49. HAZEL
HAZEL
Distingo el pelo plateado de Marlowe bajo la luz del bosque.
Apenas reacciona cuando me ve, así que imagino que es todo parte del juego y que quizá los otros segadores, de alguna manera, nos estén observando.
Sigue caminando hacia nosotros, sin saber que no estoy sola.
No entiendo por qué va vestido con la misma ropa que nosotros.
Y entonces lo entiendo. Este es el truco final de Magnus, el último regalo que les ha hecho a los fieles a la Muerte: les ha permitido entrar para poder disfrutar de la oportunidad de cazarnos, para aprovecharse de nuestra debilidad y, seguramente, salir antes de que el oxígeno se acabe.
Un día de diversión para cerrar todo el juego macabro que hemos estado viviendo estos días.
Marlowe llega a mi altura y espero a que sea él quien hable primero.
—Hazel…, ¿cómo estás?
Noto algo raro en su presencia, en su forma de moverse, pero sé que es parte de la prueba, así que yo también tengo que jugar mi papel.
—Malenfant —respondo.
Él inclina la cabeza.
—¿No te han dicho que es de mala educación no responder a las preguntas?
Cojo aire mientras me imagino a Theo viendo nuestra conversación desde arriba, quieto, para que nadie lo descubra.
—¿Qué quieres? —le espeto.
—Nada. Venía a ayudarte. A protegerte . —Marlowe dice esa última palabra como si le diera asco soltarla. Por un momento me parece que estoy ante el primer Marlowe que conocí y se me revuelve el estómago.
—No necesito tu ayuda —respondo.
Me cuesta hablarle así, pero le sigo el juego al ver que él también está fingiendo que nos odiamos.
—Vaya, vaya. ¿A quiénes tenemos aquí?
Una voz femenina nos interrumpe. Doy un bote y me giro a la izquierda para encontrarme cara a cara con Eleanor Ravenscroft.
Su pelo negro y corto está más enmarañado que nunca y, por sus ojeras, diría que no ha dormido casi nada las últimas noches.
Aun así, mantiene esa expresión sádica que la caracteriza.
—Eleanor —le saluda Marlowe—. Qué agradable coincidencia.
—¿Dónde está mi chico? —pregunta ella, ignorándolo—. Quiero darle unos consejitos de última hora.
Eleanor me guiña el ojo, pero yo le aparto la cara. No quiero que mi expresión lo delate. No quiero ni moverme. Solo puedo imaginar a Theo en el árbol, muerto de miedo, aguantando la respiración.
—¿Cómo nos has encontrado? —pregunta Marlowe, visiblemente molesto.
—Se os escucha a un kilómetro a la redonda, guapo. Por si no te habías dado cuenta, el sonido rebota y hace eco en esta zona del bosque, así que solo he tenido que seguir vuestro murmullo… hasta llegar aquí.
Eleanor da unos pasos hacia mí y se planta justo delante.
—¿Y sabes qué, señorita? Que me ha parecido escuchar tu voz y la de mi querido Theo. ¿O será que he alucinado?
En ese momento, Eleanor me da un empujón que casi me hace perder el equilibrio. Doy un traspiés hacia atrás y consigo recuperarme.
—No sé dónde está —miento. El enfado me ayuda a mantenerme lo más seria posible.
Sin embargo, Eleanor se ríe y comienza a chistar en desaprobación.
—Ay, Malenfant, ¿pretendías ganar un concurso a la participante más cabezota? —Entonces se gira hacia mí y me agarra por el cuello—. ¿O a la más mentirosa?
—Suéltala —brama Marlowe.
Eleanor no le hace caso, así que él le lanza un hechizo que la obliga a soltarme y retroceder, pero parece contenta de haber sembrado un poco de discordia. Está a punto de responder al ataque cuando una quinta persona aparece en el bosque. Se trata de Orion Vale, que viene arrastrando la pierna.
—Donde caben tres, caben cuatro —lo saluda Eleanor—. ¿Qué te ha pasado en la pierna, llorica?
—Cierra la boca, imbécil —le responde.
Orion no saluda a nadie, ni siquiera a Marlowe.
—Bueno, aquí ya estamos unos cuantos, pero falta gente —exclama la segadora, como si tuviera un plan en mente—. ¿Dónde están Alec y Serenity? ¿Y tu indigno, Vale?
Marlowe se encoge de hombros.
—Se habrán escondido —dice él—. No he sabido nada de Alec desde hace unos días. Teníamos una alianza, pero veo que la ha roto.
Frunzo el entrecejo al escuchar esa frase. ¿Varios días sin verse? O Marlowe está mintiendo a propósito porque tiene algún plan en mente o está jugando al despiste.
—Bueno, pues dejémonos de juegos y encontremos a ese idiota —se ríe Eleanor.
Después, extiende las manos hacia arriba y pronuncia un hechizo que nos enseñaron en Stonefell antes incluso de que supiera atarme los cordones de los zapatos, pero con un extraño movimiento de dedos que lo hace diferente—: ¡ Revelatio !
Una onda expansiva sale de las palmas de sus manos, alejándose de nosotros, y en ese instante me doy cuenta de cómo afecta a la magia.
En lugar de una estela que conduce a aquello que buscas, un chirrido desagradable, como el de un grillo, suena a todo volumen desde algún punto por encima de nuestras cabezas, revelando la ubicación de Theo.
También me parece escuchar otro, delatando más de un objetivo, pero Eleanor da un brinco de emoción al darse cuenta de lo que ha encontrado justo aquí.
—¡Pero bueno! ¿Qué tenemos aquí? Mira que estabas calladito…
—¡No! —exclama el chico desde arriba, en el árbol.
Pero Eleanor, después de mirarlo a él, se fija en mí. Se acerca de nuevo hacia donde estoy, señalándome con el dedo.
—Tú lo sabías. Sabías que estaba ahí arriba y te lo has callado como una perra.
—Aléjate de mí.
Le aparto el dedo de un manotazo y uso mi magia para crear un escudo que la separe de mí. Notar otra vez ese torrente de magia recorriendo mi cuerpo me hace sentir más poderosa, más fuerte. La segadora sonríe al darse cuenta de que me he defendido.
—Vaya, vaya —dice, levantando las manos en el aire y mirando a su alrededor, buscando apoyo. Sin embargo, nadie más se ríe—. Parece que la niña bonita tiene genio.
—Déjalo ya, Eleanor.
Por un momento pienso que es Marlowe quien me ha defendido.
Pero entre los árboles aparece Alec. Si Eleanor estaba desmejorada, a Alec parece que le ha pasado un tren por encima.
Tiene el pelo sucio y revuelto. No queda nada del chico malo y atractivo que las volvía locas a todas en el internado.
Ahora el largo cabello negro de Alec está apelmazado y lleno de ramas, y tiene marcas recientes en la cara y en los brazos.
No sé cómo se los habrá hecho, posiblemente intentando esconderse, pero, sea como sea, me alegro de verlo así. Después de todo lo que le ha hecho sufrir a Serenity, se lo merece. Me muero de ganas por preguntarle dónde está mi amiga, pero sé que será en vano. Por eso, me quedo en silencio.
—Buenas tardes a todos —saluda, de forma exageradamente solemne—.
Por si no os habéis dado cuenta, el oxígeno está disminuyendo con vuestros estúpidos hechizos.
Enseguida comenzaremos a sentir dolores de cabeza, mareos y, con el tiempo, nuestra visión se volverá borrosa.
Así que, por favor, no paréis. Nos mataréis a todos antes de que acabe la noche.
—Gracias por ilustrarnos, Alec —responde Eleanor—. Pero vayamos a lo importante: solo puede quedar uno.
—Creo que la mejor manera de acabar con esto es… llegar a un consenso.
Hasta Orion se ríe de las palabras de Marlowe.
—Sí, claro. Ahora mismo os cedo mi puesto a uno de vosotros —se burla el segador de Caleb.
—¿De qué puesto hablas, Vale? Como si fueses a llegar a algún sitio —contesta Eleanor, arrancando una discusión mientras Alec se acerca a su amigo.
—Marlowe, ¿alguna vez te han dicho que tienes alma de político?
Pero él ignora las burlas. Mientras todos están distraídos, aprovecho para lanzar una mirada a Theo. Me doy cuenta de que ha cambiado de rama y ha subido un metro más alto. Quizá esa sea la solución. Supongo que, cuanto más arriba, mejor se respirará en cuanto las cosas se empiecen a poner feas.
—Si lo preferís, nos podemos matar como animales —propone Marlowe, imponiéndose a los demás con un tono ligeramente molesto.
—No me parece mala idea —contesta la segadora—. Somos cuatro segadores, así que podemos enfrentarnos por parejas y los ganadores se disputarán el primer puesto.
Por un momento Orion Vale parece querer salir de ahí. De los cuatro, es el que está menos preparado para una pelea. De hecho, no me lo imagino ni siquiera dando un puñetazo.
—Yo me ofrezco voluntaria para ser la primera en luchar —continúa—. ¿Quién de estos tres caballeros quiere enfrentarse a mí?
Al principio pienso que Marlowe lo va a hacer, pero Orion se le adelanta.
—Yo lo haré, con tal de no escucharte hablar más.
La morena se ríe a carcajada limpia. Pienso en Serenity y en Caleb, que tendrán que estar en algún lugar del prado o el bosque, no sé si buscándonos o alejándose de nosotros. Por un instante me imagino a Caleb haciéndole algo malo. Incluso…
—¡Está hecho! —La exclamación de Eleanor interrumpe mis pensamientos.
Los dos se colocan frente a frente, listos para empezar el combate.
El corazón se me acelera y eso que ni siquiera es Marlowe el que va a participar.
Intento adelantarme a lo que pasará después mientras Eleanor y Orion hacen el típico saludo previo antes de un duelo entre magos.
Después se alejan y comienza el espectáculo.
Ella hace aparecer de la nada una cubertería entera, aunque todo son cuchillos, y los lanza directamente a la cara de Orion. Él los esquiva con un sencillo gesto de la mano.
—¿En serio me lo vas a poner así de fácil? —gruñe él, poco sorprendido por la primera ofensiva de la chica—. Pensaba que la gran Eleanor Ravenscroft era mucho más que eso.
Sus palabras parecen sacarla de quicio, porque empieza a ponerse roja. Si yo fuera Orion, lo último que querría sería provocarla. Alguien como Eleanor solo gana fiereza y sed de sangre si está enfadada.
Orion le lanza un rayo, pero ella lo sortea con un grácil movimiento.
Se sube a una gran raíz que hay en el suelo y hace una reverencia.
Pero, después de ese juego inicial, todo se vuelve más intenso.
Las risas pasan a ser concentración absoluta.
Eleanor invoca una ráfaga de fuego, que sale disparada en todas direcciones cuando impacta sobre Orion.
Él se defiende momentáneamente con un escudo de agua, mientras todo a su alrededor se cubre por una bruma azul.
Las respiraciones de los dos duelistas se agitan cada vez más a medida que van gastando su energía en el combate y yo noto que el ambiente se vuelve cada vez más pesado.
Su combate está agotando el oxígeno a una velocidad estremecedora.
Orion grita y de su cuerpo sale despedido una especie de pulso sónico que hace que todos nos llevemos las manos a los oídos.
De pronto, es como si me hubieran estallado los tímpanos.
De hecho, los de Eleanor comienzan a sangrar.
Ella se lleva la mano a la oreja, toca su propia sangre y, tras observarla como si le fuese ajena, sonríe y se relame el dedo.
Orion aprovecha su teatro para lanzarle unos fragmentos de rocas que explotan en cuanto la tocan y la hacen caer junto al tronco del árbol en el que está Theo, sosteniendo el equilibrio en una rama mucho más fina que la anterior.
Eleanor se incorpora del suelo, dolorida por el golpe, pero ni siquiera eso le borra la sonrisa de la cara.
Su pecho sube y baja acelerado, no sé si por la extenuación o por la falta de oxígeno.
Su contrincante camina hacia ella, pensando en su ataque final, y yo me preparo para verla morir.
Desde que Jack falleció, soy incapaz de mirar a los ojos de una persona que va a morir…
, pero sé que ella no va a ser la única en hacerlo hoy.
—Adelante, atácame —le dice Orion, abriendo los brazos—. Te doy ventaja, si quieres.
Eleanor lo intenta, levanta las manos y trata de invocar a las raíces del suelo para que se abalancen contra él. Sin embargo, no le hacen caso. Tan solo se retuercen en el suelo, como unas serpientes nerviosas, para volver a quedarse quietas unos segundos después.
Por el rostro de la segadora comienza a descender un camino de sangre.
Es entonces cuando me doy cuenta de que el suelo, a sus espaldas, también está manchado.
Ha debido de golpearse la cabeza contra una de las raíces del árbol y parece mareada.
Solo una poción podría ayudarla ahora, y, desde la guerra, es imposible encontrarlas fuera del almacén de los Aurigae. Dudo que nadie salga en su rescate.
Orion levanta las palmas para lanzar su último hechizo, pero un ruido nos hace levantar la vista a todos. Theo se alza sobre la débil rama que cruje bajo su peso, con las palmas de las manos hacia arriba y unas pequeñas chispas crepitándole en las puntas de los dedos.
Me mira a los ojos y sonríe con tristeza. Todo lo que sucede a continuación parece un breve instante.
—Por favor, haz desaparecer mi cuerpo. No quiero que hagan nada con él.
Y antes de que pueda responder, Theo vuelve a centrarse en las ramas y chasquea los dedos.
El crujido se intensifica y veo que no solo se está resquebrajando la suya, sino todas las que están a su alrededor.
Eleanor grita, dice algo que no llego a escuchar, porque el sonido es cada vez más fuerte.
Entonces caen todas a la vez, incluida la de él.
Las ramas golpean con fuerza el suelo. Orion da un salto hacia atrás, pero no logra esquivar otra, que le da de lleno en la cabeza.
Veo el cuerpo de Theo cayendo exactamente sobre Eleanor, gritando, y todo sucede a cámara lenta.
Sus cuerpos colapsan, uno bajo el otro, llevando a Theo a una muerte segura y a Eleanor por el mismo camino.
Theo se queda boca abajo y no se mueve. Eleanor agita un par de veces la cabeza, buscando algo que decir, pero su súplica se va apagando hasta que se queda en silencio.