amigable—. ¿Te estamos molestando?
—Porque creo que estás demasiado concentrado en ti mismo como para fijarte en que he venido cojeando y me sangra la pierna. Algo me ha atacado en el bosque. He sobrevivido por pura suerte; no sé qué me ha atacado, solo que he conseguido contenerlo con magia.
—¿Y? —pregunta Marlowe, esperando a que Vale vaya al grano.
—Y no me gustaría que tus estúpidos gritos volvieran a llamar su atención.
Pero Marlowe se ríe.
—Joder, Orion, eres un miedica. Me sorprende que hayas sobrevivido.
—¿Pero a ti qué puta mosca te ha picado, gilipollas?
—¿¡Os podéis callar!? —grita ahora Alec—. En serio, parecéis dos críos de seis años peleando por ver quién se queda con la pelota.
—¿Por qué no le dices mejor a tu amiguito que cierre la boca? Al final será verdad que el único Malenfant bueno es el que está bajo tierra. ¿Quieres hacerle compañía a tu papaíto, Mar…?
Marlowe se acerca a él mientras habla y extiende el brazo. De pronto, el cuello de Orion se tensa y las palabras se le quedan atascadas en la garganta. Marlowe está utilizando su magia para ahogarlo.
—Debería haber hecho esto muuucho antes —murmura, mientras aprieta cada vez más la mano, como si fuera esta la que estuviera alrededor del cuello de Orion, y no una cuerda invisible.
El chico forcejea, llevándose las manos a la garganta y tratando de agarrar algo que no puede coger.
—No te preocupes, no quemaremos tu cuerpo —sigue hablando Marlowe—. Lo dejaremos aquí para que lo que sea que te ha atacado en el bosque te encuentre. ¿Te parece bien?
Ni Alec ni yo intervenimos en la escena. Orion sigue forcejeando, intentando hablar para pedir clemencia, pero ya no le sale la voz. Se deja caer de rodillas y unos sonidos guturales se escapan de su garganta. Solo deseo que se acabe cuanto antes, pero Orion forcejea hasta el final.
Una sensación de angustia me recorre el cuerpo al darme cuenta de que no es el único que se está quedando sin aire. Desde hace un par de minutos el ambiente se siente más pesado, y me descubro a mí misma tambaleándome ligeramente, mareada por la falta de oxígeno.
Pasa más de un minuto hasta que Marlowe afloja por fin la mano y sonríe con satisfacción al ver el cuerpo de Orion tirado en el bosque.
—Larga vida a la Muerte —murmura, dirigiendo la mirada hasta Alec.
—Estás loco —le dice, y se le escapa una carcajada que me eriza la piel—, incluso peor que yo. Pero tengo que admitir que ha sido una buena jugada. Ahora ya solo quedamos nosotros y Caleb. Bueno, y ella.
Alec me señala con un gesto de cabeza.
—¿Dónde está Serenity? —pregunto, pero ninguno de los dos me responde.
—En el mismo sitio en el que vas a estar tú en unos momentos.
Entonces Marlowe se abalanza sobre mí. No utiliza magia, sino que se tira encima de mi cuerpo sin avisar, recorriendo los pocos metros que nos separan y aprovechando el factor sorpresa para pillarme desprevenida.
Me golpeo la cabeza contra el suelo en la caída y se me nubla la visión durante unos segundos.
Entonces Marlowe se pone a horcajadas sobre mi cuerpo, con una pierna a cada lado de mi cadera, aprisionando mis brazos con una mano, y se inclina para taparme la boca.
—No lo disfrutes, ¿eh? —me dice, arrastrando las palabras.
Consigo liberar un brazo y le doy un puñetazo en el estómago con todas mis fuerzas.
Sin embargo, me empieza a faltar el aire enseguida.
No puedo respirar lo suficiente por la nariz y el sobreesfuerzo del golpe me hace volver a marearme.
Marlowe no parece ni haberlo notado. Vuelvo a intentarlo, pero mis músculos se niegan a responder.
—Sigue luchando por respirar, bonita, pero no demasiado —me dice—. Pronto no quedará suficiente oxígeno para todos.
Frunzo el ceño y lo agarro por el antebrazo, intentando zafarme, pero es imposible.
Unas lucecitas de colores comienzan a parpadear en los límites de mi visión, señal de que el desmayo es inminente.
No entiendo por qué Marlowe intenta matarme.
Las reglas de El Ascenso han sido claras desde el principio: sin mí, él tampoco tiene posibilidades.
Jadeo, intentando que el aire entre en mis pulmones, pero es cada vez más difícil.
No me da miedo morir. Llevo mucho tiempo preparada para este momento y quiero pensar que me reencontraré con los míos, y ahí por fin podré ser feliz. Podré estar tranquila. Se acabarán el sufrimiento, las pesadillas, el dolor del pecho y las traiciones. Solo un poquito más y todo habrá acabado.
Su pelo, casi plateado, parece brillar en el bosque, reflejando la poca luz que se cuela entre la arboleda, y sus ojos me taladran mientras lucho por respirar. Pero el nivel de oxígeno es cada vez más bajo y el corazón me va demasiado rápido como para llevarle el ritmo a mi respiración.
—¿De verdad creíste que te dejaría vivir?
—me pregunta, justo cuando todo a mi alrededor se va sintiendo más amortiguado.
Su cara está demasiado cerca de la mía y puedo sentir su aliento sobre mi piel—.
Deberías haberte quedado con Caleb. Haberle hecho caso y haber huido.
Porque vas a pagar con la muerte tus estúpidas ganas de ser una adolescente rebelde.
Igual de necia que tu hermanito…, hasta el final.
La mano de Marlowe sigue apretándome, clavándome los labios en los dientes.
Tengo la boca seca, me duelen las mejillas y siento que la cabeza me va a estallar.
Mis músculos ceden y suelto el agarre en su antebrazo.
Mi cuerpo se rinde antes que mi cerebro, aunque mi mente sabe que ya no hay nada más que hacer.
Voy a morir.
Extiendo el brazo que tengo libre, preparándome para abandonar este lugar. De pronto, el bosque parece más tranquilo, el clima cálido y el musgo del suelo me abraza la espalda mientras mi visión se va desvaneciendo en la oscuridad. Nunca pensé que morir sería así de fácil.
Entonces, cuando ya he asumido que mi vida se ha apagado, un reflejo rubio aparece detrás de Marlowe y lo aparta de mí.
El chico me suelta instintivamente y se aparta, dejándome espacio para incorporarme y dar una enorme bocanada de aire.
Respiro, haciendo mucho ruido, pero sigo teniendo la visión borrosa.
Me llevo la mano a la garganta, como si eso pudiera ayudarme a recuperar el aliento antes, y no me doy cuenta hasta ahora de que los ojos me lloran.
Parpadeo varias veces intentando aclararla.
Alguien de pelo rubio me ha salvado y estoy convencida de que es Serenity.
No puede ser nadie más. Sin embargo, cuando por fin consigo enfocar la vista, miro hacia delante y veo que no es una mujer la que me ha quitado a Marlowe de encima…
, sino una copia exacta del chico que me acaba de intentar ahogar.